Linaje Del Exilio

Lucius: Las Cenizas del Orgullo

Años Atrás

El invierno en la ciudad no tenía piedad, y menos en los callejones periféricos donde la luz de las farolas LED apenas lograba perforar la niebla. Lucius, con apenas diecinueve años, estaba acurrucado contra un contenedor de basura de metal, envolviéndose en una chaqueta de mezclilla deshilachada que no hacía nada por detener el viento helado.

Semanas atrás, su vida era otra. Su familia, los hacedores de un linaje ocultista que se camuflaba detrás de una prestigiosa tienda de antigüedades y libros raros, había cometido un error. Los rumores en el vecindario moderno se salieron de control cuando un cliente los grabó realizando un ritual de protección mística. En la era del internet, el video se volvió viral. La ignorancia y el miedo de la gente de la ciudad no tardaron en actuar: tachados de satánicos, locos y peligrosos, su tienda fue incendiada una noche por un grupo de radicales. Sus padres murieron entre las llamas, y Lucius, el único heredero de esa magia de sangre, se quedó sin nada.

Sus amigos de la universidad le bloquearon los números. Sus tíos le cerraron las puertas en la cara por temor a ser asociados con la "maldición" de su apellido. En una sociedad hiperconectada, Lucius fue borrado, rechazado y arrojado a las calles como si fuera basura.

Esa noche, la fiebre lo estaba consumiendo. El frío de la era moderna se le metía en los huesos, pero el verdadero dolor venía de adentro. Sus manos, entumecidas y sucias, temblaban con espasmos violentos. Cada vez que intentaba respirar, pequeñas chispas de magia azul y descontrolada brotaban de la punta de sus dedos, quemando los bordes de sus mangas. Su propio poder místico, al no tener dirección ni grimorios con qué guiarlo, lo estaba carcomiendo por el estrés y el hambre.

—Es suficiente... —susurró Lucius con los labios partidos, cerrando los ojos. Deseó que la hipotermia terminara el trabajo. Los humanos lo habían desechado por ser diferente, por tener un don que ellos consideraban una monstruosidad.

De repente, el constante repiqueteo de la lluvia helada sobre el contenedor cesó de golpe. No porque la tormenta hubiera parado, sino porque el ambiente alrededor del callejón cambió drásticamente. El olor a smog y agua estancada fue reemplazado por un aroma denso a maderas finas, tabaco caro y un calor sutil, casi imperceptible, que hizo que la fiebre de Lucius disminuyera.

Un par de zapatos de cuero italiano, impecables y sin una sola gota de barro, se detuvieron justo frente a él.

Lucius, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la mirada. Ante él se alzaba un hombre alto, vestido con un abrigo negro de cachemira hecho a la medida. Su postura desbordaba una elegancia aristocrática que chocaba brutalmente con la miseria del callejón. Pero lo que hizo que a Lucius se le cortara la respiración fueron sus ojos: dos pozos oscuros y profundos que brillaban con una inteligencia milenaria y un poder que hizo que la propia magia rebelde de Lucius se calmara al instante, reconociendo a su rey.

Era Lucifer.

El Diablo observó al joven hechicero en el suelo. No había asco en su mirada, ni la lástima condescendiente que algunos extraños le habían lanzado antes de ignorarlo. Había un reconocimiento silencioso.

Lucifer se agachó lentamente, doblando una rodilla sobre el asfalto sucio sin importarle en lo absoluto arruinar su costosa vestimenta. Se quitó uno de sus guantes de piel, revelando una mano adornada con anillos de sellos antiguos, y la acercó a la frente de Lucius. Al tacto, un calor reconfortante invadió el cuerpo del muchacho, estabilizando sus canales mágicos de golpe.

—Te temen, ¿verdad? —habló Lucifer, su voz era una melodía profunda y magnética que cortó el silencio de la noche moderna—. Tienen pantallas gigantes, autos que se manejan solos y satélites en el espacio, pero siguen siendo los mismos humanos primitivos de hace tres mil años. Le temen a lo que no pueden comprender, y destruyen lo que no pueden controlar.

Lucius tragó saliva, con los ojos empañados. Por primera vez en semanas, alguien le hablaba como a un ser humano.

—Mi... mi familia... —alcanzó a articular Lucius con la voz rota.

—Sé lo que le pasó a tu linaje, Luciano —lo interrumpió Lucifer con suavidad, usando su verdadero nombre místico—. Conozco el valor de la sangre de tus ancestros. Eres un hechicero nato, pero estás dejando que tu poder te queme porque crees que eres el monstruo que ellos dicen que eres.

El Diablo se puso de pie con elegancia y le extendió la mano descubierta al joven vagabundo.

—Los humanos te tiraron a la calle porque eres superior a ellos. Yo te ofrezco un lugar donde tu orgullo no será una maldición. Ven conmigo. Te daré un hogar, te daré los conocimientos que perdiste y te enseñaré a dominar esa magia para que el mundo nunca más vuelva a hacerte temblar.

Lucius miró la mano de Lucifer. Sabía perfectamente quién era el ser que estaba frente a él; las leyendas de su familia no mentían sobre la vibra del Portador de la Luz. Pero el mundo de los hombres lo había matado de hambre y rechazado, mientras que el "Diablo" le estaba ofreciendo salvación y un propósito.

Sin dudarlo un segundo más, Lucius levantó su mano temblorosa y la estrechó contra la de Lucifer.

En el momento en que sus dedos se unieron, Lucifer tiró de él con firmeza, levantándolo del suelo, y se quito su propio abrigo de cachemira para colocarlo sobre los hombros del joven, cubriendo sus ropas sucias y su pasado de miseria.

—Camina erguido, Luciano —le dijo Lucifer mientras lo guiaba hacia la salida del callejón, donde un auto negro de lujo esperaba en la avenida—. A partir de hoy, eres el Hechicero del Exilio. Tu lealtad es mía, y mi protección es tuya.

Esa noche, bajo las luces de la ciudad moderna que lo había abandonado, Lucius dejó atrás al niño asustado. Nació el hombre serio, rígido y profundamente leal que años más tarde protegería el refugio de Lucifer y Nolan con su propia vida. Su rigidez actual no era más que el escudo que construyó para proteger el don que Lucifer había salvado de las cenizas.




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