Hay una regla no escrita entre los profesionales del aseo industrial que nadie enseña en los manuales de capacitación, principalmente porque los manuales de la entidad de salud pública no contemplan escenas donde la alfombra persa de tres mil dólares ha absorbido dos litros y medio de fluido hemático fresco: la sangre caliente huele a hierro oxidado, pero la sangre fría huele a cobre y moneda vieja.
A las tres y media de la madrugada, metida en un traje de protección biológica de polipropileno amarillo que le quedaba dos tallas grande, Lara solo podía pensar en monedas viejas, por su salud mental.
—Lara, por el amor de Dios, aférrate al suelo —gruñó Marcos sin levantar la vista del trapeador industrial de microfibra de alta densidad—. Si vuelves a patear la cubeta de neutralizador, voy a hacer que recojas el líquido con la punta de tu propia coleta.
—Fue el cable de la aspiradora de agua, no mi pie —murmuró ella, aunque ambos sabían perfectamente que sí había sido su pie.
Ajustó con un movimiento torpe de muñeca la banda elástica que le sujetaba la densa cabellera rojiza en una coleta alta. Como de costumbre, no había encontrado un coletero a la mano antes de salir corriendo de la furgoneta, así que el pelo se mantenía milagrosamente sujeto en su sitio gracias a un lápiz de madera número dos atravesado entre el nudo. Varios mechones cobrizos se le habían escapado de la capilla del traje protector y le cosquilleaban en la mejilla, pero no podía rascarse porque llevaba puestos tres pares de guantes de nitrilo cubiertos de una fina capa de bicarbonato de sodio y enzima proteasa.
Lara se echó un poco hacia atrás para evaluar la mancha que cubría el centro de la sala. El apartamento pertenecía —o pertenecía hasta hacía unas cuatro horas— a un financiero de perfil bajo que había cometido el imprudente error de cobrar una comisión doble a dos sindicatos rivales de la ciudad. El trabajo era sencillo en el papel: eliminar cualquier rastro orgánico, recuperar los casquillos, limpiar el hollín de descarga de las paredes de estuco y dejar el lugar olfateando a lavanda sintética antes de que los vecinos del piso de abajo se despertaran para su rutina matutina.
Apoyó el codo en la esquina de una mesa de centro de mármol para mantener el equilibrio mientras examinaba el tejido del mobiliario, pero calculó mal la distancia. El codo resbaló en la superficie pulida, su hombro chocó contra una lámpara de pie de diseño italiano y la estructura de metal osciló peligrosamente en un arco de cuarenta y cinco grados antes de que Marcos la atrapara con la mano izquierda en un acto de reflejo desesperado.
—¡Lara! —siseó Marcos, con las venas del cuello marcadas bajo la luz blanca de sus linternas.
—La atrapaste. Buenos reflejos —dijo ella, dedicándole una sonrisa rápida antes de volver a concentrarse en la tela del sillón—. Lo que te decía: la lana se limpia con agua helada y sal, pero el terciopelo abombado es una pesadilla. Si le echas la mezcla de amoníaco que preparó Carlos, vas a fijar la mancha para siempre y el tono borgoña se va a volver una plasta verduzca inolvidable.
Carlos, el líder del equipo y el único de ellos que mantenía la comunicación directa con los intermediarios del crimen organizado local, salió del pasillo principal sosteniendo una bolsa de basura negra de gran duración cargada con pedazos de cristales rotos y un par de cubiertos de plata manchados. Era un hombre de cincuenta años con la espalda encorvada de quien lleva tres décadas agachándose para borrar los descuidos ajenos.
—¿Algún problema aquí? —preguntó Carlos, deteniéndose junto al umbral y mirando con recelo la lámpara que Marcos todavía sostenía.
—Lara está tratando de demoler el penthouse antes de que terminemos de desinfectarlo —respondió Marcos, soltando el mueble con cuidado y volviendo a exprimir el trapeador sobre el cubo gris.
—No estoy demoliendo nada —protestó Lara, dando un paso al frente para tomar el cepillo de cerdas duras.
Por desgracia, la suela de su bota de goma antideslizante pisó una charca floja de desengrasante industrial que habían esparcido cerca del recibidor. Sus piernas salieron disparadas hacia adelante. Voló unos centímetros sobre el piso pulido y cayó de espaldas con un estruendo sordo sobre la alfombra. El impacto le sacó todo el aire del pecho en un gemido corto.
—Damas y caballeros, la especialista en descontaminación biológica más brillante del norte de la ciudad —anunció Marcos, bajando la cabeza con dramatismo.
Carlos suspiró, un sonido largo y desgastado que delataba sus años de insomnio, y le ofreció una mano enguantada para ayudarla a levantarse. Lara agarró su muñeca y se puso de pie con torpeza, sacudiéndose el polvo imaginario del traje amarillo.
—¿Estás bien? —preguntó el viejo.
—El orgullo es lo único que sufrió daños severos —respondió ella, acomodándose la coleta. El lápiz estuvo a punto de caerse, pero lo encajé de nuevo a la fuerza—. Aunque, ahora que estuve allá abajo, la perspectiva es bastante interesante.
Se quedó en cuclillas sobre la parte no afectada de la alfombra, mirando la parte inferior de la mesa de mármol y el patrón que las salpicaduras habían dejado en la pared lateral, justo debajo de la moldura del aire acondicionado.
—¿Interesante en qué sentido? —preguntó Carlos, frunciendo el ceño. Él sabía que las observaciones accidentales de Lara solían ahorrarles horas de trabajo inútil, y lucían bien en el informe.
—Es que no entiendo por qué nos hicieron traer la aspiradora de extracción profunda para las paredes del pasillo —dijo Lara, señalando la pintura látex con un dedo enguantado—. Miren la altura. El primer disparo fue a un metro con sesenta. El segundo fue casi a ras del suelo. Pero el patrón de dispersión de la masa encefálica no es angular, es parabólico. El contador no estaba en el sofá cuando le dispararon, y tampoco fue un ajuste de cuentas de entrada y salida rápida. Si hubiera sido un trabajo de la gente de Don Higo, el ejecutor habría usado un calibre nueve milímetros a corta distancia. Pero estas salpicaduras son microscópicas, como una neblina. Eso es un rifle corto con silenciador o una munición modificada de baja expansión. Y miren el cenicero.
Editado: 28.09.2026