El cuerpo estaba mal colocado.
Eso fue lo primero que notó el inspector Vega.
No era una impresión. Era una certeza incómoda, casi física. Algo en la posición del cadáver rompía la lógica natural de la muerte. La cabeza girada hacia la derecha, el brazo izquierdo extendido en un ángulo extraño, como si alguien hubiera intentado acomodarlo… o corregir un error.
—No murió así —murmuró.
La habitación olía a metal y encierro. Sangre seca. Ventana cerrada. Sin signos de lucha evidentes, salvo por una silla volcada junto a la mesa.
La víctima: Tomás Ibarra, 42 años. Sin antecedentes. Sin enemigos declarados. Un hombre “correcto”, según los primeros informes. Ese tipo de persona que rara vez termina muerta en su propio departamento.
Y sin embargo, ahí estaba.
—Hora estimada de muerte —preguntó Vega sin apartar la vista.
—Entre las 22:30 y las 23:15 —respondió la forense—. Herida punzante. Precisa. Una sola.
Eso también era raro.
Los asesinatos por impulso son desordenados. Caóticos. Repetitivos. Este no. Este había sido limpio. Demasiado limpio.
Vega se agachó junto al cuerpo.
Y entonces la vio.
Una línea.
Fina. Apenas visible. Dibujada con algo oscuro, casi imperceptible sobre la piel del cuello de la víctima. No era un corte. No era sangre. Era… deliberado.
—¿Eso estaba cuando llegaron? —preguntó.
La forense se inclinó.
—No lo había notado.
Vega no respondió. Se quedó observando esa línea como si fuera un mensaje.
Porque lo era.
Tres horas antes
Tomás no esperaba visitas.
El sonido del timbre lo irritó. Miró el reloj: 22:07.
Tarde.
Dudó unos segundos antes de acercarse a la puerta. No preguntó quién era. Error número uno.
Abrió.
Y todo terminó en menos de treinta segundos.
No hubo gritos. No hubo pelea prolongada. Solo una conversación breve. Tensa. Cargada de algo que ya existía antes de ese momento.
—No deberías haber venido —dijo Tomás.
—No debería haber pasado —respondió la otra voz.
Silencio.
Un paso hacia atrás.
Un objeto que brilla apenas.
Y después… la decisión.
Escena del crimen
—Tenemos cuatro personas —dijo el oficial Ramírez, entrando con una carpeta—. Todos estuvieron en contacto con la víctima en las últimas 24 horas.
Vega no levantó la vista.
—Decime.
—Una expareja. Un socio. Un vecino… y una mujer que todavía no identificamos bien. No figura en registros claros, pero hay llamadas.
Ahora sí, Vega lo miró.
—Perfecto.
Cuatro versiones.
Cuatro posibles mentiras.
Y una sola verdad.
Vega volvió a observar la línea en el cuello del muerto.
—El que hizo esto… quiso dejar algo claro.
—¿Un mensaje?
—No —dijo Vega, poniéndose de pie—. Una culpa.
Hizo una pausa.
—Y alguien está mintiendo sobre ella.