El vórtice se cerró a espaldas de Sabrina. Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue el frío. No se parecía al de Salem; era más pesado y parecía salir de las propias piedras.
Después llegó el olor a humedad, cera derretida y unas flores dulces que llevaban demasiado tiempo encerradas.
Sabrina levantó la vista y quedó pasmada.
Frente a ella se alzaba un castillo enorme. Las torres desaparecían entre la niebla y había tantas ventanas iluminadas que le resultaba imposible contarlas. Algunas luces parpadeaban sin que hubiera viento que las moviera.
—Es impresionante, ¿no? A mí también me dejó con la boca abierta la primera vez —dijo Edith a su lado.
Sabrina miró el cielo. Había cruzado el portal durante la madrugada, pero del otro lado ya había salido el sol.
—¿Por qué es de día?
—Porque Gallows Hill no se encuentra en EE. UU. ni siquiera en la Tierra. La academia fue construida sobre otro plano.
Sabrina apartó la mirada del cielo para verla.
—¿Estamos en otra dimensión?
—Una pequeña, pero sí. Fue creada para mantener alejados a los seres no mágicos. Este lugar tiene sus propias leyes.
Sabrina quiso preguntar qué significaba eso último, pero Edith ya había empezado a caminar hacia la entrada principal. La siguió por un patio de piedra rodeado de estatuas antiguas hasta llegar a las grandes puertas del castillo.
Al cruzarlas, Edith se detuvo.
—Ahora tendremos que separarnos. Debo preparar la ceremonia de bienvenida —explicó—. Te dieron el cuarto 103. Estás de suerte, es el que usábamos Meredith y yo —añadió, guiñándole un ojo—. Nos vemos.
—Pero espere, no sé dónde queda mi... —empezó a decir Sabrina.
—¡Solo tiene que desearlo; él la encontrará! —le gritó Edith sin detenerse, perdiéndose en el pasillo.
Sabrina quedó sola en medio del enorme salón.
—Esta mujer siempre me hace lo mismo —murmuró.
Empezó a caminar sin saber exactamente adónde iba. Atravesó varios pasillos, subió unas escaleras y terminó frente a un corredor lleno de puertas que comenzaban en el número doscientos.
—Genial. Estoy todavía más perdida.
Retrocedió y bajó otra escalera. Mientras caminaba, una duda volvió a aparecerle en la cabeza. No sabía si encontraría algo sobre su abuela o los asesinatos. Quizás había dejado a los chicos y roto su relación con ellos por una pista que no llevaba a ninguna parte.
Se detuvo en mitad de los escalones.
—No, Sabrina. Ya estás aquí. Concéntrate en encontrar el cuarto 103.
Al terminar de bajar, abrió los ojos con sorpresa: el cartel de bronce que antes marcaba otro piso ahora indicaba que los cuartos de ese pasillo iban del 100 al 110.
Sabrina lo miró confundida.
—Bueno... supongo que funcionó.
Encontró la puerta de madera oscura y, al abrirla, no esperaba una habitación tan grande. ¿Todo esto solo para dos personas?, pensó. Dejó su valija sobre la cama que vio desocupada y se tiró de espaldas, agotada.
De repente, Salem emergió de su pecho como una sombra y aterrizó sobre la colcha.
—Salem, ¿qué haces? —siseó ella—. Nos pueden descubrir.
—Quiero estirar las garras. Además, nadie que no seas tú me podría ver si no quiero —respondió el sylvian, estirándose con parsimonia—. Estás muy tensa. Así no vas a poder hurgar en los secretos de este lugar.
—Estoy en una escuela desconocida con gente que me podría matar si me descubre, ¿cómo quieres que esté?
—¿Segura que no es por algo o alguien más? —preguntó Salem, lamiéndose una pata con total desinterés.
Sabrina agarró la almohada más cercana y se la arrojó, pero antes de que impactara, unos pasos resonaron del otro lado y la puerta se abrió de golpe.
Una chica entró bailando con los ojos cerrados. Llevaba una remera blanca debajo de un chaleco marrón, pantalones cargo negros, varias cadenas colgando del cinturón y un pentagrama en el cuello. Unos auriculares grandes le tapaban las orejas.
Salem la miró con desdén gatuno absoluto. Arrugó la nariz como si hubiera olido leche agria y decidió, por su bien, volver al pecho de Sabrina.
La chica dio una vuelta, abrió los ojos y la vio. Se sacó los auriculares de golpe, paralizada.
—Hola... soy Eve Hawthorne. Al parecer, seremos compañeras de cuarto —dijo, avergonzada, extendiendo la mano—. Perdón por lo que viste.
—No te preocupes. He visto cosas más raras durante estos días —respondió Sabrina, estrechándosela—. Soy Sabrina Croft.
—Pensé que tenía mala suerte por ser la única sin compañera —dijo Eve, relajándose.
—Esto de ser bruja es nuevo para mí. Por eso tardé en inscribirme.
—¿Nuevo? ¿Tu familia no es bruja?
—Que yo sepa, solo mi abuela. Hace poco manifesté mi magia.
—¡Yo también! —dijo Eve, feliz—. En mi casa todas son brujas, desde mis abuelas Nana y Nene hasta mis primas y algún que otro primo.
—¿Los hombres también pueden tener magia?
—Sí, pero es uno de esos casos raros. Como que a las mujeres les salga barba —explicó Eve, riendo.
Antes de que Sabrina pudiera responder, el estómago de Eve rugió con tanta fuerza que ambas lo escucharon.
—No sé dónde se come aquí, pero si quieres, buscamos —ofreció Sabrina.
—Ah, sí, gracias, me estoy muriendo de hambre —dijo Eve, dejando los audífonos en la mesa de luz—. Te muestro el comedor. De paso conoces a las chicas de la academia.
Salieron por pasillos flanqueados de ventanales que daban a los jardines.
—Voilà. Bienvenida al Gran Comedor de Gallows —anunció Eve, abriendo unas pesadas puertas.
Un salón inmenso se abrió frente a ellas, repleto de mesas largas y bufés rebosantes. Mientras llenaban sus platos, Eve bajó la voz:
—Las mesas son casi tan importantes como las clases, porque definen a qué facción vas a pertenecer.
—¿Facciones? ¿Como en los juegos de fantasía?
—Más o menos, pero en vez de elegir por raza, se elige por creencias: tu relación con la magia, con nuestro mundo y con el no mágico. Mi abuela Nene dice que es parecido a cuando tenemos que votar a un partido político.