Linaje Del Exilio

las cicatrices del incienso

El portal de sombras de Alaric los escupió en el refugio de seguridad: una antigua estación de metro olvidado bajo la ciudad, reforzada con planchas de plomo y glifos de ocultación profunda. El aire era húmedo y frío, un alivio necesario tras el incendio de Uriel.

Xander apareció en un segundo después, cayendo pesadamente sobre una caja de suministros. Su piel aún húmeda donde la mano de Uriel lo había apresado, pero sus ojos estaban perdidos en algún lugar del pasado.

— ¿Están todos vivos?— pregunta Lucifer, su voz resonando en el túnel como un trueno contenido. Él no miraba a nadie, estaba de espaldas apretando los puños hasta que sus uñas se clavan en sus palmas.

— está aturdido, pero entero —Respondió Lucius. Estaba sentado en el suelo abrazándose las rodillas. Sus manos ya no temblaban por el miedo sino por una energía residual que hacía que las puntas de sus dedos brillaran con una luz blanca plateada.— señor... Mi magia no responde igual.

Lucifer se giró lentamente. Sus ojos se fijaron en las manos de Lucius. La luz que emanaba de ella era idéntica a la de Miguel.

—te lo advirtió — gruño Xander desde las sombras, su voz rota — te dijo que no lo miraras. Miguel no te dio un regalo, Lucius. Te dio un ancla ahora siempre podrá encontrarte porque una parte de su gracia vive en ti.

— ¡ Cállate, Xander! — escupió Lucius, poniéndose de pie — tú no puedes hablar de anclas cuando casi te entregas a Gabriel en medio de un campo de batalla. Sí Miguel no llega a intervenir, ¿Qué habrías hecho? ¿Habrías vuelto al cielo de rodillas?

Xander saltó sobre Lucius con una velocidad aterradora inmovilizándolo contra la pared de hormigón. Sus ojos decaído brillaban con una furia desesperada.

— no te atrevas a decir su nombre. Tú no sabes lo que es llevar milenios intentando olvidar el sonido de una voz.

— suelta al chico, Xander — grita Lucifer y hace que varias bombillas del túnel estallen — parecen humanos peleando por migajas de afecto. ¿Es que no lo ven? Es eso exactamente lo que ellos quieren.

Lucifer se acercó a ellos, su presencia llenando el túnel de una autoridad opresiva. Separo a Xander de Lucius con un solo movimiento.

—Ellos juegan con la nostalgia porque saben que somos débiles ante ella —continuó Lucifer, dándole la espalda a Xander y fijando sus ojos dorados en Lucius—. Miguel no vino a rescatarme a mí, vino a sembrar la discordia. Sabía que tú, un simple mortal fascinado por lo divino, serías el recipiente perfecto para su maldita pureza. Y tú, Lucius, caíste como un principiante.

Lucius bajó la mirada a sus manos. La luz blanca plateada seguía parpadeando bajo su piel, como un pulso ajeno que latía al ritmo del corazón de Miguel. Sabía que Xander tenía razón: ahora era un faro para el general del Cielo.

— Alaric prepárate. Lucius necesito un ritual de purga. Y Xander... — Lucifer miró a su amigo con una tristeza que rara vez mostraba — limpia tus armas. Uriel no se detendrá hasta que vea sangre y la próxima vez no dejaré que Miguel detenga Gabriel.

Si se acerca de nuevo mándalo a donde pertenece.

Xander apretó la mandíbula, sabiendo que esa era la orden más difícil que podrían darle.

— entendido señor.

Mientras tanto a kilómetros de allí en lo alto de una torre de la catedral, Miguel observaba la ciudad. No sentía El triunfo de haber dispersado a los caídos. Solo sentí el vacío en sus brazos donde hace poco había sostenido a un humano que olía a tinta y a posibilidad.

Miguel - llamo Gabriel apareciendo tras él, con las alas plegadas y la mirada ensombrecida. ¿Por qué me detuviste? Podría haber salvado a azazel.

No lo estaba salvando, Gabriel - respondió Miguel sin mirarlo . lo estabas rompiendo. Y si vamos a salvar a Lucifer no podemos empezar destruyendo los únicos que lo aman en su exilio.

Además Miguel sabe que tu hermano también ha sentido cosas en secreto por esa sea pero por obediencia y por rectitud desecha todo su sentimiento.

Gabriel guardó silencio ante el reproche de su hermano. El viento de la altura agitaba sus cabellos plateados, pero el mensajero del Cielo no parecía notar el frío. La mención de Azazel había dejado una nota amarga en el aire.

—La obediencia es un escudo pesado, Miguel —susurró Gabriel, mirando también hacia la inmensidad de la ciudad—. Pero la rectitud es lo único que nos mantiene con las alas limpias. Si empezamos a escuchar lo que late en nuestros pechos, terminaremos en el mismo túnel oscuro que Lucifer.

Miguel cerró los ojos por un instante. Cada palabra de Gabriel era una verdad que él mismo se repetía a diario, una regla grabada a fuego en sus milenios de existencia. Desechó el recuerdo de Lucius, la calidez de su mirada y el pulso de su gracia en las manos del humano, obligándose a enterrarlo bajo su fachada de General del Cielo. No había espacio para la debilidad. No para él.

Chicago, 7:00pm

El refugio en la antigua estación de metro estaba en silencio, salvo por el goteo distante de una tubería. Alaric y Lucius estaban en la otra punta del túnel preparando los inciensos para el ritual de purga. Lucifer se alejó hacia una zona donde las vías se perdían en la negrura absoluta. Xander lo siguió, caminando con el sigilo de un depredador que conoce los pasos de su dueño.

Lucifer se detuvo y apoyó una mano en la pared fría de hormigón. Sus hombros, siempre rectos, se hundieron un centímetro.

— lo sentí, Xander — susurró Lucifer, sin darse vuelta.— en cuanto Miguel cruzó el umbral, el aire del despacho se volvió insoportable. Era ese olor... A eternidad estática. Leyes que no cambian.

Xander se detuvo un par de metros, cruzándose de brazos.

— casi nos mata a todos. Turiel se encargó del ruido, pero la presencia de Miguel... Era como si la realidad estuviera pidiendo permiso para existir.




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