—¿Acaso llegué tarde que me ven así?
—No, llegaste a tiempo —dijo Jake.
—Tú la llamaste, ¿no? —intervino Chase, cruzándose de brazos.
—Claro que sí, nos quedamos solos y se me ocurrió la idea en el baño de la cafetería.
—Me hubieras dicho, por lo menos —replicó Chase, frunciendo el ceño.
—Sí, seguro que tu yo depresivo de hace unos días me hubiera escuchado —retrucó Jake.
A pesar de la tensión, Chase suspiró y se acercó a ella.
—Igual estoy feliz de verte, Casey —dijo, dándole un abrazo breve—. Estás bastante cambiada.
Y lo estaba. Había dejado atrás su clásica cola de caballo por una melena suelta, más larga y con mechones de otro color. Su actitud también era distinta, menos ansiosa, más plantada.
—Ya me merecía otro look —dijo Casey con una sonrisa de medio lado.
Frank, viendo cómo lo dejaban de lado, se frotó los brazos por el viento helado.
—Explíquenme mañana. Ahora solo quiero entrar.
—Es mejor que entremos a la casa, porque al viejo parece que le duelen los huesos por el frío —bromeó Jake, abriendo paso.
Cinco minutos de explicaciones después, ya sentados en la sala de estar en Salem, Frank la miraba incrédulo.
—No puedo creer que sobreviviste a todo eso con estos dos al lado.
Mientras hablaba, Casey se sacó su pesada chaqueta de cuero negro. Dejó a la vista unos brazos visiblemente más fuertes, pero fue otra cosa lo que llamó la atención. En su antebrazo izquierdo, cruzando la piel clara, se lograba ver una cicatriz gruesa y profunda. Jake fijó la vista en la marca.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz?
Casey se quedó a mitad de movimiento, con la chaqueta a medio colgar. De repente, el ruido del viento de Salem, el crujido de la madera y la respiración de los chicos en la sala se volvieron lejanos, como si se hubiera hundido bajo el agua. La cicatriz no le dolía físicamente, pero el recuerdo le quemó en la mente en una fracción de segundo. El olor a lavandina y sangre vieja. El sonido de un cuerpo cayendo.
Meses atrás...
La cálida luz pasaba por la ventana de la habitación de hotel de Casey. Se había levantado temprano, dispuesta a comenzar el día. Se preparó un té humeante y puso manos a la obra. Con la tranquilidad de quien arma un rompecabezas, limpió sus armas sobre la cama: cargó pistolas con balas de plata y preparó un par de jeringas con sangre de cadaver.
—Qué buena que estuvo esa convención paranormal —dijo para sí misma, relajándose mientras se estiraba.
Al ver que ya eran las diez de la mañana en el reloj de la habitación y su estómago rugía, decidió salir a buscar un restaurante en aquel pintoresco pueblito turístico donde se había separado de Jake.
Mientras caminaba, un papel pegado en un poste de luz le llamó la atención. Se acercó por inercia, pero su sonrisa se borró de inmediato. Era un cartel de Se busca.
«Chloe Capril, 17 años. Desapareció hace 4 días».
Casey sintió un hueco en el estómago. La foto en blanco y negro era de la misma chica que había conocido en la convención. Habían hablado durante horas después de que la chica ganara un premio por su cosplay, y ahora estaba desaparecida.
Se apresuró a entrar al restaurante, pidió algo simple y abrió su computadora. Empezó a investigar Primero buscó sobre ella, parecía una chica bastante normal. En sus redes sociales no encontraba nada hasta que decidió buscar si ya habían publicado una noticia y, en cuanto buscó "chica desaparecida", quedó atónita al descubrir que no solo había noticia de ellas, sino decenas de noticias, una cada una de un mes anterior, en distintos pueblos y estados. Pero había algo que la inquietaba, porque en una foto de la noticia de otra víctima, la chica llevaba una remera de un hombre lobo. Revisó los perfiles de dos más, ambas mostraban en sus redes sociales cierta afición por lo mismo que Chloe.
—¿Puede ser lo que yo creo que es? —murmuró Casey.
Ya afuera del restaurante, estaba decidida. Si esto era un caso de cacería, ella debería descubrir qué pasó con Chloe.
Aprovechando que la familia seguramente estaría de luto con sus allegados, Casey rastreó la dirección de su casa y llegó al anochecer. Con un simple clip de pelo, abrió la puerta trasera y se escabulló hasta la habitación de la joven. Al encender su linterna, sintió un escalofrío: era como entrar a su propio dormitorio cuando tenía 13. Pósters, merchandising y una pila grande de libros que correspondían a esa famosa saga de romance sobrenatural Daybreak.
Encendió la computadora de escritorio. Revisando el historial web, encontró un chat directo en un foro privado. Leyó la conversación. Un usuario anónimo, Vampire True, llevaba semanas hablándole.
«Siento que somos iguales», le había escrito el tipo. «Tengo algo que mostrarte. Un secreto que el mundo no entendería. Ven a verme después de la convención, así podremos estar juntos».
El último mensaje le daba una dirección: The Obsidian, un club nocturno muy exclusivo.
Casey sonrió con suficiencia.
—Parece que ahora están dispuestos a cazar a simple vista.
Pero recordando lo que aprendió de Abraham, el tipo necesitaba un lugar seguro y cercano para esconderla. Sacó su celular, abrió una aplicación pirata que Chase le había enseñado para rastrear señales telefónicas e introdujo el número de la víctima al que estaba conectado a la computadora.
La pantalla parpadeó. El celular seguía vivo, pero la señal era débil. La ubicación marcaba un área que abarcaba el club y se extendía hacia una zona industrial lindante. Buscó en el mapa el lugar abandonado más cercano al club.
Un viejo hospital, a solo tres cuadras. Bingo.
Casey salió de la casa, pero a lo lejos, una figura que se ocultaba en las sombras la observó irse.
Quince minutos después, Casey entraba por la ventana rota del hospital. El lugar olía a polvo y a lavandina barata. Caminó con sigilo, iluminando el suelo, hasta que en un rincón oscuro encontró una pila de pertenencias. Sobresaliendo de una mochila, estaba el trofeo de cosplay de la chica. Su corazón latió con fuerza. Tenía razón.