Linaje Maldito: Noche de Sangre.

Capitulo 1: Halloween

24 de marzo de 2002

En el pequeño pueblo, un joven de cabello castaño claro y corte corto, vestido con ropa clara y zapatillas negras, se dirigía hacia la casa de los Jazmines, una de las familias más importantes del lugar. Esa noche, él sería el niñero de la familia.

Con una mochila vieja colgada de un hombro, como las que se usaban en la primaria, en la que se leía el nombre “Tomás”, el joven tocó la puerta. Al abrirla, lo recibió un hombre de unos treinta y cinco años, acomodándose el traje, mientras una mujer de aproximadamente treinta y dos se arreglaba frente al espejo.

—Muchas gracias, Tomás, siempre nos salvas las papas —dijo la mujer, mirándolo con gratitud—. En la heladera están las hamburguesas. Marcos —un niño de seis años— está durmiendo; estuvo con fiebre toda la noche pasada.

Agregó anotando algo en un papel y entregándoselo:

—Acá tienes el nombre del restaurante, y el medicamento está en la heladera.

Ambos salieron apresurados, como si tuvieran que irse de inmediato.

Tomás avanzó hacia la sala principal y dejó su mochila sobre un sillón, acomodando algunas cosas por si Marcos aparecía de repente. Sus pasos resonaban por la amplia casa, que mostraba con claridad que era de las pocas familias que habían sobrevivido a la crisis de 2001.

Continuó hacia la cocina y abrió la heladera para servirse un vaso de jugo de manzana, cuando su celular sonó. En la pantalla apareció el nombre “Heber”.

—¿Sí? —contestó Tomás, tomando el llamado.

—Hermano, ¿qué haces? —preguntó la voz al otro lado.

—Estoy en la casa de los Jazmines —respondió mientras se servía otro vaso—. Soy el niñero.

—¿Niñero? ¿Estás seguro? ¡Es 24 de marzo! —susurró Heber, con un tono inquietante.

—¿Y? —preguntó Tomás, arqueando una ceja.

—Hermano, recuerda… hoy alguien va a morir. El asesino de marzo aparecerá —dijo la voz, grave.

—Ah, cierto… —Tomás sonrió, restándole importancia—. Pero para mí sigue siendo más una leyenda o una casualidad.

En ese instante, un ruido proveniente de un pasillo lejano lo hizo girar la cabeza.

—Hermano, creo que se despertó Marcos. Nos vemos —comentó Heber antes de colgar.

Tomás dejó el vaso y se dirigió hacia el pasillo.

—¿Marcos? —preguntó en voz baja.

Avanzó con cuidado, pero lo único que encontró fue un silencio absoluto. Nadie estaba allí. Se giró para dirigirse a la habitación de Marcos y, al abrir la puerta, lo encontró dormido, ajeno a todo.

En ese momento, su celular sonó de nuevo. Esta vez era un número desconocido. Tomás dudó un segundo, luego contestó:

—¿Sí?

Nada.

—¿Hola? —agregó, confundido, pero solo hubo silencio.

Cortó la llamada y regresó a la sala principal. Se sentó en el sillón, tomó el control de la televisión y vio una propaganda de una nueva tira juvenil.

—¿“Rebelde qué”…? —murmuró, cambiando de canal, dejando de fondo los canales de música.

Tomás buscó en su mochila unos libros para leer y, poco a poco, las horas pasaron. De repente, un timbre sonó, sobresaltándolo. Se levantó y se acercó a la ventana.

—¿Hola? —preguntó, con cautela, antes de abrir la puerta. Afuera solo había silencio, la calle vacía y oscura.

En ese instante, su celular volvió a sonar. Tomás lo tomó mientras cerraba la puerta detrás de él.

—¿Sí? —preguntó, firme pero nervioso.

Nada.

—Eres tú de nuevo —dijo, con una mezcla de irritación y temor.

De repente, se escuchó una respiración profunda al otro lado de la línea. Tomás retrocedió, colgó y miró su celular con desesperación. Con manos temblorosas marcó el número de la policía:

—Hola, tengo un problema… un desconocido me está molestando.

—No se preocupe —respondió la voz—. Esta noche será la más vigilada. Si ocurre algo, llame de nuevo inmediatamente.

Tomás decidió ir a darle el remedio a Marcos. Caminó por el pasillo con pasos silenciosos, tratando de no hacer ruido. La casa estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz amarillenta de la lámpara del hall. Cada cuadro, cada mueble, parecía mirarlo, como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración.

Al entrar en la habitación de Marcos, lo vio dormido, acurrucado entre las sábanas como siempre. Por un instante, la calma volvió a él; podía ver el rostro del niño, pálido pero tranquilo, y la rutina pareció normal otra vez. Avanzó con cuidado, apoyando los pies sobre la alfombra para no hacer ruido, levantando la pequeña tapa del jarabe y agarrando la cuchara con delicadeza.

Pero algo no estaba bien. La respiración que antes había escuchado, ligera y constante, se había detenido. Tomás se quedó rígido, un escalofrío recorriéndole la espalda. Algo en el aire le decía que no era solo sueño lo que envolvía al niño. Dio un paso más, y la luz del velador iluminó el rostro de Marcos… o lo que quedaba de él.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 29.03.2026

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