Línea De Culpa

Capítulo 2 — Versiones

La sala de interrogatorios no estaba hecha para la verdad.
Estaba hecha para el desgaste.
Luz blanca. Mesa de metal. Dos sillas enfrentadas. Un silencio que obligaba a llenar los espacios con palabras… o con errores.

El inspector Vega revisó la carpeta una vez más antes de levantar la vista.
Cuatro nombres.
Cuatro posibles culpables.
O peor aún: cuatro piezas de algo más complejo.
—Empezamos —dijo.

1. Clara Ríos — La expareja
Entró sin mirar a nadie. Brazos cruzados. Mandíbula tensa.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Tomás? —preguntó Vega.
—Hace semanas —respondió, demasiado rápido—. Ya no hablábamos.
Vega no anotó nada.
—¿Segura?
Clara dudó. Apenas un segundo.
—Sí.
Mentira.
El informe telefónico decía otra cosa: tres llamadas la noche anterior. Una de ellas, a las 21:52.
—¿Cómo era su relación?
—Terminamos mal. Pero no lo odiaba.
Eso sonaba más creíble.
—¿Dónde estabas anoche?
—En mi casa. Sola.
Vega asintió, como si aceptara la respuesta.
Pero no lo hacía.
Porque nadie que llama tres veces a alguien “con quien no habla” está realmente en paz.

2. Martín Salas — El socio
A diferencia de Clara, Martín sonreía.
Demasiado.
—Esto es un error, inspector —dijo apenas se sentó—. Yo no tengo nada que ver.
—Todavía no dije que lo tenga —respondió Vega.
El silencio lo incomodó.
—¿Cuándo viste a Tomás por última vez?
—Ayer a la tarde. En la oficina. Todo normal.
—¿Discutieron?
—No.
Mentira.
Un empleado había declarado lo contrario: voces elevadas, una discusión fuerte, una puerta cerrada de golpe.
—¿De qué era la empresa?
—Consultoría financiera.
—¿Y cómo iba?
Martín dudó.
—Bien.
Otra mentira.
Las cuentas estaban en rojo.
—¿Dónde estabas anoche?
—En un bar con amigos.
—¿Nombres?
Martín parpadeó.
—No creo que sea necesario.
Para Vega, eso era suficiente.

3. Diego Ferreyra — El vecino
Nervioso. Manos inquietas. Mirada que evitaba todo contacto directo.
—Yo no vi nada —dijo antes de sentarse.
Vega no preguntó nada durante unos segundos.
Dejó que el silencio hiciera lo suyo.
—¿Seguro? —preguntó finalmente.
—Bueno… escuché algo.
Cambio de versión en menos de diez segundos.
—¿Qué escuchaste?
—Voces. Como una discusión.
—¿A qué hora?
—No sé… diez… diez y media.
La franja coincidía.
—¿Reconociste alguna voz?
Diego tragó saliva.
—No.
Mentira.
Había tardado demasiado en responder.
—¿Saliste al pasillo?
—No.
Otra vez, demasiado rápido.
Pero la cámara del edificio lo mostraba afuera de su departamento a las 22:11.
Mirando hacia la puerta de Tomás.
Esperando algo.
O a alguien.

4. Lucía — La incógnita
No había apellido claro.
No había dirección confiable.
Solo un nombre… y llamadas.
Entró última.
Tranquila.
Eso fue lo que más le molestó a Vega.

—¿Relación con la víctima? —preguntó.
—Nos conocíamos.
Ambiguo.
—¿Cómo?
—Casual.
Mentira.
Nadie llama cinco veces en un día a alguien “casual”.
—¿Lo viste anoche?
Lucía lo miró directo.
—Sí.
Primera en decir la verdad.

Vega se inclinó levemente hacia adelante.
—Contame.
—Fui a su departamento. Hablamos.
—¿De qué?
Lucía sonrió apenas.
—De algo que ya no importa.
—Todo importa.
Silencio.
—Cuando me fui… él estaba vivo.
Verdad.
Probablemente.
—¿A qué hora te fuiste?
—Antes de las diez.
Mentira.
La última llamada registrada fue a las 22:18.
Y duró apenas siete segundos.

Cierre
Vega cerró la carpeta.

Cuatro personas.
Cuatro historias incompletas.

Clara mentía sobre el contacto.
Martín sobre el conflicto.
Diego sobre lo que vio.
Lucía… sobre el tiempo.
Pero había algo peor que las mentiras.
Ninguna coincidía con la escena.
Vega volvió a la imagen del cuerpo en su mente.
La línea en el cuello.
Precisa. Intencional.

—No están mintiendo para ocultar el crimen —dijo en voz baja.
Ramírez lo miró.
—¿Entonces?
Vega levantó la vista.
—Están mintiendo para ocultar lo que pasó antes.
Y eso…
Era mucho más peligroso.




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