Nicolás permanecía inmóvil, con la respiración contenida y los ojos clavados en aquel salón donde las figuras parecían congeladas en un tiempo ajeno. No era miedo lo que sentía: era la certeza de estar dentro de una mirada colectiva, como si el aire mismo lo señalara.
Del centro de la multitud espectral, una silueta se desprendió. No era un fantasma cualquiera. Era un hombre joven, cabello revuelto, porte firme, y una presencia que imponía respeto. Su mirada, intensa y cortante, se hundió en la de Nicolás.
—Che… escuchame —dijo, con voz áspera, como un tango gastado mezclado con un susurro que no pertenecía del todo a este mundo—. No todos los que ves acá son como el pibe que te sigue o los que parecen cuidarte. Hay otros… y no vienen con buenas intenciones.
Nicolás sintió la garganta cerrarse, pero logró preguntar: —¿Qué querés decir?
El hombre avanzó un paso, flotando más que caminando. Sus ojos brillaban con un reflejo imposible. —Mirá, pibe… algunos de estos fantasmas todavía saben lo que es proteger. Pero otros… otros solo buscan. Y pronto, alguien va a venir por vos. No va a pedir permiso. No va a negociar. Va a querer algo que llevás adentro.
—¿Por qué yo? —la voz de Nicolás se quebró.
El hombre negó con un gesto cansado. —No es por vos. Es por lo que podés ver, lo que podés entender. No todos sobreviven a eso.
El frío le bajó por los hombros hasta las piernas. Los fantasmas inmóviles parecían ahora más atentos, como si esperaran su reacción.
—¿Cómo sé quiénes son buenos y quiénes no? —balbuceó Nicolás.
El hombre lo miró fijo. —Vas a aprender. Y no vas a estar solo. Pero nunca bajes la guardia. Ellos vienen. Y vienen rápido.
Se inclinó hacia él, apenas un susurro que rozó el aire como viento en un pasillo vacío: —Confiá en tu instinto. Siempre.
Y se desvaneció. El salón quedó otra vez vacío, aunque Nicolás sabía que no lo estaba. El eco de las palabras seguía golpeando en su cabeza, y la certeza de que algo se acercaba era más real que nunca.
La noche había caído sobre el Hotel Monte con un silencio espeso, apenas roto por el zumbido intermitente de los ventiladores viejos y el crujido de la madera fatigada. Nicolás permanecía inmóvil bajo la sábana, los ojos abiertos, repasando una y otra vez las palabras del fantasma: "No todos los que ves son buenos… alguien vendrá por vos…".
El eco se repetía como un cassette gastado, imposible de detener. Intentó contar hasta cien, buscando el alivio del sueño, pero lo que llegó fue otra cosa: un descenso brusco hacia una pesadilla.
Se encontró de pie en un laberinto que no era de setos ni de jardines, sino de tumbas. Las paredes de piedra se alzaban húmedas, cubiertas de musgo, y las lápidas torcidas parecían formar un mapa caprichoso, como si alguien hubiera decidido jugar con la muerte. Cada giro lo llevaba de nuevo al inicio, cada pasillo lo encerraba más.
El aire olía a tierra mojada y hojas podridas. El silencio era absoluto, salvo por un murmullo que parecía provenir de todas partes: voces apagadas, llantos, un viento que no soplaba. Las sombras se alargaban, acercándose, como si el laberinto respirara.
Nicolás avanzaba con pasos inseguros, consciente de que las paredes se movían sutilmente, como si el lugar estuviera vivo. La sensación de ser observado se volvía insoportable.
Entonces lo vio: una silueta infantil, de pie entre dos lápidas. El niño del hotel, con la pijama celeste arrugada, lo miraba con los mismos ojos grandes y húmedos que en la realidad. Nicolás corrió hacia él, desesperado, pero el niño se desvaneció como humo antes de que pudiera alcanzarlo.
El vacío que dejó no fue silencio: fue un murmullo más fuerte, un coro de voces que repetían una sola palabra, como un acertijo: “Cambios… Cambios…”
Nicolás despertó sobresaltado, con el corazón golpeando en el pecho. La sábana estaba empapada de sudor. En la mesa de luz, la filmadora VHS parpadeaba sola, como si hubiera grabado algo durante la noche.
Se incorporó lentamente, con la certeza de que el sueño no había sido solo un sueño. El niño, las tumbas, las voces… todo apuntaba al mismo lugar: el cofre que su padre debía encontrar. El “Dos Cambios” ya no era solo una orden secreta. Era una advertencia.
Mientras buscaba desesperado, Nicolás escuchó risas: primero suaves, luego burlonas, que brotaban de las sombras del laberinto. Voces sin cuerpo, que pronunciaban su nombre y le recordaban el aviso del espíritu: alguien venía por él.
Cada giro se volvía más vertiginoso, cada sombra más cercana, hasta que sintió que estaba rodeado, atrapado. El frío le calaba los huesos y sus manos temblaban al intentar aferrarse a algo que le diera seguridad. Pero lo único que encontraba eran lápidas húmedas, tierra oscura y la certeza de que la muerte misma estaba jugando con él.
De pronto, una voz profunda y rasgada lo hizo estremecerse: —No vas a salir… al menos no sin entender primero quién sos.
El corazón de Nicolás golpeaba como un tambor desbocado, y un sudor helado le recorría la espalda. Intentó gritar, pero ningún sonido salió. El laberinto se cerraba sobre él, y el cielo ennegrecido, sin luna, parecía aplastarlo con su peso.