Linaje Del Exilio

La Última Cena en el Muelle

El Navy Pier había sido desalojado de turistas gracias a una falla eléctrica orquestada por Alaric, no va a pasar nada pero las luces de la gran Noria seguían girando, proyectando sombras circulares de neón sobre el asfalto. El viento aullaba, agitando las aguas oscuras del lago.

En el extremo del muelle, bajo una estructura de cristal, había una mesa redonda. No era de oro ni de luz, sino de madera desgastada, rodeada de sillas sencillas. Rafael ya estaba allí, sentado con la calma de un árbol centenario. Miguel permanecía de pie, de espaldas a la mesa, mirando hacia el horizonte de rascacielos. Gabriel jugaba con un pétalo de plata entre sus dedos, y Uriel... Uriel estaba apoyado contra una columna, con los brazos cruzados y los ojos encendidos, como una bomba de relojería.

— ya están aquí.— susurró Gabriel.

Desde las sombras de la entrada del muelle, cuatro figuras avanzaron. Lucifer encabezaba el grupo, con su traje negro fondeando al viento como una bandera de guerra. A su derecha, Xander caminaba con la mano en la chaqueta, ocultando su arma de vacío. Detrás, Alaric mantenía un perfil bajo, y Lucius caminaba con la cabeza gacha, sintiendo que la marca en su pecho latia con la fuerza de un tambor a medida que se acercaba a Miguel.

Lucifer se mantuvo a tres metros de la mesa.
Sus ojos recorrieron a sus hermanos con un desprecio que hizo que la temperatura bajara varios grados.

— has elegido un lugar muy pintoresco para nuestra emboscada — dijo Lucifer, su voz cargada de un mismo letal.

— No es una emboscada, Luc — dijo Rafael, levantándose lentamente — una invitación. Siéntate. Solo por esta noche, mañana que somos arcángeles y olvido que eres el caído. Sé nuestro hermano.

Lucifer soltó una carcajada seca y se sentó en la silla frente Rafael. Xander y Alaric se quedaron de pie, flaqueándolo, pero lucius se quedó Un paso atrás, atrapado en la mirada de Miguel.

Miguel se giró. Sus ojos se clavaron en Lucius, y al ver que el hechicero todavía brillaba con su marca, una mezcla de culpa y alivio cruzó su rostro.

— Lucius — dijo Miguel suavemente.

— Miguel — respondió el hechicero con la voz apenas audible.

— ¡Basta de sentimentalismo!— rugió Uriel, golpeando la mesa — míralo, Miguel. Mira en lo que se ha convertido. Un rey de baratijas, rodeado de humanos que juegan a ser dioses. ¡Hueles a mortalidad, Lucifer! ¡Te estás pudriendo en esta ciudad!

Lucifer ni siquiera miró a Uriel. Mantuvo sus ojos fijos en Rafael.

— Rafael, dile a tu perro que se calle si quieres que me quede. He venido porque me lo has pedido tú, el único que no tiene las manos manchadas de mi sangre. Pero mi paciencia tiene el límite de un rayo.

Rafael miró auriel con una advertencia silenciosa que lo hizo gruñir y callar. Luego, Rafael sacó una botella de vino humano y sirvió cinco copas.

— Estamos aquí porque el padre está despertando — dijo Rafael, yendo directo al grano — tu estancia en Chicago, Lucifer, ha dejado de ser un exilio silencioso. Estás alterando el equilibrio. Miguel y Gabriel no vinieron a cazarte por placer, sino para evitar que seas borrado de la existencia.

— ¿Y qué sugieres? — preguntó Lucifer, tomando la copa de vino pero sin beber — ¿Qué vuelva a mi trono en el infierno? ¿Ese pozo de desesperación que me diste para que no los molestara? Chicago es mi hogar porque aquí el libre albedrío no es una teoría, es una lucha constante. No voy a renunciar a esto.

Gabriel se inclinó hacia adelante, mirando Xander, quién evitaba su contacto visual.

— Azazel, dile tu. Dile que incluso en la tierra, la sombra no puede sostenerse para siempre. Está sufriendo. Lo sentí cuando te toqué.

Xander apretó la mandíbula.

— lo que sentiste, Gabriel, fue el precio de mi libertad. Prefiero sufrir aquí, al lado de él, que cantar himnos de Gloria y una jaula de cristal donde no puedo elegir a quien amar.

El silencio que siguió fue sepulcral. Lucius, que había estado observando la atención entre Miguel y Lucifer, dio un paso hacia adelante, rompiendo el protocolo.

— ustedes no lo entienden — dijo Lucius, mirando los cuatro arcángeles— creen que él está roto, Pero él los dio un propósito. A Alaric, a Xander y a mi. Él no nos trata como herramienta, nos trata como sus amigos. ¿Pueden ustedes decir lo mismo de sus huestes?.

Miguel dio un paso hacia Lucius. Lucifer se tenso, con la mano lista para invocar su poder, pero Miguel se detuvo a una distancia respetuosa.

— Lucius, tu lealtad es noble —dijo Miguel, ignorando la mirada asesina de su hermano— Pero estás defendiendo a alguien que te está arrastrando a su propia destrucción. Esa marca en tu pecho... es un recordatorio de que tu alma busca la luz, no la sombra.

— ¡Su marca es un recordatorio de que tú no puedes dejar de interferir!— grito Lucifer, levantándose de golpe y volcando su silla — ¡Viniste a Chicago buscando una excusa para sentirte vivo a través de un mortal, Miguel! ¡No me busques a mí como excusa! Admítelo; estás aquí por él tanto como por mí.

Uriel desenvainó un centímetro de su espada, y Xander sacó su arma de vacío de inmediato. La mesa de la paz estaba a punto de estallar.

— ¡Alto! — el grito de Rafael vibró en los cimientos del muelle, haciendo que el agua del lago saltara en olas gigantes.— ¡Mírense! Son exactamente lo que el padre quiere ver; una familia destrozada por el orgullo.

Rafael miró a Lucifer con una tristeza infinita.

— si no vienes con nosotros por amor, Lucifer, hazlo por ellos. Por lucius, por Alaric y por Azazel. Porque si el cielo desciende sobre Chicago, ellos serán los primeros en arder. No sobrevivirán a la guerra que estás provocando.

Lucifer miro a lucius, luego a alaric y finalmente a Xander. Por primera vez en la noche, tu máscara de hierro flaqueo. La idea de perder a los únicos que lo habían aceptado como hasta él Azael fue un golpe más duro que cualquier espada de Miguel.




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