El frío de la mañana se colaba por las ventanas de la casa de Frank cuando Sabrina abrió su mochila. Contó lo que le quedaba: dos mudas de ropa limpia; el resto había quedado inservible tras la locura en el bosque. Se duchó, se vistió y bajó a la cocina, donde Frank apuraba su café de siempre mientras Jake parecía seguir medio dormido sobre su taza.
—Voy a la casa de mi abuela a buscar ropa —dijo Sabrina, ajustándose la campera—. Necesito un tiempo ahí, así que no se preocupen por acompañarme.
Frank asintió en silencio. Jake levantó una mano floja en señal de que entendía, sin despegar los ojos del desayuno. Chase la miró un segundo más de lo necesario, con una fijeza que delataba su preocupación, pero tampoco dijo nada.
Sabrina caminó las tres cuadras de distancia con las manos hundidas en los bolsillos. El barrio se conservaba tranquilo, idéntico a sí mismo, pero la casa de Meredith se sentía completamente diferente desde su desaparición. No era un cambio visible —la pintura gualda seguía ahí, el jardín mantenía su orden habitual—, sino algo intangible. Era como entrar a una habitación donde alguien olvidó apagar una vela: la llama ya no existe, pero el olor persiste en el aire.
Introdujo la llave, giró el mecanismo y empujó la puerta.
El interior olía a Meredith. A la lavanda vieja y a un rastro más profundo y antiguo que no alcanzaba a identificar, pero que reconocía desde la infancia. Subió directo al cuarto de huéspedes, sacó las prendas que necesitaba y las fue doblando despacio sobre la cama, estirando el tiempo. No tenía ganas de regresar de inmediato al living de Frank.
Estaba ahí de pie, con la ropa limpia entre los brazos, cuando el eco sordo de los golpes en la puerta principal resonó en la planta baja. Frunció el ceño. No esperaba a nadie.
Bajó los escalones con cautela y se asomó a la ventana antes de abrir. Al otro lado del umbral aguardaba una mujer de unos cincuenta años, elegantemente vestida, con el cabello recogido en un moño perfecto y una expresión de serenidad absoluta que no encajaba con la audacia de presentarse sin aviso.
Sabrina entreabrió la puerta, manteniendo la guardia alta.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarla?
La mujer la estudió un instante. Había un destello de reconocimiento directo en sus pupilas.
—Hola. Por la forma de tus ojos, debes de ser Sabrina. Vengo a visitar a tu abuela.
—¿La conozco?
—Soy Edith, amiga de tu abuela —dijo, estrechando su mano.
Sabrina se quedó estática. Miró la mano abierta de la mujer mientras procesaba el nombre, sintiendo que los músculos del cuello se le tensaban. Edith notó la desconfianza de inmediato y sonrió apenas.
—Sé que no te acuerdas de mí porque la última vez que me viste fue cuando tenías cinco años. Pero sí te acordarás de un cuento sobre una mujer poderosa que viajaba sola por el mundo ayudando a todos.
Sabrina parpadeó, desarmada.
—Sí... era la historia favorita que me contaba mi abuela.
—Yo la creé para entretenerla a ella cuando éramos niñas y me dijo que también te gustó.
Edith sonrió de medio lado.
—Perdón por no saludarla, es que últimamente pasan muchas cosas en mi vida —dijo Sabrina—. Puede pasar si quiere.
—No hay problema. Pasar por la pubertad y volverse una linda jovencita trae muchos cambios —dijo la mujer, cruzando el umbral.
Mientras la invitada se acomodaba en el comedor y depositaba su bolso sobre la mesa, Sabrina se trasladó a la cocina para ordenar las tazas que habían quedado acumuladas. Necesitaba mantener las manos ocupadas.
—Seguro habrá notado que mi abuela no está.
—Sí, Meredith posee una vibra que resulta imposible de ignorar cuando anda cerca. ¿Sabes a dónde ha ido?
—Salió de viaje hace un par de días. Me dijo que volvería en unas semanas.
Una fina capa de sudor frío le perlaba la frente.
—Pero... yo quería preguntarle a usted de dónde conoce exactamente a mi abuela.
—También me crié en Salem, pero me marché hace décadas porque mi profesión me lo exigía —dijo Edith—. He vuelto para ver cómo marcha mi ciudad natal y arreglar algunos asuntos pendientes.
Sus ojos pasearon por la arquitectura de la sala, deteniéndose con fijeza en el pasillo, justo en la sección donde el tapiz cubría la puerta secreta.
Edith se levantó de su asiento y caminó lentamente hacia el pasillo.
—Sabrina, ¿me dejarías preguntarte una última cosa antes de irme?
—Sí, ¿qué es?
—¿Qué piensas sobre la adoración que tiene Meredith por la mística de Salem? Asumo que, tras ver su habitación, sabrás de lo que hablo.
—Bueno... yo suelo guiarme por las cosas que puedo ver. Me cuesta tener la misma convicción de mi abuela sobre la existencia de verdades ocultas a simple vista.
La mujer, mientras escuchaba, se acercó al tapiz.
—Las grandes verdades del universo suelen estar escondidas a simple vista.
Edith ladeó la cabeza y pasó los dedos sobre la tela.
—¿El tapizado es nuevo? Quedó igual al original.
Edith se dio cuenta al tacto de que Frank lo había cambiado recientemente para ocultar los daños del último altercado. Volvió a mirar a Sabrina y sonrió con picardía.
—¿Sabes? Yo tuve la idea de ponerlo ahí originalmente. Así como lo místico se oculta en Salem, se me ocurrió que el tapizado también ocultara el verdadero estado de la casa a los demás.
El corazón de Sabrina golpeaba con fuerza contra sus costillas. La necesidad de confirmar la sospecha que le quemaba el pecho la obligó a hablar.
—Usted es lo mismo que mi abuela, ¿verdad? —dijo, sosteniéndole la mirada.
Edith apartó la mano de la pared, se dio la vuelta y clavó sus ojos en la chica. Las pupilas que Sabrina recordaba vagamente como verdes brillaron de repente con un matiz turquesa resplandeciente, cargado de una energía antinatural.
—Si con eso te refieres a una bruja, la respuesta es sí.
Sin perder la compostura, regresó a la mesa, tomó su bolso y se lo colgó del hombro.