Linaje Del Exilio

la purga y El mensajero de cristal

El aire en el túnel del antiguo estación de metro estaba saturado de un olor metálico y amargo. Alaric te había dispuesto un círculo de runas de ceniza volcánica alrededor de lucius, quién permanecía sentada en el centro, pálido y sudoroso.

Lucifer observaba desde la penumbra, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa que parecía de piedra. A su lado, Xander mantenía una mano sobre su daga, aún procesando el encuentro con Gabriel; sus ojos estaban fijos en Lucius, pero su mente seguía en otra parte.

—Empieza — ordenó Lucifer.

Alaric recitó una encantación en un dialecto olvidado, y las runas se encendieron con un fuego negro. Lucius soltó un grito ahogado. En su pecho, justo donde Miguel lo había sostenido, una mancha de luz blanca comencé a brillar a través de su camisa, resistiéndose a la oscuridad del ritual.

Para Lucius, el dolor no era físico, era una disonancia espiritual. Sentía que el ritual de alaric intentaba arrancar algo que ya se había vuelto parte de él. Cada vez que la magia de purga golpeaba la marca, Lucius no veía oscuridad, veía el rostro de Miguel. Sentía la calidez de ese abrazo protector y la tristeza infinita de los ojos del arcángel.

— ¡Me duele!— gimió Lucius, arqueando la espalda.— ¡Siento que me está quemando el alma!

— no es el ritual lo que te quema, Lucius — dijo Lucifer, acercándose al borde del círculo .— Es su luz. Es un parásito de perfección que intenta convencerte de que está sucio. ¡Recházala! Recuerda quién eres.

Lucius cerró los ojos con fuerza. Intentó evocar su lealtad a Lucifer, su vida en Chicago, sus libros de hechicería... Pero la marca de Miguel vibró con una nota armónica que acalló todo lo demás. En su mente, una voz suave, la de Miguel, susurró: Nunca había visto la luz de verdad.

De repente, la luz en su pecho estalló con tal fuerza que empujó a Alaric hacia atrás. El ritual de purga se quebró. Lucius quedó jadeando, con la marca brillando ahora con más intensidad, como una estrella bajo su piel. No se había ido. Se había arraigado.

En ese momento de caos, el aire en el túnel cambió. No hubo fuego ni explosiones. Un pétalo de flor Blanca, fresca y vibrante, descendió desde el techo de hormigón y cayó justo frente a las botas de Lucifer.

Lucifer miro el pétalo con un desprecio absoluto. Sabía quién era.

— Gabriel— masco Lucifer.

El pétalo se deshizo en una fina neblina plateada que formó palabras en el aire, flotando con una serenidad que contrastaba con la violencia del refugio:

"Hermano. No venimos como jueces, si no como quienes añoran tu risa. Chicago es grande, pero al mundo es pequeño para quienes están heridos. Mañana, al caer el sol, en el muelle de Navy Pier. Sin espadas, sin trono. Solo una mesa para cuatro hermanos que perdieron el rumbo. Gabriel".

Lucifer soltó una carcajada seca, un sonido lleno de rabia y una punzada de algo que se parecía peligrosamente al dolor. Camino hacia la neblina y la atravesó con la mano, deshaciendo el mensaje.

— ¿Una mesa? — bufo Lucifer, mirando a Xander.— ¿Gabriel cree que una cena en el Navy Pier va a borrar el sonido de mis alas rompiéndose? ¿Cree que porque él es el sanador puede curar una traición de milenios con una invitación amable?

— Es una trampa, jefe — dijo Xander, recuperando su tono militar— Uriel estará escondido en alguna sombra, esperando para atacar.

— No — intervino lucius desde el suelo, con la voz débil pero — Gabriel no miente. Miguel... Miguel quiere hablar. Lo sentí cuando me tocó. No es una trampa de guerra, es una trampa de corazón.

Lucifer se giró hacia Lucius y por un segundo, su sombra se proyectó enorme y monstruosa en las paredes del túnel.

—¡Tú no sabes nada de corazones!— rugió Lucifer — creen que pueden invitarme a su mesa como si fuera El hijo pródigo que se ha ido de fiesta. Quieren que baje la guardia. Quieren que vea a Rafael para que mi odio se ablande.

Se hizo un silencio sepulcral. Lucifer caminó hasta la salida del túnel, mirando hacia la dirección donde sabía que estaban sus hermanos.

—iremos—dijo finalmente, para sorpresa de todos— pero no iremos a cenar. Iremos para que vean que Chicago no es mi escondite, es mi fortaleza. Si Rafael quiere ser sincero, le daré sinceridad. Le mostraré que prefiero reinar en este caos de cemento que sentarme en una mesa con quienes me soltaron la mano cuando caía.

Lucifer miró a lucius, cuya marca seguía brillando tenuemente.

— y tu, Lucius... Vendrás conmigo. Sí Miguel quiere volver a verte, que lo haga frente a mí. Veremos si su pureza soporta la mirada de un hombre que ha decidido ser libre.

Xander estaba armándose con tecnología humana y ricos antiguos, desconfiando totalmente de la paz de Rafael. Lucius solamente pensaba en estar de nuevo frente a Miguel mientras carga con su marca, bajo la vigilancia celosa de Lucifer.

Ellos se preparan para el encuentro en uno de los lugares más turísticos de Chicago, bajo la noria gigante, donde lo divino y lo mundano se mezclará.

El eco de las palabras de Lucifer se extinguió en la profundidad del túnel, dejando un rastro de ceniza y resentimiento en el aire. Alaric, todavía recuperándose del impacto místico que lo había arrojado al suelo, comenzó a limpiar los restos del círculo destruido en silencio, sabiendo que cualquier palabra de compasión en ese momento desataría la furia del caído.

Xander dio un paso atrás, apartándose de la luz tenue de las runas extintas. Se retiró a la esquina del refugio donde guardaba su arsenal: una perturbadora mezcla de reliquias grabadas con runas enoquianas y armamento militar humano modificado. Mientras limpiaba el cañón de vacío y ajustaba los cargadores a su cinturón táctico, sus manos, por lo general firmes como el acero, dudaron un segundo. En su mente seguía grabada la mirada de Gabriel. Agonía humana. Terror. Xander apretó los dientes, intentando ahogar la culpa. No importaba lo que Gabriel hubiera sentido al tocarlo; Xander era el segundo al mando del Infierno en la Tierra, y si los arcángeles jugaban sucio en el Navy Pier, él sería el primero en jalar el gatillo, incluso si eso significaba perforar las alas plateadas que alguna vez tanto respetó.




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