La noche cayó con rapidez sobre la casa junto al lago. Las nubes oscuras terminaron de cubrir el cielo y, poco a poco, la tormenta comenzó a desatarse con fuerza. La lluvia golpeaba el techo del quincho con un ritmo constante, mientras el viento sacudía los árboles que rodeaban la propiedad.
De vez en cuando, un relámpago iluminaba todo el terreno durante un segundo, seguido por el retumbar profundo de un trueno que hacía vibrar el aire.
Dentro del quincho, sin embargo, el ambiente era completamente distinto.
La parrilla crepitaba con el fuego que Tomás había encendido horas antes, y el olor a chorizos asándose llenaba el lugar. Sobre una mesa de madera improvisada se acumulaban botellas de cerveza, vasos de plástico y algunos paquetes abiertos de comida.
Un pequeño parlante apoyado cerca de una de las columnas reproducía música, lo suficientemente fuerte como para cubrir el sonido de la lluvia.
Los cinco chicos estaban reunidos alrededor de la mesa, riendo, comiendo y tomando mientras la tormenta seguía creciendo afuera.
—Che… —dijo Claudio después de dar un largo trago a su cerveza—. ¿Alguna vez pensaron qué van a hacer después de todo esto?
Heber lo miró frunciendo el ceño.
—¿Después de qué?
—Después de terminar todo acá… después de volver al pueblo —aclaró Claudio, señalando alrededor con la botella.
El comentario hizo que el grupo se quedara un momento en silencio.
La pregunta parecía simple, pero también demasiado grande.
Uno de los chicos se encogió de hombros.
—Yo me quiero ir a Mendoza capital —dijo finalmente—. No quiero quedarme toda la vida en el mismo lugar.
—Yo igual —agregó otro—. Capaz estudiar algo… o conseguir laburo en otro lado.
Heber apoyó los codos sobre la mesa.
—A mí no me molestaría quedarme un tiempo más —dijo—. Pero sí… tarde o temprano todos terminamos yéndonos.
El fuego chisporroteó dentro de la parrilla mientras una ráfaga de viento golpeaba el quincho.
Tomás, que estaba sentado un poco más apartado del resto, escuchaba la conversación sin decir demasiado. Tenía una botella en la mano, pero apenas había bebido.
Su mirada se perdía de vez en cuando hacia la oscuridad del patio, más allá de la lluvia.
Claudio notó su silencio y lo miró.
—¿Y vos, Tomás? —preguntó—. ¿Qué pensás hacer?
Tomás tardó unos segundos en responder.
Finalmente levantó la vista hacia ellos.
—No lo sé… —dijo en voz baja—. Supongo que… tratar de seguir adelante.
Las botellas chocaron nuevamente mientras los chicos retomaban la charla… sin imaginar que, en algún punto de la oscuridad que rodeaba la casa, alguien más podía estar escuchando.
La música seguía sonando dentro del quincho mientras la lluvia golpeaba con fuerza el techo de chapa. Las risas se mezclaban con el crepitar del fuego de la parrilla y el tintinear de las botellas sobre la mesa.
Lautaro estaba intentando destapar otra botella cuando el vidrio húmedo se le resbaló de la mano.
—¡Cuidado! —alcanzó a decir uno de los chicos.
Pero ya era tarde.
La botella golpeó contra el borde de la mesa y se rompió en parte. Lautaro intentó sostenerla, pero uno de los bordes filosos le cortó la palma de la mano.
—¡La puta madre! —exclamó, soltando el pedazo de vidrio.
Un hilo de sangre comenzó a correr por su mano casi de inmediato.
—Pará, pará… —dijo Heber acercándose—. Mostrá.
Lautaro apretaba los dientes mientras levantaba la mano.
—No es nada… pero arde como la mierda.
Tomás se levantó de su silla en cuanto vio la sangre.
—Esperá —dijo—. Debe haber un botiquín en la casa.
—No hace falta tanto —respondió Lautaro, intentando restarle importancia.
—Sí hace falta —insistió Tomás—. Al menos para limpiarlo.
Tomó una linterna que estaba sobre la mesa y caminó hacia el borde del quincho. Afuera, la lluvia caía con más intensidad y el viento arrastraba pequeñas gotas bajo el techo.
—No tardo —agregó antes de salir.
Cruzó el patio a paso rápido mientras el agua comenzaba a empaparle la campera. La luz de la linterna temblaba ligeramente en su mano mientras avanzaba por el terreno oscuro.
La gran casa se alzaba frente a él, silenciosa y oscura, apenas iluminada por los relámpagos que aparecían de vez en cuando en el cielo.
Tomás subió los escalones de madera del porche y empujó la puerta.
El interior estaba completamente a oscuras.
Entró y cerró detrás de sí, sacudiéndose un poco el agua de los hombros. El silencio dentro de la casa era profundo, casi incómodo después del ruido del quincho.
Editado: 10.05.2026