La casa olía a café viejo y a tabaco de hace años. Había libros apilados donde no había sillas, y sillas donde no había espacio. Frank se sentó sin ofrecerles lugar. Los tres encontraron donde acomodarse como pudieron.
Frank los analizó un momento antes de hablar.
—Nunca pensé que el pasado volvería a tocar la puerta —comentó con voz rasposa—, y menos en forma de adolescentes. Supongo que estarán acá por los asesinatos de las noticias.
—Exacto —confirmó Chase—, pero primero quisiéramos saber por qué un periodista retirado conocía a nuestros abuelos personalmente.
—No me retiré —lo atajó Frank—. Lo dejé.
Hizo una pausa corta, como quien ordena mentalmente por dónde empezar.
—En el 74 la policía veía un asesino serial. Yo no. Las marcas en los cuerpos no encajaban con ningún patrón humano que hubiera visto, así que las investigué por mi cuenta. De todas las referencias que encontré, las que más se acercaban eran rituales de brujería.
—¿Y cómo llegó a mi abuelo? —quiso saber Chase.
—Seguí una pista de un ataque en las afueras. Él ya estaba ahí cuando llegué. Me pareció sospechoso, así que lo seguí —Frank cruzó los brazos—. El problema es que no era el único que lo rastreaba.
—¿Qué lo seguía? —preguntó Jake.
—Un vampiro.
Jake abrió la boca. La cerró enseguida.
—Abraham lo vio antes que yo —continuó Frank—. Me salvó. Y la mujer que estaba con él lanzó un hechizo que lo mató. Ahí supe que estaba completamente fuera de mi profundidad.
Sabrina apretaba la foto en su mano sin darse cuenta.
—¿La mujer era mi abuela? —murmuró.
Frank la miró fijo.
—Sí.
Hubo un silencio breve. Frank retomó el hilo.
—Ellos me explicaron lo de las marcas. Las muertes con símbolos no eran al azar. Los cadáveres con iconografía brujeril eran víctimas de posesión. Un grupo de brujas había aprendido a controlar seres sobrenaturales; las criaturas hacían el trabajo sucio y ellas dirigían desde atrás. El enfrentamiento final lo ganaron tus abuelos.
—Después del último periódico, yo también le puse un final a mi carrera —añadió tras un suspiro—. Pasar por eso y ser rescatado por tu abuelo cambió mi forma de ver las cosas. Me jubilé de policía hace tres años, después de ayudar a mi comunidad.
Chase intercambió una mirada con Jake. Después volvió a Frank.
—Entonces los casos actuales podrían estar conectados.
Frank asintió apenas.
—Conectados por los símbolos. El motivo, lo desconozco.
El Archivo de Salem
Chase rompió el trance.
—¿Tiene los archivos de esa época? —preguntó con urgencia—. Fotos de las escenas, los símbolos...
Frank los estudió con la mirada durante un instante denso. Sin mediar palabra, se puso de pie y desapareció por el pasillo. Regresó poco después con una caja de cartón que aterrizó sobre la mesa con el ruido sordo de lo que lleva décadas sin moverse. —Todo lo que guardé está acá —sentenció.
Sabrina ya sostenía el teléfono con las capturas de las noticias actuales. Las dispuso sobre la mesa junto a las polaroids que Frank iba extrayendo de la caja, despacio, una por una. Los cuatro observaron en silencio. Los símbolos del 74 eran angulares y densos, con líneas que se cruzaban en puntos precisos; los actuales, en cambio, se veían más curvos, casi fluidos. Era el mismo idioma, pero escrito con una caligrafía distinta.
—Son parecidos —señaló Sabrina—, pero no iguales.
—Mismo origen, distinta forma —añadió Chase.
—¿Y eso qué significa? —intervino Jake desde su rincón, sin molestarse en acercarse.
—Significa que aún no sabemos lo suficiente para entenderlo —admitió Chase.
Jake asintió con esa parsimonia de quien ya esperaba esa respuesta.
—Entonces necesitamos a alguien que sí sepa.
Chase ya estaba desbloqueando el celular. —Tengo al hombre indicado —aseguró mientras buscaba el contacto—. Ian MacAllister. Coleccionista y experto en rarezas sobrenaturales.
—¿Lo vas a llamar a él? —quiso saber Jake.
—Sí —confirmó Chase con una sonrisa burlona.
Inició la videollamada y esperó. Sabrina buscó la mirada de Jake. —¿De quién hablan, chicos? —curioseó. —Un coleccionista irlandés que podría ser Chase dentro de unos años —respondió Jake.
La conexión se estableció. Ian MacAllister apareció en pantalla con su impecable saco oscuro, sentado frente a una ventana que mostraba un cielo gris y árboles agitados por el viento. Era evidente que no estaba en San Francisco.
—Jóvenes —saludó—. Qué grata sorpresa. Aunque, por el gesto de Chase, asumo que esto no es una cortesía social.
—Hola, Ian. ¿Desde dónde nos llamás? —preguntó Chase.
—Desde Irlanda. Vine a visitar a mis parientes —explicó él antes de fijar la vista en el costado de la pantalla—. Dígame, ¿quién es la joven? No la tenía en mis registros. —Sabrina —presentó Chase—. Se unió al equipo.
—Ah... —Ian hizo una pausa cargada de un humor sutil—. ¿Tan rápido reemplazaron a Casey?.
—¿Cómo conocés a Casey? —soltó Chase, desconcertado.
—Chase, lo importante son los símbolos —cortó Jake de inmediato, con una seriedad inusual.
Chase lo observó un segundo y, aunque seguía extrañado, aceptó el cambio de tema con un asentimiento. —Aparecieron cuerpos en Salem con marcas brujeriles. Se parecen a los crímenes que resolvió mi abuelo acá en los 70, pero la forma es distinta. ¿Podés decirnos qué significan las actuales?.
—¿Podría acercar las imágenes? —pidió Ian. Sabrina sostuvo el teléfono frente a las fotos antiguas. Ian las estudió en silencio durante casi medio minuto. —Las conozco —reveló finalmente—. Son dos símbolos con funciones muy distintas. El primero es de posesión. El segundo... es de sacrificio.
Desde algún punto fuera del encuadre llegaron voces y las notas de una canción de cumpleaños. Ian miró sobre su hombro.