Lineage Chronicles : Salem Cult

capitulo 1 : despertar

Era una mañana fría en Salem, Massachusetts. Las hojas que el otoño había dejado atrás viajaban en el viento hasta pegarse contra el vidrio de una ventana de estilo europeo. Desde adentro, una mano la empujó hacia afuera y una cabeza de cabellos negros se asomó al exterior.

El aire le golpeó la cara de inmediato, limpio y helado.

—Está muy fresco el día —murmuró Sabrina, y volvió a cerrar antes de que el frío terminara de convencerla de quedarse en cama.

El comedor la recibió con la calidez silenciosa de las casas que llevan décadas siendo habitadas por la misma persona. Olía a madera vieja y a algo dulce que no supo identificar.

—Qué bueno que la abuela me pudo hospedar —pensó, estirándose mientras se disponía a ir a la cocina a verla.

Pero la cocina estaba vacía.

—¿Abuela?

La palabra quedó suspendida en el aire sin que nadie la recogiera. Sabrina frunció el ceño y miró hacia el pasillo.

—Ya pasaron dos días desde que se fue a Boston. No debería tardar tanto.

Sacó el celular y marcó. El tono sonó una vez, dos, tres. La voz grabada cortó la espera:

Número no disponible.

Bajó el teléfono y lo miró como si pudiera darle una explicación.

—No, no puede ser.

Volvió a intentarlo dos veces más. El resultado fue el mismo.

—Bueno, tranquilízate, Sabrina. Puede ser que no tenga recepción. Mejor busquemos algo que haya dejado sobre el viaje.

La habitación de su abuela era el último lugar al que hubiera ido en circunstancias normales, pero empujó la puerta igual. La decoración la detuvo en el umbral: runas grabadas en las paredes, amuletos colgando del techo, objetos que no supo nombrar acomodados sobre cada superficie.

—Sabía que le gustaban estas cosas de la magia, como a todo el pueblo —murmuró, recorriendo la habitación con la mirada—, pero ya creo que es mucho.

Fue hasta la mesita de noche y encontró una libreta de tapas gastadas. La abrió con cuidado.

—Acá debe ser donde anota cosas importantes. Tiene números de gente del pueblo, del carnicero, del florista... —Se detuvo en una página—. Acá está el número de la estación de trenes. Voy a llamar para ver si consigo una boleta de regreso.

Marcó y esperó.

Hola, está llamando al centro automatizado de la estación de Massachusetts. ¿Desea comprar o consultar sobre su viaje?

—Quiero consultar sobre mi viaje.

Diga su nombre y apellido y se buscará en la base de datos.

Sabrina tosió, se acomodó y bajó la voz un tono.

—Mi nombre es Meredith Croft.

El sistema la puso en espera. Ella soltó el aire lentamente.

—No fue mi mejor imitación, pero salió bien.

El sistema no registra ningún viaje de Meredith Croft.

Sabrina abrió la boca. La cerró.

—¿Qué?

Confirme en el sistema si desea comprar un pasaje.

—No, gracias —cortó la llamada sin emoción.

Se dejó caer en la primera silla del comedor que encontró, con la cabeza llena de ruido. Se quedó mirando la mesa un momento antes de hablar.

—La abuela me mintió. Me dijo que había comprado un boleto de tren hacia Boston.

El silencio de la casa no ofreció ninguna explicación. Sabrina juntó las manos sobre la mesa y cerró los ojos.

¿Dónde estarás, abuela?

Fue entonces cuando lo escuchó: un ruido pequeño viniendo de la pared, como algo que cede. Abrió los ojos. El papel tapiz se había separado unos centímetros, dejando ver el filo oscuro de una puerta que no debería existir ahí.

Se levantó despacio y se acercó. Debajo del tapiz había madera. El borde inconfundible de una puerta. La examinó por los lados buscando algún mecanismo.

—Tendrá algún sistema oculto —dijo, pasando los dedos por el marco.

La empujó y cedió sin resistencia. Al otro lado había un pasillo corto que terminaba en una habitación que no figuraba en ningún plano de esa casa. Una lamparita amarilla se encendió sola al fondo.

Sabrina entró.

Había frascos con líquidos de colores que no supo nombrar, objetos de metal con formas que no reconoció y símbolos grabados en la madera, más densos que los de la habitación de su abuela, como si esto fuera la versión seria de lo que allá era decoración.

La abuela y sus cosas, pensó. Aunque esta vez no le salió tan liviano.

Sobre una mesa encontró un libro con una fotografía encima y, a un costado, un teléfono fijo y una grabadora antigua que Sabrina no había visto fuera de alguna serie de los noventa.

Agarró la foto. Mostraba el cartel de las afueras de Salem: un hombre joven con una escopeta apoyada en el hombro y una mujer a su lado. Al principio no reconoció a ninguno de los dos, hasta que vio el collar.

—Es el collar de mi abuela —murmuró, acercando la foto—. Entonces esta será ella en su juventud. ¿Pero quién será el hombre?

La grabadora emitió un sonido breve desde la mesa. Sabrina la miró.

—¿Esto seguiría funcionando? Solo en las series de los noventa los vi.

Tocó el botón. La pantalla parpadeó.

¿Quiere escuchar de nuevo el último mensaje de voz? Apriete de nuevo el botón para sí.

—¿De nuevo? —Una idea se formó sola. Apretó el botón.

La grabadora rebobinó y, después, una voz de hombre llenó la habitación.

"Hola, Meredith, soy Abraham. Sé que han pasado décadas desde que dejamos de tener contacto después de lo que pasó en Salem, pero vi las noticias de lo que está pasando. Parece que el mal decidió volver al pueblo. Por favor, llámame en cuanto lo escuches. Tenemos que hablarlo."

Sabrina se quedó quieta cuando el mensaje terminó.

—¿El mal? —murmuró—. ¿De qué estará hablando este hombre?

Tomó el teléfono fijo y buscó la última llamada. Marcó antes de que los nervios la convencieran de no hacerlo.

Tres tonos.

—Hola, ¿quién llama?

—Hola, ¿usted es Abraham?

—No, soy su nieto. Chase. ¿Quién es usted?

No era la voz del mensaje. Sabrina respiró hondo.

—Soy Sabrina Croft. Al parecer, su abuelo es amigo de mi abuela. ¿Me podría pasar con él? Necesito hablar sobre mi abuela.




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