Linaje de Sangre -0

Capítulo 18: Lo que el aire guarda

El café se había enfriado a medias cuando Elena revisó su reloj y abrió los ojos sorprendida.

—Ya es tarde —murmuró, tomando el último sorbo con rapidez.

—¿Tienes algo después? —preguntó Alex.

—Siempre tengo algo después —respondió ella, recogiendo su mochila—. No soy de las que dejan el tiempo libre al azar.

Alex sonrió.

—¿Y este rato cuenta como tiempo libre o como deuda saldada?

Elena lo pensó un instante, con esa expresión suya de fingir que analiza todo con cuidado.

—Deuda saldada —dijo finalmente—. El café estaba aceptable, así que... un punto a tu favor.

—¿Solo uno?

—No te emociones.

Se levantaron al mismo tiempo, y mientras Elena acomodaba su chaqueta, Alex notó algo. No fue un pensamiento consciente sino algo más primitivo, más instintivo. El aire entre ellos cambió de tono.

Era el olor de Elena.

Algo que había percibido antes sin prestarle demasiada atención, pero que ahora, en ese espacio pequeño y cálido de la cafetería, se volvió imposible de ignorar. No era como el olor de los demás humanos, ese aroma simple y directo que su instinto reconocía y catalogaba automáticamente. Era algo más complejo, casi como si su sangre tuviera capas. Como si debajo de lo ordinario hubiera algo antiguo que él no sabía nombrar todavía.

Alex parpadeó y miró hacia la ventana.

*"Contrólate"*, se dijo internamente, escuchando la voz de Viktor en su cabeza como un eco del entrenamiento.

—¿Estás bien? —preguntó Elena, mirándolo con curiosidad.

—Sí —respondió con naturalidad—. Solo pensé en algo.

Ella frunció el ceño levemente, como si no le convenciera la respuesta, pero no insistió.

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Salieron juntos a los pasillos del campus. El sol de la tarde caía en ángulo entre los edificios, proyectando sombras largas sobre el suelo. Caminaron en silencio por unos segundos, uno de esos silencios que no incomodan sino que simplemente existen.

—¿Por dónde vas? —preguntó Alex.

—Al edificio de letras. Tengo que devolver un libro a la biblioteca.

—Te acompaño.

Elena lo miró de reojo.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé —dijo Alex sin más.

Ella no respondió, pero tampoco se opuso.

Siguieron caminando, y en algún punto sus brazos rozaron brevemente, solo un segundo, sin que ninguno de los dos lo buscara ni lo evitara. Elena desvió la mirada hacia los árboles. Alex fijó la suya en el camino al frente.

—¿Siempre eres así? —preguntó Elena de pronto.

—¿Así cómo?

—No sé... tranquilo. Como si nada te afectara demasiado.

Alex consideró la pregunta con más seriedad de la que ella probablemente esperaba.

—No es que no me afecte —dijo finalmente—. Es que aprendí a no mostrarlo.

Elena lo miró de reojo.

—¿A qué edad aprendiste eso?

—Más temprano de lo que hubiera querido.

Ella no respondió, pero algo en su expresión cambió sutilmente, como si esa respuesta le hubiera dicho más que cualquier otra cosa que él pudiera haber añadido.

Caminaron el resto del trayecto en silencio, pero esta vez era un silencio diferente. Más cómodo. Más honesto.

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Cuando llegaron a la entrada de la biblioteca, Elena se detuvo y lo miró.

—Gracias por el café —dijo, y esta vez no había sarcasmo en su voz. Solo era una frase simple y directa que sonó más significativa precisamente por eso.

—Cuando quieras —respondió Alex.

Elena asintió, giró sobre sus talones y empujó la puerta. Antes de que se cerrara del todo, miró hacia atrás por un instante, como si fuera a decir algo más.

Pero no dijo nada. Sonrió apenas, y desapareció dentro.

Alex se quedó parado frente a la puerta cerrada.

El olor seguía ahí, en algún rincón de su memoria inmediata. No amenazante. No urgente. Solo diferente. Como una pregunta que todavía no tenía forma de hacerse.

Sacó el teléfono y escribió un mensaje a Cassandra:

*"¿Puede la sangre de un humano oler distinto a los demás? No a enfermedad. A algo más."*

La respuesta llegó en menos de un minuto:

*"Sí. ¿Por qué preguntas?"*

Alex miró la pantalla, luego la puerta de la biblioteca, luego otra vez la pantalla.

*"Por nada. Ya hablamos."*

Guardó el teléfono y comenzó a caminar en dirección contraria, con más preguntas de las que había tenido al entrar a la cafetería.

Lo que no sabía era que, desde el otro extremo del campus, alguien también lo había estado observando a él.




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