Era de día, y la casa de Frank estaba inusualmente tranquila. Sin alarmas, sin huidas, solo la cálida luz del sol iluminando la sala de estar. Sabrina estaba acomodada en el sillón leyendo en la notebook los manuscritos de Nathaniel, con el ceño ligeramente fruncido por la concentración, hasta que olió el aroma del café y, al levantar la mirada, era Chase quien le trajo uno.
—Nunca hay que investigar sin café.
—Gracias —dijo ella sin levantar la vista.
—Parece que estás muy metida.
—Sí, me leí varias aventuras de tu antepasado, pero aún no encuentro nada sobre debilidades específicas. Capaz tendrán que usar sus pistolas y listo.
—No creo que una mujer que puede manejar magia sea lo mismo que un hombre lobo.
Sabrina iba a responder, pero se quedó callada mirando el café. La sola mención del hombre lobo le trajo de golpe la imagen de la mujer cayendo destrozada a tiros en el bosque.
Chase notó cómo le cambió la cara.
—¿Pasa algo?
—No, es solo que... —Sabrina suspiró y se levantó para apoyarse en la mesa—. Todavía me da vueltas lo de la otra noche. Ver cómo se convirtió en hombre lobo esa mujer y su muerte.
Chase la escuchó en silencio, sin interrumpirla.
—Intenté parecer normal —siguió ella—, porque vi que ustedes estaban re tranquilos y era algo normal para ustedes. No quería parecer frágil.
—Sabrina. —Chase se puso más serio—. Yo, aunque no lo parezca, también sufrí la primera vez que vi morir a alguien, y encima era alguien que quería. Jake fue quien me sostuvo para poder seguir haciendo lo que hacemos. Ahora somos un equipo; es vital apoyarnos para no caer.
Le devolvió una media sonrisa y se separó de la mesa.
—Bueno, voy a ir al supermercado —dijo, agarrando las llaves del auto—. La heladera de Frank da pena y, si Jake vuelve con hambre, se va a poner insoportable.
La puerta se cerró y el silencio volvió a reinar en la casa, solo interrumpido por el zumbido del ventilador de la notebook.
Sabrina suspiró. Tiene que haber algo más que crónicas de viajes, pensó. Abrió el buscador del documento y tipeó: DEBILIDAD.
El cursor parpadeó un segundo. "0 resultados en Manual de Bestias".
Frustrada, probó en la carpeta de Notas Personales. Un solo resultado apareció resaltado en amarillo: Entrada 42: Mi encuentro con el metal.
Sabrina hizo clic. La caligrafía escaneada era mucho más errática aquí. Leyó las primeras líneas en voz alta, para romper el silencio de la sala:
"El bosque de Salem es un cementerio de hombres valientes. Estoy a pocos metros de una bruja; era el momento de usar el arma."
De repente, el brillo de la pantalla empezó a molestarle. El blanco del monitor se transformó en una niebla espesa y fría. El olor a café desapareció, reemplazado por el aroma a pino húmedo y pólvora quemada.
Salem, 1690.
El taller olía a metal quemado y a puro fracaso. Nathaniel tiró lo que quedaba de su espada de plata sobre la mesa de madera, haciendo que los restos tintinearan con un sonido seco. El arma, que se suponía era el orgullo de los Van Helsing, estaba doblada como si fuera de cartón.
—Maldita sea... —Gruñó, pasándose una mano por la cara llena de hollín. Tenía los dedos vendados y le ardían por las quemaduras que esa bruja le había dejado la noche anterior.
La caza de sus enemigos se le estaba dificultando. Debido a la inteligencia de las brujas para burlar trampas y resistir armas, las enseñanzas de su familia se le habían quedado cortas.
Si sigo así, no voy a durar ni una semana más, pensó con amargura.
Se levantó de un salto y empezó a revolver los baúles que trajo de Europa. Tiró al suelo libros sobre vampiros y demonios; nada de eso le servía. Revolvió hasta que al fondo encontró un diario viejo, forrado en una piel oscura que parecía repeler el polvo.
Lo abrió y encontró un nombre familiar: Jebediah Van Helsing, 1610.
Nathaniel pasó las páginas con cuidado, ignorando los dibujos de demonios y espectros, hasta que una entrada breve, escrita casi al final del tomo, detuvo su búsqueda.
"Esa noche, el cielo se partió en dos y una bola de fuego rasgó la oscuridad para hundirse en la tierra, no muy lejos de los límites de Salem. Cuando alcancé el lugar del impacto, encontré algo que no era de este mundo: un cúmulo de metal ardiente que brillaba con una luz blanca, casi divina. Tras forjar un poco y probarlo en el campo, entendí que Dios nos había enviado un regalo. Aquel hierro de las estrellas logró lastimar a todo aquel monstruo que osó enfrentarme. Un arma final contra todas estas bestias salidas del averno; por ello lo llevaré conmigo hasta el día que muera."
Nathaniel cerró el diario lentamente. El silencio del taller ya no se sentía opresivo, sino expectante. Si Jebediah decía la verdad, las armas que cargaba eran simples juguetes comparadas con lo que describía.
—Un regalo de Dios —susurró—. Ojalá que todavía me quede algo de tiempo para reclamarlo.
En cuanto el sol se escondió, salió a la búsqueda. Cruzó el pueblo entero hasta llegar al cementerio de Salem.
—Espero que sea el lugar al que Jebediah insinuó en su libro —murmuró, apuntando con la linterna hacia las primeras lápidas.
Tardó más de lo que esperaba. Las tumbas se parecían más de lo que el nieto del sepulturero le había hecho creer, y la linterna no ayudaba demasiado.
Sacó los papeles y los releyó. Jebediah era ostentoso; su lápida sería grande, pero en Salem varias lo eran. Lo que lo distinguía era otra cosa: en el libro, junto al texto del metal, había un dibujo. Una señal que le había enseñado su padre, que usaban los hombres de su familia. Significaba que se llevaban algo con ellos hasta el más allá.
La buscó por horas hasta que la encontró.
Empezó a cavar. La tierra de octubre era dura y fría, y a cada palada el silencio del cementerio se volvía más denso. No había viento. Solo el sonido sordo de la pala y su propia respiración.