Liminax

Estrellas

Cuando nací era igual que tú. Igual que cualquier otro humano. Pero nunca sentí que encajara aquí. Ya sé, suena a cliché.

El viento se siente cálido mientras caigo, y ahora estoy aquí, contemplando las estrellas del ya no tan infinito universo. Intento tocarlas, pero no las alcanzo.

—¿Tú también tienes miedo?

Sigo cayendo. El impacto será inevitable. Podría detenerlo. Pero, ¿qué sentido tendría? Así que dime, ¿quieres saber quién soy?

Bueno, veinte segundos no serán suficientes para contarte todo. ¿Qué tal si paramos? Y después de saber quién soy, tú tomarás mi mano y veremos juntos las estrellas.

Su caída paró. Se quedó flotando en el aire a unos metros de impactar con el suelo; la onda del impacto se dispersó.

Cuando nací todo era perfecto. Tenía una madre que me amaba, un padre que me quería de verdad, y también era muy buen esposo para mi madre. Pero la envidia siempre está presente, y más en las personas que llamamos familia.

—Si tan solo no la hubieras escuchado, padre.

Su madre, mi abuela, era una mujer cristiana, muy religiosa. A decir verdad, sus actos eran mezquinos y déspotas. Era una mujer que vivía de apariencias.

—Aún recuerdo sus plegarias a un dios que no la escucharía.

Esa mujer era cruel. Ocultaba sus actos bajo las palabras de su dios. Siempre cantando coros a esa cosa, y siempre repitiendo lo mismo a mi padre: *¿Por qué no la golpeas? Es tu mujer, debe estar en la cocina. Golpea a tus hijos.*

Siempre con esas palabras. Y luego, cuando estaba con nosotros, decía ser la mejor abuela del mundo. Yo, tan solo un niño, no entendía nada de lo que ellos decían. Pero cuando crecí vi la realidad.

—No me arrepiento del castigo que le di.

Recuerdo cuándo fue la primera vez que papá cruzó esa línea. Estaba golpeando a mamá y yo intenté intervenir; no sabía qué le hacía. Solo gritaba que parara. Me dio una bofetada. Mi cuerpo delgado y frágil simplemente cayó al suelo. Mi cabeza impactó con una piedra. Nunca supe cuánto tiempo estuve ahí, en el agua, con la cabeza sangrando.

—Estoy seguro de que ese día debería haber muerto. Tenía miedo. Pero sabemos qué pasa cuando el miedo madura, con el tiempo.

Cuando llegué, mamá estaba llorando. Tenía el cuerpo lleno de moretones y heridas. Y ahí estaba esa mujer, causa de esta desgracia, limpiando sus heridas. La misma mujer que mandó a destruir a mi madre. Siendo tan pequeño, entendí la crueldad de este mundo.

—Aún recuerdo cómo se arrastraba por el suelo, como la serpiente que era.

Papá estaba ahí, sentado, sin decir nada. ¿Y qué más podría decir después de actos tan impuros? Pero esto no se quedaría así. Tenía que ser paciente y esperar el momento correcto. O eso dijo una voz que antes no escuchaba.

—Incluso antes de llegar a eso, también le rogué a ese dios. Un dios que jamás mostró misericordia. Todo fue peor desde aquellas oraciones, como si se deleitara con mi sufrimiento.

Eso será todo por hoy. Quizás si regresas mañana te cuente más.

Él sigue flotando en el vacío, sobre la ciudad ahora en ruinas. Y él solo contempla las estrellas del vacío absoluto.




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