Linaje Maldito: Hotel

Capítulo 2: Hostal, somos noche…

Observó la pista, los movimientos, las manos que se apoyaban en espaldas ajenas, los labios que se acercaban para hablar al oído… y nadie —nadie— parecía notar su presencia. Era como estar viendo un recuerdo ajeno reproducirse en vivo, como si alguien hubiera puesto un VHS viejo en un televisor Grundig del salón.

Hasta que una mujer —rubia, vestido largo color vino con hombreras discretas— giró en medio del baile y clavó los ojos en él. No fue una mirada perdida. No fue casual. Lo vio. Lo reconoció.

En el mismo segundo, la música bajó un tono, como si el disco de vinilo hubiera envejecido de golpe. Las risas se apagaron por capas. Unas pocas cabezas más se giraron lentamente hacia Nicolás. Y él entendió, con un frío súbito en la espalda, que no había abierto una puerta para mirar… Se había metido adentro de algo que nunca debió seguir sonando.

Retrocedió, saliendo del salón como si escapara de un incendio que todavía nadie veía. Empujó la puerta con más fuerza de la necesaria y el golpe seco resonó en el pasillo desierto. El eco se disipó rápido… demasiado rápido.

Y entonces lo vio. El mismo chico de pijama celeste —con dibujitos de Pluto y Mafalda desteñidos— estaba parado a pocos metros, quietito, como si lo hubiera estado esperando.

Esta vez no corrió. Lo miraba con los ojos enormes y húmedos, hundidos en una cara pálida que no parecía propia de un chico sano. Cuando habló, su voz fue bajita, sin tartamudeos ni llanto, pero con una tristeza tan vieja que parecía no pertenecerle: —¿Vos viste a mi mamá?

Nicolás parpadeó, como si el cerebro necesitara reacomodarse. —¿A… tu mamá? El nene asintió despacio. —Nosotros nos registramos acá. Pero… no la encuentro.

Nicolás tragó saliva. Había demasiadas cosas mal en esa frase: el “nosotros”, dicho con una seguridad que no tienen los chicos abandonados; el “registramos”, que sonaba como palabra prestada de un adulto; y la simple posibilidad de que un nene de seis años estuviera solo en un hotel así, sin que nadie lo notara. —¿Cómo se llama tu mamá? —preguntó Nicolás, haciendo un esfuerzo por sonar calmado.

El chico bajó un poco la mirada, como si recordarlo le doliera físicamente. —Se llama Teresa. —¿Y cuándo la viste por última vez?

El chico tardó un segundo en responder. Cuando levantó la vista, su tono ya no era triste: era plano, como si estuviera repitiendo algo que dijo muchas veces antes. —Ayer a la noche. Se fue a bailar a ese salón —dijo, señalando con un dedo flaco la puerta que Nicolás acababa de cerrar—. Pero no volvió.

Nicolás se quedó callado, bajando al comedor donde Gabriel y Belén ya estaban desayunando. Gabriel hojeaba un Clarín mientras Belén servía jugo de naranja en vasos de vidrio grueso. Al verlo, ambos levantaron la vista. —¿Otra noche difícil, hijo? —preguntó Gabriel con una sonrisa suave, pero sus ojos delataban una preocupación subyacente. —Sí… —admitió Nicolás, tomando asiento frente a ellos. Miró a su padre fijamente—. Papá, ¿qué pasa con este hotel?

Gabriel desvió la mirada hacia su taza de café, impidiendo responder de inmediato. —Nada importante —respondió finalmente, tratando de sonar despreocupado—. Como dijo la chica, están haciendo mejoras. No te preocupes por eso.

Pero Nicolás no estaba convencido. Su padre rara vez evitaba una pregunta, y ese gesto evasivo encendió una chispa de sospecha en su mente. Cambió de tema, pero no de intención. —Má, ¿podemos ir al pueblo? —preguntó, esperando encontrar respuestas fuera de los muros del hotel.

Belén avanzó con entusiasmo, feliz de aprovechar el día para hacer algunas compras en la feria local. —Si van al centro, tráiganme unas cervezas —dijo Gabriel, viendo cómo Belén lo anotaba en una hoja de bloc Rivadavia.

Nicolás y Belén avanzaban por la feria con calma. El aire olía a pochoclo caliente, madera barnizada y café recién molido. Entre los puestos de artesanías, la música de una banda callejera y el murmullo constante de turistas, madre e hijo charlaban sin apuro, tratando de despejar la tensión que el hotel les había dejado. —¿Estás seguro de lo que viste? —preguntó Belén, intentando no sonar incrédula. —Lo vi, má. No fue un sueño —respondió Nicolás, firme.

Girando por uno de los pasillos centrales de la feria, algo llamó su atención: una pequeña cafetería improvisada bajo una carpa crema. Tras el mostrador, removiendo leche espumada en una taza, estaba la mujer que él había visto en el salón del hotel… la madre del niño.

La reconoció enseguida. La misma cara, el mismo rodete apretado, la misma mirada cansada. —Es ella —susurró Nicolás, clavado en el lugar.

La mujer sonreía amable a los clientes, como si nada pasara, como si nunca hubiera habido un niño buscándola desesperado en los pasillos del hotel. Como si aquella noche no hubiese existido.

Belén siguió su mirada. —¿La conocés? —Es la madre del chico… —dijo en voz baja—. El que desapareció.

Nicolás se acercó al puesto. La mujer levantó la vista cuando él se plantó del otro lado del mostrador, pero su expresión no cambió: amable, neutral, como la de cualquier vendedora atendiendo a un cliente desconocido. —Perdón… —dijo Nicolás con cuidado—. Usted estaba en el hotel anoche. Con su hijo.

La mujer parpadeó solo una vez. No respondió. —Su hijo… —insistió—. Lo vi en los pasillos. Estaba buscándola. Me pidió ayuda. ¿Lo encontró?



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En el texto hay: misterio, fantasmas, suspenso

Editado: 08.01.2026

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