Los días siguientes fueron una prueba de voluntad silenciosa.
Alex mantenía la distancia con Elena de manera calculada, sin ser tan obvio como para que ella lo confrontara de nuevo, pero sin acercarse lo suficiente para que el problema se complicara. Era un equilibrio difícil, especialmente porque Elena no era el tipo de persona que simplemente aceptaba las cosas sin cuestionarlas.
Lo miraba. No de manera obvia, sino con esa discreción que tenía para observar sin parecer que observaba. Alex lo notaba porque sus sentidos captaban hasta el más mínimo cambio en su dirección, pero fingía no darse cuenta.
Era más fácil así.
O al menos eso se decía a sí mismo.
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El jueves por la tarde, el profesor de literatura anunció un trabajo en parejas. Alex no reaccionó hasta que escuchó su nombre junto al de Elena.
Ella lo miró desde su asiento con una expresión que no era exactamente una sonrisa, pero tampoco era molestia.
—Parece que el universo tiene sentido del humor —dijo en voz baja cuando el profesor terminó de leer la lista.
—Podemos pedir que nos cambien —ofreció Alex.
—No. —Elena abrió su cuaderno con calma—. No soy de las que huyen de las cosas incómodas.
Alex no respondió.
Acordaron reunirse en la biblioteca esa misma tarde para repartir el trabajo. Era lo más práctico, lo más neutral. Una biblioteca era un lugar seguro, público, con suficiente distancia entre ellos y cualquier tipo de intimidad que pudiera complicar las cosas.
O eso pensó Alex.
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La biblioteca estaba casi vacía a esa hora. Solo algunos estudiantes dispersos entre los estantes, el sonido suave de páginas pasando y la luz cálida de las lámparas sobre las mesas.
Elena ya estaba ahí cuando Alex llegó, con dos libros abiertos frente a ella y su cuaderno lleno de anotaciones organizadas en columnas.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—Son las cinco en punto —respondió Alex, dejando su mochila sobre la silla frente a ella.
—Exacto. Tarde.
Alex se sentó y sacó sus cosas en silencio. Por unos minutos trabajaron sin hablar, dividiendo los temas del ensayo con una eficiencia que hubiera sido cómoda si no fuera por la tensión que ninguno de los dos nombraba.
Fue cuando Elena se inclinó sobre la mesa para señalar algo en el libro de Alex que el problema se presentó.
Estaba demasiado cerca.
No era nada extraordinario en términos humanos, solo dos estudiantes revisando un libro juntos. Pero para Alex, el olor llegó de golpe, más intenso que nunca en ese espacio cerrado y tranquilo. Esa nota extraña y profunda que no se parecía a ningún humano que hubiera conocido antes.
Su garganta respondió antes de que su mente pudiera intervenir.
Se tensó. Apenas visible, pero suficiente.
—¿Esta cita sirve para el tercer punto? —preguntó Elena, completamente ajena, con el dedo sobre una línea del texto.
—Sí —respondió Alex, mirando el libro y no a ella.
—¿Estás seguro? Porque no parece...
—Estoy seguro.
Elena lo miró de reojo. Alex mantuvo la vista en la página, concentrándose en la voz de Viktor como un ancla: *"Respira. Escucha el entorno. Sé más grande que el instinto."*
Elena se recostó de nuevo en su silla, pero no volvió inmediatamente al libro. Lo observó un momento.
—Otra vez —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—Esa cosa que haces —respondió Elena, frunciendo el ceño levemente—. Como si de repente necesitaras estar en otro lugar.
—Estoy bien.
—No te pregunté si estabas bien.
Alex levantó la vista y la miró directamente, algo que intentaba evitar precisamente porque no ayudaba. Los ojos de Elena no tenían nada de sobrenatural, eran simplemente atentos, inteligentes, de esa clase que no deja pasar las cosas sin examinarlas.
—¿Qué quieres que te diga, Elena?
—No sé —respondió ella con honestidad—. Algo real, quizás.
El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores. No era incómodo ni tenso. Era el tipo de silencio que ocurre cuando dos personas están a punto de cruzar una línea sin saber exactamente cuál es.
Alex fue el primero en apartar la mirada.
—Terminemos el trabajo —dijo con calma.
Elena lo observó un segundo más, luego asintió y volvió a su cuaderno sin decir nada.
Trabajaron otra hora sin incidentes. Cuando terminaron y comenzaron a recoger sus cosas, Elena habló sin mirarlo.
—No sé qué te pasa, Alex. Pero tampoco voy a pretender que no noto que algo pasa.
Alex se colgó la mochila al hombro.
—No tienes que hacer nada al respecto.
—Lo sé —dijo Elena, poniéndose de pie—. Pero tú tampoco tienes que manejarlo solo, sea lo que sea.
No esperó respuesta. Recogió sus libros y se alejó entre los estantes, dejándolo parado junto a la mesa con esas palabras instaladas en algún lugar que no supo identificar bien.
Salió de la biblioteca al aire frío de la noche y marcó el número de Cassandra.
—Necesito que me expliques qué significa que la sangre de alguien huela diferente —dijo cuando ella contestó—. Y esta vez no acepto "ya hablamos".
Hubo una pausa breve al otro lado de la línea.
—Ven a casa, Alex.
—Cassandra.
Otro silencio. Luego:
—Hay linajes humanos que descienden de cazadores antiguos. Familias que durante siglos persiguieron vampiros. Con el tiempo, esa sangre se diluyó, se mezcló, y sus descendientes perdieron la memoria de lo que eran. Pero la sangre no olvida.
Alex se detuvo en medio del sendero.
—¿Estás diciéndome que Elena...?
—Estoy diciéndote que es posible —respondió Cassandra con cuidado—. Y si es así, no es solo su sangre lo que la hace diferente. Es lo que representa.
Alex miró hacia el edificio de la biblioteca, la luz cálida filtrándose por las ventanas.
—¿Ella lo sabe?
—Casi con certeza, no.
Guardó silencio por un momento.
—¿Y el Consejo puede detectarlo?
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Editado: 01.03.2026