Miguel se encontraba en el campanario de una vieja iglesia gótica en el corazón de Chicago. Sus manos se apoyaban en la piedra fría, pero sus sentidos estaban a kilómetros de distancia, todavía entumecidos por el encuentro en ese lugar. El odio de Lucifer no había sido una explosión de fuego; había sido algo peor. Había sido un muro de hielo, una indiferencia afilada que le decía a Miguel que, para su hermano él ya no era familia, sino simplemente El carcelero que lo arrojó al vacío.
Gabriel apareció tras él, sus alas plateadas y emitiendo un brillo tenue que apenas iluminaba las sombras de las campanas.
— todavía lo sientes, ¿ Verdad? — preguntó Gabriel. Su voz, siempre melódica, sonaba ahora quebrada— El aire aquí está vaciado, Miguel. Pero no es el humo de la ciudad. Es el rencor de nuestro hermano.
Miguel cerró los ojos, apretando la piedra hasta que este crujió bajo sus dedos.
— me miró como si yo fuera un extraño, Gabriel. Como si los milenios que pasamos juntos en la luz nunca hubieran existido. No quiere ser salvado. Peor aún... Cree que no necesita hacerlo. No he encontrado en este mundo humano algo que nosotros no podemos entender.
Gabriel se acercó al borde, mirando las luces de Chicago. Su mente vuelve al momento que tuvo a Azazel ( Xander) frente a él.
— no es el único que ha cambiado— susurro Gabriel — Azazel... Xander como se hace llamar ahora. Cuando lo toque, no sentí la oscuridad pura que se espera de un desterrado. Sentí una agonía tan humana que me quemó. Me miró con un terror que solo alguien ha amado profundamente. Pude sentir. Intenté llegar a el, Miguel. Intenté recordarle quién era.
Miguel se giró, reservando a su hermano con una mirada penetrante.
— Casi provocas una tragedia, Gabriel. Si Lucifer hubiera visto tu mano sobre su segundo al mando, habría reducido este sector de la ciudad a cenizas. No podemos permitirnos la nostalgia.
—¿Nostalgia? No me hables de disciplina, hermano. Te vi. vi cómo sostenías a ese hechicero... A Lucius.
Miguel tenso la mandíbula, pero no aparte la mirada.
— lo protegí de la explosión. — respondió Miguel con voz gélida.
—hiciste más que eso. — replicó Gabriel, dando un paso hacia su el — Tus alas no se desplegaron por deber, se desplegaron por instinto. Lo miraste como si es su mirada hubiera una respuesta que el padre nunca nos dio. Tu, el más fiel de todos nosotros, has sentido el calor de un mortal. Y eso, Miguel, es más peligroso que cualquier incendio de Uriel.
Mencionar a Uriel cambió la energía del lugar. El ambiente se volvió Pesado.
— Hablando de incendios.— dijo Miguel, intentando desviar la atención de sus propios sentimientos— la brutalidad de Uriel casi arruina todo. Entró como un verdugo, ciego de rabia. No entiende que si atacamos a Lucifer como enemigos, solo lograremos que se hunda más en su propia rebelión. Uriel quiere castigar la traición, pero nosotros estamos aquí para evitar la aniquilación.
— Uriel es fuego; no sabe ser otra cosa— suspiró Gabriel— Pero si seguimos así, terminaremos destruyendo Chicago y perdiendo a Lucifer para siempre. Necesitamos a alguien que pueda calmar las aguas. Alguien que no venga con espadas ni con exigencias de arrepentimiento.
Miguel asintió, mirando hacia el horizonte, donde las primeras luces del Alba empezaban a teñir el lago Michigan de un tono violáceo.
— Necesitamos a Rafael— sentenció Miguel.— sus manos pueden sanar el rastro que dejó mi espada en el pecho de Lucifer, y su presencia podría ser el único puente que nos queda. Si alguien puede recordarle a Lucifer lo que significa la paz sin importarle la obediencia, es él.
Gabriel guardó silencio un momento antes de preguntar.
— ¿Y qué pasará con el hechicero, Miguel? ¿Y con azazel?
Miguel no respondió de inmediato. Miró sus propias manos, recordando la fragilidad y la calidez de lucius.
— Rafael también tendrá que sanar a los humanos que lo rodean. Porque si ellos siguen siendo el ancla de Lucifer en este mundo, tendremos que decidir si los arrancamos de su lado... O si nos arriesgamos a que ellos nos arrastren a nosotros hacia la tierra.
Gabriel simplemente suspiró, él sabe que no sería capaz de ser como Lucifer desentendido que no le importa nada, que está viviendo aquí en la tierra como si él no fuera alguien inmortal, como si él no tuviera un lugar en donde reinar, Gabriel y Miguel son muy diferentes ellos tienen que obedecerle al padre, y por esa razón es que existe el miedo de que despierten nuevos sentimientos en ellos, sentimientos que no pueden existir.
Miguel se quedó solo en el campanario. El alba finalmente rompió sobre Chicago, tiñendo los rascacielos de un oro pálido y frío. El arcángel extendió una mano, capturando los primeros rayos del sol entre sus dedos, buscando el calor que solía reconfortarlo en las esferas celestiales. Sin embargo, el sol de la Tierra no quemaba igual. No tenía el fuego de la creación, sino la tibia y frágil consistencia de la vida mortal.
Bajó la mano y apretó el puño. Tenían que encontrar a Rafael, y rápido. Porque en el fondo de su ser, el carcelero de Dios temía que la próxima vez que mirara a los ojos a Lucius, ya no recordaría cómo regresar a casa.