Linaje Maldito: Hotel

Capitulo 6: La fiesta II

30 de octubre de 1981

Hotel Blackthorn – Habitación 197

La habitación 197 del Hotel Blackthorn estaba envuelta en una penumbra espesa, como si la luz misma se negara a entrar. Las cortinas, pesadas y polvorientas, apenas dejaban filtrar el resplandor pálido de la luna mendocina, que proyectaba sombras alargadas y deformes sobre las paredes manchadas de humedad. El aire tenía ese olor rancio de madera vieja, encierro y algo más… algo que no se podía nombrar.

En el centro de la habitación, sobre una cama de hierro oxidado, dormía Andrew Marshall. Veintidós años, estudiante de arqueología, con más curiosidad que sentido común. Había llegado al hotel buscando inspiración para su tesis, atraído por las leyendas locales: desapariciones, susurros nocturnos, habitaciones que nadie quería ocupar. Aunque se decía escéptico, algo en el Blackthorn lo había seducido. Como si el lugar lo hubiera elegido.

Su respiración era pausada, pero su rostro mostraba tensión. Como si algo lo acechara desde adentro. Como si el sueño no fuera refugio, sino trampa.

Un silbido leve surgió del armario. Agudo, prolongado. Apenas audible, pero suficiente para alterar el sueño de Andrew. Frunció el ceño, se removió, y finalmente abrió los ojos con un sobresalto. Se incorporó, parpadeando, mientras sus pupilas se adaptaban a la oscuridad.

El silbido se detuvo.

Silencio absoluto. Solo el crujido ocasional de la madera envejecida. Andrew se sentó en el borde de la cama. Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró hacia el armario.

Era un mueble antiguo, de madera oscura, con tallados que parecían rostros deformes si uno los miraba demasiado. Andrew se levantó, descalzo, y caminó hasta él. Sus pasos eran suaves, amortiguados por la alfombra sucia. El piso crujía como si protestara.

Agarró la manija y abrió la puerta de golpe.

Solo ropa colgada. Y una pequeña caja de madera en el fondo.

Frunció el ceño. Cerró la puerta. Se giró para volver a la cama.

El silbido volvió.

Más fuerte. Más áspero. Como si viniera de una garganta que no era humana.

Andrew se detuvo. El corazón le latía con fuerza. Se giró lentamente.

La puerta del armario se abría sola. Crujido lento. Inquietante.

Y entonces lo vio.

Una sombra oscura emergía del interior. Alta. Deforme. Garras largas. Ojos brillantes como carbones encendidos.

Andrew intentó gritar, pero no tuvo tiempo.

Las garras lo atraparon por los hombros. Se clavaron en su piel. Lo arrastraron hacia el armario con una fuerza brutal. Las puertas se cerraron de golpe.

La habitación quedó en silencio.

La cama deshecha. Las huellas descalzas de Andrew marcaban la alfombra.

Pero él ya no estaba.

Desde el interior del armario, se oyó un último susurro. Grave. Gutural. Con acento de ultratumba.

—Uno más para el hotel…

Y el Blackthorn volvió a su habitual y siniestro silencio.

En el presente

Los tres jóvenes permanecían clavados al suelo. Frente a ellos, el cajón de madera abierto dejaba ver los restos óseos de una mujer. La luna, filtrándose entre las ramas del viejo roble, iluminaba el hallazgo con una luz pálida, casi cómplice. El vestido de novia, desgastado y amarillento, seguía cubriendo los huesos como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí.

Nicolás respiraba entrecortado. Sentía el corazón en la garganta. Miraba los huesos, el vestido, el silencio. Algo en su cuerpo le gritaba que no estaban solos. —No puede ser… —susurró, con la voz quebrada, como si al decirlo lo hiciera real.

Y entonces sucedió.

Una figura comenzó a materializarse junto al cajón. Primero fue una bruma, después una silueta, y finalmente una mujer joven. Vestida de novia. El velo translúcido cubría su rostro pálido, pero sus ojos brillaban con una tristeza que no era de este mundo.

Un escalofrío recorrió sus espaldas al unísono.

La figura extendió una mano hacia el cajón. Sus dedos, casi transparentes, rozaron los huesos con una delicadeza que dolía. —Ayúdenme… —murmuró. La voz era apenas un suspiro, pero cargada de un dolor antiguo, demasiado antiguo.

Y entonces se desvaneció.

Como si nunca hubiera estado ahí.

La niebla se disipó rápido, como si el viento la hubiera barrido. Pero el frío quedó. Un frío que no venía del clima, sino de otra cosa. Algo que se había despertado.

Luciana retrocedió un paso. Apretaba el brazo de Franco con fuerza, como si necesitara anclarse a algo real. —¿Qué… fue eso? —preguntó, con la voz temblorosa.

Franco no respondió enseguida. Seguía mirando el lugar donde había estado la figura, como si todavía la viera. Finalmente habló, con voz grave: —No es solo una leyenda… Esto pasó. Y si pasó una vez, puede volver a pasar.

Esa misma noche, Belén intentaba descansar en su habitación, pero el cuerpo no le respondía. El rostro delataba el agotamiento de los últimos días, aunque en sus ojos había otra cosa: una inquietud honda, imposible de calmar con pastillas o con silencio.



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En el texto hay: misterio, fantasmas, suspenso

Editado: 02.02.2026

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