Lindsey Cooper, la hermana de Lily

El nacimiento

A pesar de las contracciones de parto y del evidente malestar que a ratos se acrecentaba, la señora Evans estaba feliz porque daría a luz a su bebé, o a sus bebés ya que su obstetra le había advertido que, debido al peso y volumen de su vientre, lo más probable es que se tratara de mellizos. La pequeña Petunia de tan solo dos años de edad también estaba entusiasmada, aunque últimamente reclamaba más afecto y de vez en cuando se deshacía en rabietas para llamar la atención de sus padres.

Todo estaba preparado ya. Antes de ir al hospital, pasaron primero por casa de los abuelos maternos para que cuidaran de la pequeña Petunia, pero ella, con la intransigencia e inflexibilidad propias de su corta edad, se aferró con fuerza al cuello de su padre mientras gritaba.

—¡Quiero ir con ustedes, quiero estar con mami!

El señor Evans, aunque estaba nervioso se llenó de paciencia mientras sentía remordimiento al quitarse a la niña de encima para entregársela a su suegra.

—No puedes venir con nosotros, cielo. Mamá tendrá al bebé, o a los bebés. No puedes acompañarnos ahora pero te prometo que más tarde vendré a buscarte a ti y a los abuelos, ¿de acuerdo?

Ella asintió aunque con el rostro bañado en lágrimas y el ceño fruncido, mientras su abuela la tomaba en brazos.

—¿Serás una buena niña? —preguntó su madre desde el auto, tratando de reprimir una mueca de dolor.

Petunia volvió a asentir mientras se frotaba los ojitos, pero cuando el señor Evans se disponía a regresar al auto, la voz infantil de su hija lo hizo detenerse con una pregunta.

—¿Me aman?

—Desde luego que sí, amor —respondió el hombre, devolviéndose para besarla en la frente—, y mamá también.

—Claro que te amamos, corazón —afirmó la madre desde el auto.

—Pero...

—Seguiremos amándote después de que nazcan tus hermanos, no lo dudes —dijo el señor Evans mientras regresaba al auto. Era imperativo llegar al hospital, su esposa lucía muy adolorida.

—Por favor, no olviden llamarme para informarme como va todo. Espero que estés bien, hija —dijo la madre de la señora Evans desde el umbral de su puerta.

—Descuida, mamá, estaré bien.

La pareja se marchó al fin al hospital de Saint Thomas a unas cuadras de esa residencia.

Al señor Evans le permitieron entrar a la sala de partos pero no permaneció allí demasiado tiempo debido a que comenzó a sentirse mareado y descompensado nada más al escuchar las conversaciones del obstetra y sus enfermeras.

—Va a ser un parto un poco difícil —analizó el galeno—. En efecto creo que serán mellizos, pero esperemos que todo salga bien.

En la salita que estaba afuera de la habitación de parto, el señor Evans escuchaba todo el jaleo y de vez en cuando veía salir a una enfermera con expresión nerviosa.

—Todo estará bien, señor Evans, no se preocupe —decía la mujer a las apuradas, más por quitárselo de encima.

Emily Cooper, una enfermera de cincuenta y cinco años de edad que jamás había tenido hijos con su marido debido a que ninguno de los dos podían engendrar, siempre se sentía mal cuando le tocaba atender algún parto. Sabía que debía dejar sus sentimientos de lado y dedicarse a su labor con profesionalismo, pero algo en ella le hacía insoportable presenciar con tranquilidad los alumbramientos. Miraba a las mujeres sufrir pero luego las contemplaba sosteniendo a sus bebés con envidia y eso le causaba dolor... ¿Por qué ella no había podido? ¿Por qué su vientre estaba seco?

Con su marido intentó muchas veces adoptar un hijo, pero eran demasiados los requisitos que les exigían, además de un ingreso económico elevadísimo que difícilmente podían alcanzar, ella como enfermera y él como albañil. Incluso, las trabajadoras sociales esbozaban gestos de desagrado cuando ella revelaba su dirección. Hackney no les parecía el mejor barrio donde un niño pudiera crecer, y últimamente, su edad también se había convertido en un impedimento. Ni siquiera le prestaban atención cuando ella alegaba que su marido estaba esperando un gran contrato que le consiguió un amigo en España, allí trabajaría en la construcción de un gran centro comercial y ambos estaban seguros de que la vida estaba a punto de cambiarles y que recibirían buenos ingresos.

Su esposo ya se había resignado y de hecho hasta parecía contento con el hecho de no poder engendrar, pues a decir verdad, nunca le habían gustado los niños.

—¡Mándalos al caño! —le decía su cuñada con desenfado—, ¿y tú para qué quieres tener hijos? Yo ya estoy feliz de que los míos estén grandes, mientras son pequeños son bastante latosos.

—Pero de seguro estabas feliz cuando los tuviste a los cuatro... Yo en cambio no pude tener ni uno.

—¡Ahh, mujer! Tú que te la pasas en misa como buena santurrona de seguro habrás escuchado que así lo quiso Dios y punto.

Era verdad, Emily Cooper en busca de una esperanza o una solución que le permitiera tener un hijo, se había refugiado en la religión, llegando incluso a convertirse en una beata insoportable que luchaba constantemente con sus preceptos y esos sentimientos negros que de vez en cuando la envolvían...

Si todo fuese tan fácil como tomar a uno de esos bebés que siempre pasaban por sus manos en su labor de asearlos y pesarlos, y perderse para siempre, pero ¿cómo?.... Ella no tenía el valor y además la encontrarían fácilmente ya que en su trabajo sabían donde vivía.

Siempre era lo mismo, se sentía invadida por un ataque de ansiedad que la volvía loca, obligándola a salir de la sala de parto con la excusa de buscar algo que necesitaba. Se refugiaba en una sala contigua, entre toallas blancas estériles, imaginando mil formas de secuestrar a uno de esos bebés, pero inmediatamente se reprochaba a sí misma por tan negros pensamientos.

—¡Dios puede castigarte, Emily! —se decía a sí misma con la respiración entrecortada.

De todos modos ese era su último día en aquel hospital pues había presentado su renuncia en vista del inminente viaje que debía realizar a España junto a su marido, allá fijarían su nueva residencia.



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En el texto hay: enemistad amistad amar en silencio

Editado: 29.03.2026

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