Linaje Maldito: Hotel

Capitulo 3: Las mil y una noche

Nicolás empujó la puerta del hotel. El olor a madera vieja y cera lo envolvió de inmediato, y el silencio del lobby le recordó lo diferente que era este lugar de cualquier otra experiencia que hubiera tenido. Sus pasos resonaban sobre el piso pulido, cada golpe apagado por la distancia de los pasillos vacíos.

Avanzó despacio, siguiendo un presentimiento que le decía que no estaba solo. Al doblar la esquina del pasillo principal, lo vio: el niño, pequeño, con pijama a rayas y los pies descalzos. Lo miró fijamente, con esos ojos grandes y llenos de miedo, como si esperara a alguien que no llegaba.

—Ey… tranquilo —susurró Nicolás, acercándose con cautela—. No va a pasarte nada.

El niño no dijo nada, solo lo observaba. Pero antes de que Nicolás pudiera acercarse más, una voz firme lo detuvo:

—¡Nicolás!

Era Teresa, la madre del niño, que apareció desde el extremo del pasillo. Su rostro reflejaba miedo y cansancio, pero también una urgencia que obligó a Nicolás a detenerse.

—Teresa… —comenzó Nicolás, sorprendido—. ¿Qué está pasando?

Ella respiró hondo, tomando aire como quien prepara un relato que lleva años guardado.

—Anoche… —dijo, con voz temblorosa—. Anoche mi hijo y yo nos registramos en este hotel. Pero algo pasó. Algo que no entiendo. Él desapareció por los pasillos, y yo… yo no pude encontrarlo.

Nicolás frunció el ceño.

—Lo vi —dijo rápido—. Corría solo por los pasillos, y… no podía alcanzarlo. Había algo extraño, algo que no era normal.

Teresa asintió, casi aliviada de que alguien más lo hubiera visto.

—No sé cómo explicarlo —continuó—. Cada vez que lo busco, siento que… que algo lo atrae, lo confunde. Y luego aparece y desaparece, como si no tuviera control sobre lo que hace.

El niño se acercó unos pasos, mirando a Nicolás con una mezcla de confianza y miedo. Teresa lo sujetó del brazo suavemente.

—Nicolás… —dijo, bajando la voz—. Te necesito. Tenés que ayudarme a entender qué es lo que le está pasando. Porque si esto sigue… no sé qué podremos hacer.

Nicolás tragó saliva. Todo lo que había visto en el hotel, todas las sombras y susurros, las extrañas apariciones… ahora cobraban sentido frente a los ojos de Teresa y su hijo.

—Está bien —dijo finalmente, con determinación—. Voy a ayudarte. Pero necesito que me cuentes todo… desde el principio. Cada detalle, cada cosa que hayas visto o sentido.

Teresa asintió, y juntos se sentaron en el piso del pasillo, con el niño entre ellos, mientras las luces tenues del hotel proyectaban sombras largas y temblorosas, como si el edificio mismo los estuviera escuchando.

Teresa se acomodó en el piso del pasillo, sujetando al niño suavemente entre sus piernas. Nicolás se quedó frente a ella, expectante, mientras la luz cálida del pasillo proyectaba sombras que parecían moverse con vida propia.

—Todo empezó cuando llegamos —comenzó Teresa, con voz temblorosa—. Nos registramos como cualquier huésped, pagamos, recibimos la llave de la habitación… todo normal. Pero cuando subimos, algo cambió. Mi hijo… empezó a mirar hacia los rincones del pasillo como si hubiera alguien allí. Yo le dije que no había nadie, que era solo el hotel, que se calmara. Pero no me escuchaba.

El niño abrazó la pierna de Teresa, sin apartar los ojos de Nicolás.

—Luego, cuando entramos a la habitación —continuó Teresa—, sentí una presencia. No era un ruido, ni sombra… era algo en el aire. Como si alguien respirara con nosotros. Mi hijo se aferró a mí y gritó que “él” estaba ahí. Yo pensé que era un juego, un miedo infantil… hasta que desapareció.

Nicolás tragó saliva. Cada palabra le sonaba familiar.

—Desapareció… —repitió, incrédulo—. ¿Por cuánto tiempo?

—Unos minutos —dijo Teresa, bajando la voz—. Cuando salí a buscarlo, los pasillos estaban vacíos. Solo escuchaba pasos que no eran nuestros. Susurraban mi nombre. Mi hijo volvió a aparecer solo, como si corriera detrás de algo que nadie más podía ver. Y luego… lo mismo se repetía cada vez que nos movíamos por el hotel.

El niño se encogió un poco, mirando hacia el pasillo como si un recuerdo invisible lo aterrara.

—Lo peor —continuó Teresa— fue cuando llegamos al salón de la planta baja. Vi cosas… sombras que no tenían cuerpo, luces que parpadeaban sin razón, y luego escuché voces, como susurros insistentes. Una de ellas me llamó por mi nombre, me dijo que mirara al niño. Cuando lo hice… vi que él también estaba mirando algo que yo no podía ver.

Nicolás frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Todo encajaba con lo que él había experimentado.

—Y desde esa noche… —dijo Teresa, tomando aire— no hay momento en que podamos caminar por los pasillos sin que algo lo observe, sin que algo lo siga, sin que… desaparezca por segundos.

El niño se abrazó a su madre, con los ojos grandes y brillantes. Nicolás se inclinó hacia Teresa, comprendiendo que no se trataba de imaginación ni de miedo exagerado. Esto era real.

—No podemos ignorarlo —susurró Nicolás—. Algo está dentro del hotel… algo que no pertenece a este mundo.



#91 en Terror
#228 en Paranormal

En el texto hay: misterio, fantasmas, suspenso

Editado: 02.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.