La oficina estaba en penumbras. Solo la lámpara del escritorio proyectaba un círculo de luz amarilla sobre el cuero gastado del Libro de las Dos Caras. Gabriel lo había encontrado hacía apenas una hora, oculto detrás de una pared falsa en el sótano, envuelto en una tela negra que olía a humedad y encierro.
No había dicho nada a nadie.
Sus dedos recorrían la tapa con lentitud. El cuero parecía tibio. Vivo. El símbolo grabado —una figura dividida en dos mitades, una luminosa y otra oscura— parecía moverse bajo la luz, como si respirara.
Gabriel lo abrió.
Las páginas eran gruesas, rugosas, escritas a mano con tinta negra y roja. Algunas estaban tachadas. Otras, quemadas en los bordes. Pero lo que lo detuvo fue una imagen.
Un dibujo.
Hecho con trazos finos, casi infantiles.
Un joven.
Parecido a Nicolás.
Sostenía un faro en las manos. No un faro común. Era pequeño, como una réplica, pero brillaba. Y detrás de él, una sombra gigantesca se cernía sobre un edificio que Gabriel reconoció al instante: el Hotel
Gabriel se inclinó. El corazón le latía con fuerza. La imagen parecía moverse. Como si el faro pulsara. Como si el dibujo respirara.
—¿Qué carajo es esto...? —susurró.
Pasó la página. Había palabras escritas en un idioma que no reconocía. Pero entre los símbolos, una frase resaltaba en tinta roja:
“El que porta la luz, porta el juicio.”
Gabriel tragó saliva. Algo en su interior se revolvía. El dibujo. La frase. El parecido con Nicolás. Todo parecía encajar, pero no sabía cómo.
Y entonces, la puerta se abrió de golpe.
El dueño del hotel entró sin tocar. Traje gris, mirada cortante. Su presencia llenó la habitación como una tormenta.
—Gabriel —dijo, sin emoción—. Dame el libro.
Gabriel lo cerró de inmediato. Lo sostuvo con fuerza.
—¿Desde cuándo sabés que lo tengo?
El dueño no respondió. Solo extendió la mano.
—No es para vos —dijo—. Y no es para ellos. El libro elige. Y vos no fuiste elegido.
Gabriel dudó. Por primera vez en años, sintió miedo. No por el hombre frente a él. Por lo que había visto. Por lo que el libro le había mostrado.
—¿Quién lo escribió? —preguntó, sin soltarlo.
El dueño sonrió. Pero no respondió.
—¿Qué significa el faro? ¿Quién es el chico?
—Demasiadas preguntas —dijo el dueño, acercándose—. Y muy poco tiempo.
Gabriel entregó el libro. Pero sus ojos no se apartaron del dibujo.
El joven con el faro y en su mente, la frase seguía repitiéndose.
“El que porta la luz, porta el juicio.”
El silencio en la habitación era espeso. No por falta de sonido, sino por todo lo que no se decía. Nicolás estaba sentado en el borde de la cama, los nudillos blancos de tanto apretar el respaldo. Miraba a su madre. Miraba a Fran. Y no sabía a quién temer más.
—¿Me estás diciendo que sos mi hermano? —preguntó, levantándose de golpe. La voz le salió cortada, como si se le hubiera quebrado por dentro.
Fran no se movió. Estaba al otro lado de la habitación, con la espalda recta y los ojos clavados en él. No había agresividad. No había defensa. Solo una tristeza profunda, como si llevara años esperando ese momento.
—Sí —dijo, con voz baja—. Sigo viviendo en tu mente. Vos me diste forma. Pero el hotel... también hizo lo suyo.
Cada palabra era una piedra. Nicolás sentía que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Lo que había creído toda su vida, lo que había sentido sin entender, ahora tenía nombre. Y rostro.
Belén observaba desde la silla. Las manos apretadas sobre las rodillas. El rostro pálido. Pero los ojos firmes. Ella sabía. No todo. Pero algo.
—Entonces... ¿el hotel mantiene a estas personas vivas? ¿Junto con las visiones? —preguntó, sin levantar la voz. Como si temiera que al hacerlo, algo se rompiera.
Fran dio un paso. Luego otro. Cada movimiento era medido. Como si el aire lo resistiera.
—Así es —respondió. Y su voz cambió. Se volvió más grave. Más urgente—. Lo que vamos a hacer ahora... va a ser complicado. Es Halloween. Y eso hace que los espíritus sean más poderosos. Este lugar se va a volver peligroso. Muy peligroso.
Belén se levantó. El miedo le temblaba en las piernas, pero no en la mirada.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó. No era una súplica. Era una decisión.
Fran la miró. Largo. Como si estuviera midiendo su alma.
—Lo mejor sería que te alejes del hotel. Vos no tenés que estar acá. Nosotros sí. Tenemos que quedarnos. Y sobrevivir.
Belén frunció el ceño. Miró a Nicolás. El corazón se le rompía, pero no se iba a quebrar.
—¿Por qué no puede irse Nicolás? —preguntó. La voz le salió firme. Casi desafiante.