Linaje Maldito: Noche de Sangre.

Capítulo 2: 28 de marzo de 2002

Cuatro días habían pasado desde aquel fatídico 24 de marzo, pero para Tomás, cada minuto aún estaba grabado en su memoria. El pueblo, con sus calles vacías y silenciosas, sus farolas parpadeantes y las casas que parecían sostener secretos, le resultaba ahora insoportable.

Se encontraba alejado, en un pequeño paraje fuera del pueblo, sentado sobre una roca al borde de un río que corría lentamente entre árboles desnudos por el final del verano. El aire fresco le golpeaba la cara, pero no lograba calmar la tensión que se le había quedado pegada al cuerpo. Cada recuerdo de la noche pasada se le venía en oleadas: los pasillos oscuros del edificio abandonado, la respiración profunda al teléfono, el asesino con el hacha… y el cuerpo que él y sus amigos habían tenido que ocultar.

Tomás apoyó la cabeza sobre las rodillas, cerrando los ojos. La adrenalina finalmente cedía, pero en su lugar surgía un vacío pesado, una mezcla de culpa, miedo y confusión. La distancia del pueblo le daba cierta sensación de seguridad, pero también un sentimiento de aislamiento absoluto. No había nadie allí que pudiera entender lo que había pasado.

Respiró hondo y dejó que el murmullo del río se mezclara con los recuerdos, tratando de organizar sus pensamientos. Sabía que no podía quedarse allí para siempre; necesitaba volver, enfrentarse a sus amigos, y, sobre todo, enfrentarse a sí mismo. Pero por ahora, solo podía sentarse, dejar que el mundo siguiera girando y preguntarse cómo seguir adelante después de aquel 24 de marzo que había cambiado todo.

El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranja y violeta, y Tomás supo que el regreso al pueblo sería inevitable. La noche todavía le parecía peligrosa, y la sombra del asesino de marzo, aunque física y legalmente neutralizada, permanecía en su mente, recordándole que algunos horrores no se borran tan fácilmente.

Tomás llega a la casa de sus padres para encontrarse una pequeña caja en la puerta de su casa haciendo que decida agarrarla y abrirla para ver como dentro estaba una tarjeta de cumpleaños.

Tomás abre la tarjeta

-Feliz cumpleaños asesino, todavía no termina Marzo, así que espérate mi regalo-

Tomás guarda apurado la tarjeta para entrar adentro de la casa encontrándose a su madre preparando una torta.

-Feliz cumpleaños-dice la mujer con una sonrisa.

-Gracias, pero no me gusta festejar mi cumpleaños-dice Tomás para agarrar la torta y soplar la vela.

-Tu eres mi niño-comenta la mujer para darle un beso en la mejilla-a si tu tío te mando tu regalo de cumpleaños-agrega para entregarle una carta.

Tomás la abre para ver una invitación.

“Para mi querido sobrino, se que lo que te ha pasado provoco que te alejes de la diversión asi que te invito a mi casa del campo, puedes invitar a tus amigos”

Tomás se quedó un momento en silencio, como si aún estuviera ordenando sus pensamientos, antes de hablar.

—Creo que iré a un viaje de campo —dijo finalmente, volviendo la mirada hacia su madre y esbozando una leve sonrisa, una de esas que parecían tranquilas por fuera, pero que escondían demasiadas cosas por dentro.

Su madre, que estaba apoyada contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, lo observó con curiosidad. Aquella propuesta parecía inesperada, pero también le resultaba agradable verlo intentar retomar una vida normal.

—¿Y por qué no invitas a tus amigos? —sugirió ella con una sonrisa cálida—. Tal vez una noche de adolescentes te haga bien. Aire libre, risas… un poco de distracción.

Tomás asintió lentamente mientras se acomodaba en su silla. No respondió de inmediato; simplemente movió la cabeza afirmativamente, como si la idea todavía estuviera tomando forma en su mente.

—Sí… tal vez lo haga.

Sin agregar mucho más, se levantó y caminó hacia el pasillo. Sus pasos fueron tranquilos, casi mecánicos, hasta que entró en su habitación. Allí, el ambiente era distinto: más silencioso, más íntimo, como si las paredes guardaran secretos que nadie más conocía.

Cerró la puerta detrás de sí y se dirigió directamente hacia su cama. Se agachó, levantó un poco el colchón y sacó una vieja caja de cartón que había estado escondida debajo durante meses. El polvo acumulado en las esquinas revelaba que casi nunca la abría… pero tampoco podía deshacerse de ella.

Tomás la colocó sobre el suelo y levantó la tapa con cuidado.

Dentro había pocas cosas, aunque todas tenían un peso que iba mucho más allá de su tamaño.

Entre ellas, tomó un pequeño trozo de tela oscura: un pedazo desgarrado de lana gruesa. El fragmento del pasamontañas.

Lo sostuvo entre sus dedos durante unos segundos, observándolo como si pudiera contarle algo.

—Creo que voy a necesitar ese descanso… —murmuró en voz baja.

Sabía que estaba mal haber guardado aquello. Era una prueba, un recuerdo de algo que debería haber desaparecido para siempre. Cualquiera en su lugar lo habría tirado, quemado o enterrado lejos de su vida.

Pero Tomás no había podido hacerlo.

Ese pedazo de lana era la única prueba tangible de que todo lo ocurrido en marzo había sido real. Que aquella noche, la sangre, los gritos y la persecución no habían sido simplemente una pesadilla de la que despertaría tarde o temprano.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 07.04.2026

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