Linaje Del Exilio

El Espejo de la Verdad

El aire en el campanario dejó de oler a ozono y hollín. Un aroma Tierra mojada después de la lluvia y hay hierbas silvestres inundó el espacio, suavizando las aristas de la piedra. Rafael no aterrizó con un estruendo; simplemente estuvo allí, de pie entre Miguel y Gabriel, vistiendo una túnica que parecía tejida con las sombras de un bosque antiguo.

Sus ojos, verdes y profundos como un océano virgen, no buscaban la ciudad. Buscaban el alma de sus hermanos.

— lo vi todo— dijo Rafael. Su voz no tenía la autoridad metálica de Miguel ni la cadencia poética de Gabriel; era una voz honesta, tan clara que dolía.— vi el fuego, vi el miedo y vi como sus manos temblaban al tocar lo que se les tiene prohibido.

En ese momento, una ráfaga de calor seco y fuego apareció con la armadura todavía abollada por el impacto del cañón de vacío de Xander. Su rostro era una máscara de furia.

—¡Llegas tarde, Rafael! —rugió Uriel, señalando hacia el sur de la ciudad.— el traidor se ha escondido bajo tierra como la rata que es. Necesitamos tu rastro para encontrarlo y...

— Necesitas silencio, Uriel — lo cortó Rafael, dando un paso hacia él. A pesar de no llevar armas, Uriel retrocedió un milímetro.—Tu pelea en el vestíbulo no fue una misión sagrada. Fue un berrinche nacido de la envidia.

Uriel apretó El puño sobre el pomo de su espada.

— ¿Envidia? Yo castigué al caído que se atrevió a burlarse de nosotros.

— No— sentenció Rafael con una calma cortante.— Atacaste a azazel porque no puedes soportar la forma en que él mira a Gabriel. Lo atacaste porque, mientras él ve a nuestro hermano menor con ojos de amor y un respeto que los milenios no han podido borrar, a ti solo te mira con asco. Te odia porque sabe que tú no buscas salvar a Lucifer; tú buscas heredar sus cenizas. Tu pelea fue un acto de amor reprimido convertido en violencia. Querías destruir en él lo que tú mismo eres incapaz de inspirar: lealtad pura.

Uriel abrió la boca para protestar, pero la mirada de Rafael lo dejó mudo. El arcángel sanador se volvió entonces hacia Miguel y Gabriel.

— y ustedes dos... — Rafael suspiro, y su luz pareció fluctuar con tristeza.— uno se pierde en la piel de un hechicero buscando un calor que crea haber olvidado, y el otro desarma a un guerrero. No estamos aquí para cazar a Lucifer, hermanos. Estamos aquí porque, si él cae, nosotros caeremos con él. Chicago no es su prisión; es el espejo donde estamos viendo nuestras propias grietas.

Miguel bajó la mirada, sintiendo el peso de la verdad.

—¿Qué sugieres, Rafael? Lucifer ha jurado no volver. Ha convertido este lugar en su reino humano y ha puesto sus hechiceros como escudo.

Rafael caminó hacia el borde del campanario, observando el pulso de la ciudad.

— Si queremos entrar en su santuario sin que se convierta en un campo de batalla, no podemos ir como arcángeles. No podemos ir como los hijos que obedecen al padre. Debemos ir como los hermanos que extraña al que se fue. Vestidos como humanos simples sin que él se sienta inferior a nosotros.

— él no nos recibirá.— intervino Gabriel, acariciando su propia mano, sintiendo el rastro de Xander.

— nos recibirá si le ofrecemos algo que no pueda rechazar — dijo Rafael.— No iremos a pedirle que vuelva al infierno ni que suba al cielo. Iremos a pedirle una tregua en terreno neutral. Un lugar donde la magia de sus hechiceros y nuestra luz no tengan que chocar. Pero para eso, Miguel, tendrás que dejar de ser el general y volver a ser el hermano que una vez lo amó más que su propia espada.

Rafael puso una mano sobre el hombro de Miguel.

— invítalo a su propia mesa. Busquen un lugar en esta ciudad que él llame hogar. Si logramos que lucius y azazel se sientan seguros, Lucifer bajará la guardia. Pero cuidado; si alguno de ustedes intento usar este acercamiento para encadenarlo, Chicago No será lo único que arda esta es nuestra última oportunidad de ser una familia antes de que el padre decida que el experimento ha terminado.

Un silencio sepulcral se sintió en el lugar mientras que los hermanos pensaban en el lugar en donde podían citar a Lucifer, esta es la última oportunidad que tienen para hacerle entender. Mientras tanto Uriel piensa en lo que Rafael le dijo se sintió humillado porque la final él siempre tiene la razón. Uriel, con la mandíbula apretada y la respiración contenida, dio media vuelta sin decir una palabra. El fuego de su armadura pareció apagarse, sustituido por el gris opaco del orgullo herido; las palabras de Rafael le habían infligido una herida que ninguna espada celestial podría sanar. Con un destello de calor seco, se desvaneció en el aire, dejando tras de sí solo el eco de su humillación.

Gabriel miró a Rafael, con los ojos empañados por una mezcla de alivio y temor.

—Un lugar neutral... —susurró Gabriel, asimilando la idea—. Hay un café antiguo cerca del muelle, un sitio que Lucius frecuenta cuando la magia de la ciudad lo abruma. Lucifer va allí solo para observarlo desde las sombras. Huele a papel viejo y a café amargo. Es lo más cercano a un hogar que el caído ha aceptado tener.

Miguel asintió lentamente, sintiendo la mano de Rafael todavía cálida sobre su hombro. El General del Cielo miró sus propios dedos; la idea de dejar ir la espada y presentarse ante Lucifer desarmado, despojado de su rango, le provocaba un vértigo que no había sentido desde la Creación.

—Haz la invitación, Gabriel —ordenó Miguel con voz baja—. Si tu eres el mensajero. Lucifer no la quemará antes de leerla.

Rafael sonrió con una tristeza infinita y, con la misma sutileza con la que había llegado, su presencia comenzó a diluirse en el aire, devolviendo al campanario el frío aroma a piedra y a invierno de Chicago.




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