Era una noche fresca de otoño mendocino. El viento bajaba desde los cerros con un silbido áspero, y el pequeño hotel —una casona antigua reciclada con pretensiones boutique— estaba envuelto en una atmósfera festiva que parecía impostada. Las luces colgaban de los aleros como luciérnagas domesticadas, titilando en tonos ámbar. En el vestíbulo, las paredes lucían guirnaldas de hojas secas, calabazas talladas con sonrisas torcidas y velas que chisporroteaban como si algo invisible las inquietara.
Afuera, la luna llena colgaba sobre los viñedos como un ojo vigilante. Las sombras de los álamos se estiraban sobre el césped como dedos largos y deformes. En medio de ese decorado, una figura caminaba por el pasillo del segundo piso. Era una joven de cabello rubio, vestida de novia. Pero no caminaba como una novia. No flotaba. No sonreía. Sus pasos eran lentos, pesados, como si cada uno le costara un recuerdo.
Se llamaba Elizabeth Monroe, hija de un empresario bodeguero con más poder que escrúpulos. Había reservado el hotel para su casamiento, pero esa noche no irradiaba felicidad. En su rostro había algo más crudo: una mezcla de melancolía y resolución. Como quien ya sabe que el final está escrito, pero igual decide leerlo.
Mientras avanzaba, no notó que alguien la seguía. A cierta distancia. Las sombras parecían engrosarse alrededor de esa figura, que se movía con un silencio quirúrgico. Observándola.
Elizabeth llegó a su habitación, una de las más lujosas del hotel. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera despertar algo. Se acercó al tocador, abrió un cajón y sacó un pequeño objeto envuelto en terciopelo rojo. Lo desenvolvió. Era una llave amarilla, diminuta, con un diseño intrincado, casi gótico. La sostuvo entre los dedos como si pesara más de lo que aparentaba. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas, pero no lloró. Guardó la llave en un bolsillo oculto de su vestido y murmuró: —Es lo correcto…
Salió de la habitación. Bajó las escaleras de madera. El eco de sus tacones resonaba como disparos en el vacío. Al llegar al vestíbulo, el bullicio la envolvió. Invitados disfrazados bailaban al ritmo de una banda de jazz. Algunos con copas en la mano, otros riendo con exageración. Las mesas estaban decoradas con calaveras de azúcar, velas encendidas y fotos antiguas que nadie recordaba haber traído.
Elizabeth se detuvo en el último escalón. Observó la celebración como quien mira una película ajena. Su figura vestida de blanco destacaba como un fantasma entre el carnaval de colores. Su mirada se desvió hacia el jardín. El viento movía las hojas de un viejo roble, el único árbol que había sobrevivido a la construcción del hotel. Un testigo silencioso.
Salió al jardín. El aire fresco le rozó la piel como una caricia helada. Caminó hasta el roble. Su tronco estaba rugoso, lleno de cicatrices. Parecía un anciano que había visto demasiado. Elizabeth se arrodilló frente a una raíz prominente. Desenterró una pequeña caja metálica. La abrió. Dentro había un diario de cuero, un relicario y papeles amarillentos. Colocó la llave en la caja con cuidado. Como si al hacerlo cerrara un ciclo. Susurró: —Esto debe terminar acá…
Pero algo no estaba bien. Lo sintió. Como una presión en el pecho. Un presentimiento viscoso. Antes de que pudiera levantarse, escuchó un ruido detrás. Se giró. Nada. Solo sombras danzando entre los arbustos. Tragó saliva. El pánico empezó a instalarse como una humedad.
Entonces, una figura emergió. Llevaba una pala. Elizabeth apenas tuvo tiempo de abrir la boca. El golpe descendió con violencia. Cayó al suelo. Su cabello dorado se esparció como un halo. La sangre comenzó a teñir el vestido blanco. El atacante —vestido con un traje oscuro y una máscara grotesca de calavera— se inclinó sobre ella. La observó. Luego la levantó en brazos. La noche se lo tragó.
Dentro del hotel, nadie notó la ausencia. La banda seguía tocando. Las risas resonaban como ecos crueles. El viejo roble permanecía ahí. Sus raíces ahora guardaban un secreto que, años más tarde, cambiaría la vida de quienes se atrevieran a desenterrarlo.
La llave, aunque oculta, ya había empezado a tejer su destino. Como un hilo invisible que une el pasado con el futuro. Y como todo hilo, tarde o temprano, alguien lo va a tirar.
Nicolás se despertó sobresaltado, como si lo hubieran arrancado de un sueño a empujones. Respiraba agitado, con el pecho inflado como fuelle y el sudor frío pegándole la frente. Los murmullos en su cabeza eran tenues, casi un zumbido lejano, pero suficientes para erizarle la piel. Se sentó en la cama, se pasó la mano por la cara y miró hacia la ventana.
Lo que vio lo dejó duro.
En el patio, bajo la luz pálida de la luna mendocina, una figura femenina vestida de novia estaba quieta como estatua. No se movía, no hablaba, pero su postura lo llamaba. Como si lo estuviera esperando. Como si supiera que él la estaba mirando.
“¿Ya empezó la fiesta?”, pensó, aturdido. Se calzó las zapatillas sin atárselas y salió de la habitación. Bajó las escaleras de madera con apuro, cada paso resonando como un golpe seco en el silencio del hotel.
El lobby estaba casi a oscuras. Las luces del candelabro titilaban como si dudaran. Y ahí, junto al mostrador, había un pibe que no debería estar ahí. Pelo castaño, ojos intensos, un aro plateado en la oreja. Su presencia contrastaba con la atmósfera vacía del lugar. Demasiado tranquilo para estar solo.