La mañana se sentía más pesada que otras. Al levantarse, Chase y Jake se dirigieron al comedor donde ya se olía el café, y vieron entonces a Frank sentado.
—Hola chicos, buen día.
Jake forzó una sonrisa mientras ahogaba un bostezo gigante. —Buenos días.
Chase no respondió.
Frank les acercó las tazas de café, midiendo sus palabras. —¿Cómo durmieron en la habitación que quedó vacía?
—Bien, pero creo que me acostumbré tanto a dormir en el piso que ahora al colchón lo siento muy blando. —Jake se frotó la espalda con una mueca.
—Siéntense. Tengo noticias importantes.
—¿Importantes? —dijo Chase levantando la mirada.
Frank les sirvió café y un par de panes tostados. —Jerry ya está recuperado.
Chase revolvió su café sin probarlo. —Qué bueno.
—Me dijo que hoy se pondría manos a la obra —Frank tosió con fuerza mientras tomaba asiento—, y podría tenerlo en el día. Lo único que le estaba costando era el diseño, pero ya lo solucionó.
Frank iba a seguir hablando, pero de repente su celular vibró. Lo agarró y contestó. Escuchó la voz y en cuanto la reconoció, le cambió la cara.
Chase se incorporó un poco en la silla. —¿Qué pasa, Frank?
Frank levantó una mano para pedir silencio. —¿Y qué hacía ella ahí? —Le cambió el tono a uno más grave—. Está bien, nos vemos ahí.
—Vamos, dinos qué pasa.
—No lo van a creer. Meredith estuvo en Boston, en... digamos, un lugar especial.
Jake esbozó una media sonrisa. —Por lo menos hoy tendremos una aventura solos, como antes.
—El tema es que alguien se tiene que quedar para recibir el arma de Jerry.
Chase esquivó la mirada de los dos y clavó los ojos en su taza vacía. —Yo me quedaré. Prefiero estar acá todavía.
Jake se levantó y le dio una palmada en el hombro. —Procura no morirte de tristeza, por favor —remató antes de ir a buscar su chaqueta.
Llegando a Boston, se estacionaron en una parte alejada de la ciudad donde indicó Frank y empezaron a caminar. Jake avistó el nombre: Lux Club Nocturno. Había algo raro: un cartel neón con el dibujo de una chica con traje de conejita. Al verlo, algo le hizo click en la cabeza.
—Frank, esto no es un club normal, ¿no?
—Bueno, digamos que es un… prostíbulo.
—¿Qué?... ¿Qué hacía Meredith en un lugar así?
—La dueña es una vieja amiga. Si venimos, es porque pidió hablarlo en privado. Igual, déjame decirte que el lugar era más chico cuando yo venía.
Jake frenó en seco en medio del pasillo y lo miró de arriba abajo, a medio camino entre la sorpresa y el asco. —¿Vos venías a un prostíbulo?
Frank se encogió de hombros con naturalidad. —¿Qué tiene? En mi época era normal.
Jake sacudió la cabeza, rindiéndose. —Solo entremos.
Al entrar, el olor a humo y licores caros empapó la nariz de Jake. Había hombres con hasta cuatro chicas, mujeres en barras haciendo bailes eróticos y otras sirviendo tragos. Llegaron a la recepción y Frank se acercó a la recepcionista.
—Hola querida, ¿podrías decirle a Morrigan que Frank Miller está acá?
La recepcionista llamó y les dijo que podían pasar: al fondo del pasillo estaría su oficina. Empezaron a subir las escaleras hacia el segundo piso. Mientras tanto, Jake admiraba todo el lugar.
—No puedo creer que esto lo conduzca una mujer.
—Y eso no es lo único extraño de ella.
—¿De qué hablas?
—Ya lo vas a ver.
Al llegar a la puerta de la oficina, Frank tocó.
—Pueden pasar —respondió una voz desde adentro.
Al abrirla, apoyada sobre el escritorio estaba Morrigan: una mujer que parecía estar en sus casi cuarenta, conservando una gran figura con curvas, pechos grandes, labios carnosos y una mirada depredadora.
—Qué placer verte de nuevo, Frank. Has envejecido mucho desde la última vez que te vi.
—La mortalidad humana no está tan mal, Morrigan. Solo tuve que dejar los cigarrillos.
—Perdóname, Frank, pero en todos estos siglos nunca podría dejar los placeres que me dieron los humanos. —Morrigan exhaló el humo de su cigarro despacio, clavando la vista en el joven—. ¿Quién es el chico?
—Jake es un ayudante.
Morrigan se acercó a inspeccionarlo. Jake le extendió la mano, tenso.
—Hola, señora Morrigan.
La energía de esa mujer lo ponía nervioso. Morrigan le estrechó la mano y Jake no aguantó la curiosidad.
—Por lo que escuché, ¿qué tipo de ser sobrenatural es usted?
Morrigan le acarició la mejilla.
—Podría ser el ser que quieras, cariño.
Se inclinó un poco y aspiró cerca de su cuello.
—Tienes un aroma magnífico, distinto a cualquier humano que haya visto. Eres interesante.
—Morrigan, basta. Vinimos por Meredith.
—La vejez te hizo más aburrido.
Morrigan se recompuso y fue a servirse una copa de vino.
—Meredith vino hace casi un mes a verme para hablar y me dijo que regresaría en algunas semanas. ¿Qué sabes de ella, Frank?
—Desapareció junto a Abraham Van Hellsing. Estaban colaborando en algo y se esfumaron. —Frank se aclaró la garganta—. Tiene que ver con ellas.
—¿Brujas de nuevo? Esas mujeres nunca se cansan.
—Morrigan, ¿qué fue lo que vino a hablar Meredith contigo?
—Ella quería saber sobre mi conocimiento con respecto a un libro antiguo y peligroso. Lo conocen como el Khaenomicon.
—¿Y qué tiene que ver ese libro contigo?
Morrigan dejó la copa un momento.
—En los tiempos del Imperio Otomano, yo fui la amante más grande del Sultán Selim II. Solía enterarme de bastantes cosas y él me ofrecía mostrarme sus tesoros. Un día llegó después de luchar contra una secta oscura de adoradores paganos y me mostró su botín: la secta se había hecho con el legendario libro.
Hizo una pausa.
—En ese mismo instante sentí el peligro que emanaba esa cosa, así que hice todo en mi poder para que el sultán lo protegiera y no intentara usarlo. Pero no pude seguir con mi deber después de que él murió. Saquearon el castillo, robaron muchas cosas. Entre ellas, el libro.
—¿Y Meredith?
—Después de que se lo conté, parecía muy decidida en buscarlo y hacerse con él.