Una oficina de lujo en un piso 50. Cristales que van del techo al suelo mostrando una ciudad que parece una red de venas iluminadas, tenía la vista perfecta más que perfecta para él, además de que le gustaba la soledad. Viste un traje a medida, negro sobre negro, tan perfecto que parece una armadura moderna. Representa unos 35 años: la edad en el que un hombre tiene la energía de la juventud pero el peso de la experiencia. Su mirada es lo que lo delata; sus ojos que han visto el nacimiento de las estrellas y ahora están obligados a leer contratos de divorcio y fraudes fiscales pero es algo que a él le gusta.
Lucifer no viste túnicas ni armaduras; él es un caballero moderno de la alta sociedad, impecable de pies a cabeza. Sus ojos son de un marrón tan oscuro que parece negro, pero con una chispa constante de osadía, diversión y astucia. Es una mirada que analiza todo al instante, que sabe exactamente qué estás pensando y que oculta secretos milenarios detrás de una fachada burlona. Cuando usa su poder, sus ojos brillan con un fuego escarlata o carmesí profundo. De una belleza aristocrática y afilada. Tiene facciones perfectas pero peligrosas, con pómulos marcados y unos labios que casi siempre están curvados en una sonrisa enigmática, ladina o cínica. Su cabello es oscuro, negro como la noche, perfectamente cortado y peinado con elegancia. Alto, esbelto y con un porte de realeza absoluta. Viste siempre trajes hechos a medida: sacos costosos, camisas de seda con los puños perfectos y zapatos italianos. Todo en él destila opulencia, pero la lleva con una naturalidad tan descarada que parece haber nacido para que el mundo se incline ante él. Sus movimientos son pausados, elegantes y calculados. Le encanta jugar con los puños de su camisa, sostener una taza de espresso o una copa de vino fino con los dedos relajados, y mirar a la gente de reojo con una ceja arqueada. Camina con una seguridad absoluta, como si cada suelo que pisa fuera su propio palacio.
Su voz es un barítono aterciopelado, suave, cargado de una ironía constante y un tono seductor. Habla con un ritmo pausado, disfrutando de cada palabra, especialmente cuando usa apodos sarcásticos para sus hermanos (como "el Viejo" para Dios o "mi amargado Juez" para Uriel). A diferencia de la pureza de sus hermanos, la esencia de Lucifer es embriagadora. Huele a tabaco caro, café espresso, maderas finas y un sutil rastro de azufre o ceniza caliente que delata su naturaleza infernal. Cuando se pone serio, el ambiente se vuelve pesado y sofocante, como el aire antes de que caiga un rayo.
Lucifer o Azael como normalmente se hacía llamar en la tierra, deja girar la pluma estilográfica entre sus dedos con una precisión hipnótica. Al otro lado del escritorio de caoba un cliente sudorosa intentaba explicar porque había estafado su propia familia.
Lucifer no escuchaba las palabras escuchaba el miedo. Era un sonido monótono, aburrido.
— Cállese .— dijo Lucifer. Su voz no era en trueno. Si no un corte de seda; fría, amargada y absolutamente carente de paciencia.— No me importa porque lo hizo. La moralidad es un invento para los que no tienen el valor de admitir sus deseos. Yo estoy aquí para que le diga que usted tiene razón, no para salvar su alma. Para eso están las iglesias, y créame, son establecimientos con un servicio al cliente pésimo.
Se levantó caminando hacia el ventanal. Su reflejo en el cristal le devolvía una imagen que le resultaba ajena: un hombre en la cima de su carrera, arrogante y controlador. Pero por dentro, sentía que su propia esencia vibraba de forma errática. Esa tarde, por un segundo, se estaba agrietando.
Un dolor agudo puso en su espalda, justo donde solían hacer sus alas. Lucifer apretó la mandíbula y bebió un sorbo de whisky, intentando ahogar la sensación de que alguien, en algún lugar muy alto, lo estaba observando.
— lárguese de mi despacho — ordenó si mirar al cliente — mi secretaria le pasará la factura. Es cara. El tiempo de un inmortal desperdiciado en su insignificancias se paga con creces.
Cuando la puerta se cerró Lucifer apoyó la frente contra el vidrio frío. Odiaba a Miguel por haberlo arrojado aquí, pero llevaba aún más descubrir que después de tanto tiempo empezaba a preferir El ruido de los humanos que el silencio de su padre. Sin embargo, su poder estaba empezando a actuar por cuenta propia; las luces de la oficina parpadearon y una grieta cruzó el cristal del ventanal sin que nadie lo tocara. Se estaba saliendo de control.
Esa capa de protección hacia sus hermanos le da una profundidad increíble a Lucifer no es solo orgullo; es un sacrificio silencioso los mantiene lejos no solo por su rencor, sino para que no se contamine con su pecado y sufran la ira del padre. Los quiere, pero los prefiere como enemigos distante que como cómplices condenados.
Después de que el cliente se marchara, el despacho de Lucifer se siente demasiado pequeño. De repente, el aire en la habitación se comprime con un sonido seco, como un vacío que se llena de golpe.
Xander aparece sentado en el sofá de cuero frente al escritorio, limpiando distraídamente un puñal de obsidiana que parece absorber la luz. Xander no busca verse perfecto ni impecable; su atractivo radica en ese aire de "chico malo" descuidado, libre y salvaje. Sus ojos son de un azul grisáceo tormentoso o color tormenta, pero con un brillo constante de audacia, provocación y picardía. Es una mirada felina y descarada que no baja la vista ante nadie, ni siquiera ante el Juez Supremo del Cielo. Cuando despliega su esencia de caído, sus ojos se oscurecen por completo, dejando ver destellos de un fuego azulado o ceniza. De facciones firmes, atractivas y con un toque canalla. Su boca está hecha para las sonrisas ladinas, los comentarios atrevidos. Alto, de una complexión atlética, fibrosa y ágil (no tan robusto como Uriel, pero con la fuerza de un guerrero del exilio). camisas de lino entreabiertas, pantalones cómodos, tal vez alguna chaqueta de cuero desgastada y un cigarrillo casi siempre entre los dedos.