Linaje Del Exilio

Alaric: La Ecuación del Caos

Años Atrás

Para Alaric, la magia no era una cuestión de herencia trágica ni de rezos en la oscuridad; era una ciencia salvaje, un juego de química cósmica que la humanidad moderna había olvidado. El problema era que experimentar con la energía pura de la Tierra en un sótano abandonado del centro de Chicago, rodeado de cableado eléctrico y tuberías de gas, no era la idea más brillante.

Hacía tres años que Alaric vivía huyendo de las autoridades místicas. No pertenecía a ningún linaje sagrado, simplemente había nacido con la capacidad de ver las líneas ley —las venas de energía de la Tierra— y de manipular los elementos. Su obsesión era la alquimia moderna: fusionar la magia elemental con compuestos químicos actuales para crear algo nuevo.

Esa noche de viernes, mientras la ciudad ruidosa vibraba allá arriba, Alaric estaba en un sótano subterráneo iluminado por un par de lámparas portátiles. Tenía la cara manchada de hollín, el cabello castaño completamente alborotado y las mangas de su sudadera subidas hasta los codos. Frente a él, sobre una mesa metálica repleta de tubos de ensayo y cables de cobre, un artefacto que él mismo había construido —un condensador de energía mística— empezó a parpadear con una luz violeta demasiado intensa.

—Vamos, vamos... solo un poco más de estabilidad —masculló Alaric, arrojando un puñado de polvo de cuarzo y fósforo al núcleo.

El artefacto soltó un zumbido ensordecedor. Alaric calculó mal la estática de la red eléctrica de Chicago, y la energía de la Tierra chocó brutalmente con la corriente de la ciudad. En un segundo, el artefacto explotó, abriendo una pequeña brecha mística en el centro del sótano. Una espiral de fuego fatuo y viento gravitacional empezó a succionar todo lo que había en la habitación, amenazando con colapsar los cimientos del edificio moderno.

Cualquier otro hechicero habría entrado en pánico, pero Alaric simplemente soltó un bufido de frustración, agarrando una libreta para anotar los resultados mientras se cubría de los escombros que volaban.

—¡Maldición! El factor de resistencia era de cuatro, no de tres... —se quejó en voz alta, intentando acercarse al portal para arrojar un compuesto neutralizador.

De repente, la pesada puerta de metal del sótano fue arrancada de sus bisagras con una fuerza descomunal, saliendo disparada contra la pared.

Alaric parpadeó, cubriéndose los ojos por el polvo. En el umbral de la puerta no aparecieron los bomberos ni la policía. Apareció un hombre impecablemente vestido con un traje gris de diseñador, cuya sola presencia emanaba una autoridad tan antigua como el universo. Detrás de él, un joven de traje negro y mirada severa —Lucius— sostenía un grimorio listo para atacar, con los ojos brillando en un tono azul defensivo.

Lucifer, que había sentido la tremenda distorsión mística desde su galería en Chicago y temía que fuera un rastreador celestial, observó la escena. Su mirada viajó del portal caótico al chico despeinado que sostenía un tubo de ensayo con total desparpajo.

Con un suspiro de fastidio por el ruido, Lucifer simplemente alzó su mano derecha. Una ráfaga de Gracia pura, oscura y majestuosa, envolvió la brecha mística, disolviéndola en el aire en un parpadeo. El sótano quedó en absoluto silencio, salvo por el goteo de una tubería rota.

Alaric se quedó con la boca abierta, mirando el espacio vacío donde antes estaba su experimento. Luego, miró al Diablo y, en lugar de arrodillarse o temblar de miedo, se cruzó de brazos y reclamó con indignación:

—¡Oye! ¡Me arruinaste la lectura de la fluctuación cuántica! Estaba a punto de estabilizarlo.

Lucius dio un paso al frente, indignado por la insolencia del muchacho. —Ten más respeto, insolente. Estás ante el—

Lucifer levantó una mano, interrumpiendo a Lucius. Para sorpresa del hechicero ordenado, una carcajada genuina y profunda resonó en el pecho del Diablo. Hacía siglos que nadie le reclamaba con tanta osadía y falta de temor. Lucifer miró los tubos de ensayo, las notas de Alaric y la genialidad caótica que desbordaba el lugar.

—Tienes valor, muchacho, y un talento innegable —dijo Lucifer, acomodándose los puños de la camisa con una sonrisa divertida—. Pero tus herramientas son una basura y este sótano es un insulto para la alquimia. Estás usando energía pura con cables de cobre de desecho. Es un milagro que no hayas volado media manzana de la ciudad.

Alaric se sonrojó un poco, rascándose la nuca. —Bueno... el presupuesto de un hechicero prófugo no da para laboratorios de alta tecnología.

Lucifer dio un paso al frente, extendiendo su mano hacia él. —Yo tengo un presupuesto ilimitado, todos los componentes químicos del mercado negro que desees y una galería entera donde puedes experimentar. A cambio, necesito a alguien que cree camuflajes místicos y pociones que oculten mi presencia de los ojos del Cielo.

Alaric abrió los ojos de par en par, emocionado ante la idea de tener recursos infinitos para sus locuras mágicas. Lucifer miró de reojo a Lucius y añadió con malicia:

—Además, te vendrá bien tener a un hechicero muy estricto y pulcro que ordene tus desastres y te enseñe un poco de teoría.

Alaric miró a Lucius, quien le devolvió una mirada de profunda desaprobación y resignación. Alaric sonrió de oreja a oreja y, sin dudarlo, estrechó la mano de Lucifer.

—Hecho. Pero quiero un extractor de aire de última generación —pidió Alaric con una risa.

—Tendrás el mejor laboratorio de Chicago —prometió el Diablo.

Esa noche, Alaric se unió al Exilio. Su llegada a la galería rompió para siempre la rigidez de Lucius, creando esa dinámica de hermanos que se quejan pero se cuidan, y dándole a Lucifer las herramientas perfectas para camuflar su refugio hasta el día en que Nolan cruzara sus puertas.




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