En la casa de Frank, el ambiente se había vuelto insostenible. Si la teoría era cierta, ya no estaban lidiando con simples asesinatos.
La luz fría de la mañana de Salem apenas entraba por las ventanas cuando los chicos abrieron la puerta de la casa de Frank. El silencio del lugar fue un alivio inmediato tras la locura del bosque.
Chase, con el cansancio pesándole en el cuerpo como si no hubiera dormido en días, ni lo dudó: caminó arrastrando los pies y se tiró de lleno en el sofá. Frank, sin decir palabra, se dirigió directo hacia la cocina buscando algo fuerte para tomar, mientras Sabrina, que se venía aguantando las ganas desde hacía rato, pasó de largo y se encerró en el baño.
En el sillón, Chase se pasó las manos por la cara, refregándose los ojos con tanta fuerza que los anteojos le quedaron torcidos.
—Vamos a tener que ponernos a buscar qué carajo es exactamente un aquelarre —murmuró Chase, soltando un suspiro pesado que resonó en el living—. Seguro significa otra visita a la biblioteca
Jake, que se había quedado apoyado contra la pared del pasillo con los brazos cruzados y esa típica expresión de que nada le importaba demasiado, soltó una risa nasal.
—No hace falta que te disfraces de ratón de biblioteca, Chase. Ya tenemos la info a mano.
Chase levantó la vista de golpe, frunciendo el ceño y acomodándose los lentes.
—¿De qué hablás? Los libros de Dwight ya no los tenemos.
—Esos meses que estuve solo con Casey... no solo la pasamos entrenando —explicó Jake, con una media sonrisa sobradora—. La loca se portó de manera increíble. Digitalizó absolutamente todos los libros que vos le diste. Los escaneó uno por uno y los subió a un servidor seguro. Revisa tu compu, el enlace ya te lo mandé.
Chase se quedó mudo un segundo, procesando el milagro.
—Dios... a esa chica deberían darle un Nobel del cazador si existiera.
Sin decir nada más, abrió su notebook con rapidez. El brillo de la pantalla iluminó su rostro cansado mientras abría el correo, clickeaba el enlace e ingresaba la contraseña del servidor. Un directorio entero de archivos apareció frente a sus ojos.
—A ver... —Chase tecleó la palabra "Aquelarre" en la barra de búsqueda. El sistema cargó por un segundo antes de arrojar el primer resultado—. Acá hay algo. El primer texto viene de un libro titulado Enciclopedia de la magia.
Jake se despegó de la pared y giró la cabeza hacia el pasillo.
—¡Frank, Sabrina, vengan para acá! —les gritó, elevando la voz—. Ya tenemos más pistas
Luego caminó hasta pararse por detrás de la silla de Chase, intrigado.
—¿Y qué dice? ¿Tiene dibujitos?
Chase entrecerró los ojos hacia la pantalla, pero lo que leyó le heló la sangre.
—Mierda... Jake, mirá el autor —dijo, con la voz un tono más baja—. Escrito por Nathaniel Van Helsing. Año 1690... Salem, Massachusetts.
Jake abrió los ojos, asombrado, apoyando una mano en el respaldo del sofá.
—¿Otro pariente tuyo era de Salem? Ahora sí que jugamos de locales.
—Es un compendio que habla de todo sobre la brujería —continuó Chase, haciendo scroll rápidamente por las páginas escaneadas con tinta antigua, justo cuando Frank y Sabrina aparecían en el living para ver qué pasaba.
—Acá está —anunció Chase, aclarándose la garganta antes de leer en voz alta—. "En mi búsqueda he rastreado los orígenes de los aquelarres no solo como un grupo de individuos donde la unión no es meramente de supervivencia, sino donde comparten conocimiento y poder que data desde por lo menos principios de la civilización."
Chase tragó saliva, sintiendo el peso de la situación caer de golpe sobre sus hombros. Jake asimiló la información, apretando la mandíbula.
—Es un grupo, Chase —sentenció Jake, con la mirada endurecida—. Una congregación entera. Si esa mujer del bosque quería iniciarse, significa que no estamos lidiando con una sola loca... hay varias de ellas operando juntas acá mismo.
Frank se pasó una mano por la cara, asimilando la información. —Entonces, en resumen, la amenaza es la misma que la del 74. —Ya descubrimos qué es, pero necesitamos saber cómo derrotarlas. —Chase se acomodó los lentes—. Frank, ¿no te acuerdas cómo fue la pelea de mi abuelo? —Lo siento, chico. Tu abuelo no me dejó participar. Yo llegué al lugar de la pelea minutos después de que terminó. —Mi antepasado será lo único que podremos usar como pista para tener ventaja, entonces.
El timbre de un celular cortó el silencio del living. Frank sacó su teléfono viejo y miró la pantalla. —Denme un momento. Se alejó unos pasos hacia el pasillo y atendió en voz baja. —Joe, ¿qué quieres? Ahora tengo algo importante. —Me pagas por ver si hay un movimiento sospechoso —se justificó la voz nerviosa al otro lado—. Bueno, te tengo uno: cerca del bosque hay una casa abandonada. Yo vine a enterrar unas cosas y vi a una persona encapuchada muy sospechosa, vigilando sus espaldas, que entró a ese lugar sucio y abandonado. Y cuando terminé de enterrar mis cosas, vi salir de ahí a dos personas. Frank sonrió de costado. —Excelente, Joe. Nos vemos ahí.
Cortó la llamada y se reincorporó al grupo, guardando el aparato en su abrigo. —Chicos, tengo buenas noticias: un antiguo informante me habló de que vio a varias personas juntándose en una casa vieja abandonada. En el 74, justo antes de los peores ataques, yo vi exactamente lo mismo: un grupo de encapuchados reuniéndose a escondidas. El pasado parece volver a repetirse. Sabrina abrió los ojos, sorprendida. —Eso significa… —Sí, puede ser ese aquelarre. Le dije que iría, así que ustedes quédense acá, que yo ya vuelvo. —Pero Frank, no puedes ir solo. Serías tú contra varias brujas.
Jake, que había estado apoyado en la pared, se hizo sonar los nudillos y se metió en la conversación. —No te preocupes, yo lo acompaño. Es mejor separarnos y así cubrimos más terreno.
Minutos después, el Dodge Charger avanzaba por las tranquilas calles de Salem. Jake iba al volante, con la vista fija en el camino, mientras Frank miraba por la ventanilla del acompañante. —Volver a la acción después de tantas décadas... —Frank soltó un suspiro—. Es extraño. Pensé que mis días de perseguir gente con un arma habían quedado atrás con mi jubilación. Jake lo miró de reojo por un segundo. —¿Qué arma utilizabas en esos días, Frank? —Una 9 milímetros, como la que tienes ahí. —Señaló con la barbilla el arma que apenas asomaba en el interior de la chaqueta del chico—. Pero para esta noche... traje esta belleza. El viejo policía metió la mano en su abrigo y sacó un revólver de cañón largo, de puro acero oscuro. Lo apoyó un segundo sobre el tablero. Jake abrió los ojos, genuinamente sorprendido. —¿Una Colt? Es un arma clásica. —Ah, ¿sabes de armas? Pensaba que a los de tu generación ya no les importaban. —Aprendí de ellas cuando era chico.