Una oficina de lujo en un piso 50. Cristales que van del techo al suelo mostrando una ciudad que parece una red de venas iluminadas, tenía la vista perfecta más que perfecta para él, además de que le gustaba la soledad. Viste un traje a medida, negro sobre negro, tan perfecto que parece una armadura moderna. Representa unos 35 años: la edad en el que un hombre tiene la energía de la juventud pero el peso de la experiencia. Su mirada es lo que lo delata; sus ojos que han visto el nacimiento de las estrellas y ahora están obligados a leer contratos de divorcio y fraudes fiscales pero es algo que a él le gusta.
Lucifer o Azael como normalmente se hacía llamar en la tierra, deja girar la pluma estilográfica entre sus dedos con una precisión hipnótica. Al otro lado del escritorio de caoba un cliente sudorosa intentaba explicar porque había estafado su propia familia.
Lucifer no escuchaba las palabras escuchaba el miedo. Era un sonido monótono, aburrido.
— cállese .— dijo Lucifer. Su voz no era en trueno. Si no un corte de seda; fría, amargada y absolutamente carente de paciencia.— No me importa porque lo hizo. La moralidad es un invento para los que no tienen el valor de admitir sus deseos. Yo estoy aquí para que le diga que usted tiene razón, no para salvar su alma. Para eso están las iglesias, y créame, son establecimientos con un servicio al cliente pésimo.
Se levantó caminando hacia el ventanal. Su reflejo en el cristal le devolvía una imagen que le resultaba ajena: un hombre en la cima de su carrera, arrogante y controlador. Pero por dentro, sentía que su propia esencia vibraba de forma errática. Esa tarde, por un segundo, se estaba agrietando.
Un dolor agudo puso en su espalda, justo donde solían hacer sus alas. Lucifer apretó la mandíbula y bebió un sorbo de whisky, intentando ahogar la sensación de que alguien, en algún lugar muy alto, lo estaba observando.
— lárguese de mi despacho — ordenó si mirar al cliente — mi secretaria le pasará la factura. Es cara. El tiempo de un inmortal desperdiciado en su insignificancias se paga con creces.
Cuando la puerta se cerró Lucifer apoyó la frente contra el vidrio frío. Odiaba a Miguel por haberlo arrojado aquí, pero llevaba aún más descubrir que después de tanto tiempo empezaba a preferir El ruido de los humanos que el silencio de su padre. Sin embargo, su poder estaba empezando a actuar por cuenta propia; las luces de la oficina parpadearon y una grieta cruzó el cristal del ventanal sin que nadie lo tocara. Se estaba saliendo de control.
Esa capa de protección hacia sus hermanos le da una profundidad increíble a Lucifer no es solo orgullo; es un sacrificio silencioso los mantiene lejos no solo por su rencor, sino para que no se contamine con su pecado y sufran la ira del padre. Los quiere, pero los prefiere como enemigos distante que como cómplices condenados.
Después de que el cliente se marchara, el despacho de Lucifer se siente demasiado pequeño. De repente, el aire en la habitación se comprime con un sonido seco, como un vacío que se llena de golpe.
Xander aparece sentado en el sofá de cuero frente al escritorio, limpiando distraídamente un puñal de obsidiana que parece absorber la luz.
— El cristal se ha vuelto a romper, jefe — dijo Xander, si levantar la vista su voz era tranquila, con la confianza de quien ha sobrevivido a mil batallas — Estás perdiendo el filtro. Si sigues así, no necesitarán ojos divinos para encontrarte; va a estar a conseguir el rastro de desastre naturales que dejas al caminar.
Lucifer suspiro, frotándose la Sienes.
Xander o azazel para los que aún recordaban las guerras antiguas, era el único que no retrocedía ante su temperamento. En la tierra, Xander parecía un guardaespaldas de élite; cabello corto, ropa táctica de marca y una mirada que analizaba cada salida de emergencia antes de entrar a un sitio.
— No es tu problema, Xander. Prepárame el coche— respondió Lucifer dándole la espalda.
— Sabes que están cerca — insistió Xander, desapareciendo del sofá y reapareciendo en un parpadeo justo al lado de Lucifer. — Siento el rastro de Miguel y la furia de Uriel está calentando el asfalto de esta ciudad. Si vienen por ti, mis armas no podrán detener a cuatro arcángeles, pero te darán tiempo para...
— No quiero que me den tiempo —lo cortó Lucifer, y por un momento, sus ojos brillaban con una luz antigua — Sí Miguel está aquí, es porque el viejo está empezando a despertar. Si se acercan a mí, si intentan salvarme, terminarán ardiendo conmigo.
Lucifer apretó el vaso de whisky hasta que los nudillos le blanquearon.
— Prefiero que me odien, tener sus tronos de cristal a que se conviertan en cenizas por mi culpa. Asegúrate de que nadie entre aquí, Xander. Especialmente ellos.
Xander no solo usar armas de fuego modernas tiene una colección de armas benditas y malditas que han recolectado por siglos. Sabe que las balas no matan Ángeles pero sus puñales de materiales celestiales si pueden herirlos.
Su capacidad de teletransporte lo hace el espía perfecto. Entra y sale de lugares antes de que la seguridad o los arcángeles detecten su presencia.
No sigue a Lucifer por maldad sino por una amistad forjada en el exilio. Es el único que se atreve a decirle las verdades en la cara.
Lucifer, su amargura viene de que se siente traicionado por Miguel quien lo expulsó, pero su amor fraternal se manifiesta como distanciamiento. Él sabe que si los arcángeles actúan contra la voluntad del padre para ayudarlo, ellos también caerán. Para Lucifer, ser el único caído es su manera de mantener a salvo al resto de su familia.