A la mañana siguiente, Evee encontró a Sabrina en el Gran Comedor, inclinada sobre un plato repleto de tostadas. Tenía los auriculares alrededor del cuello y dos tazas frente a ella.
—No sabía qué tomabas, así que traje café y chocolate —dijo Eve—. El que no quieras es mío.
Sabrina tomó el café y se sentó.
—Gracias.
—Tienes una cara horrible.
—También gracias.
Eve mordió una tostada mientras Sabrina sacaba de su bolso una hoja doblada. Había anotado la fecha que aparecía junto a la fotografía del archivo y algunas palabras del artículo.
—¿Eso es lo que no te dejó dormir?
—No podía dejar de pensar dónde estarán los demás archivos.
—¿Por qué te importa tanto encontrarlos?
Sabrina pasó un dedo por uno de los dobleces de la hoja.
—Es complicado, pero tiene que ver con mi abuela.
Eve dejó la tostada sobre el plato.
—¿Ella también estudió aquí?
—Hace mucho.
—¿Y crees que aparece en esos archivos?
—Eso intento averiguar.
La campana sonó antes de que Eve pudiera preguntarle algo más. A su alrededor, las alumnas comenzaron a levantarse de las mesas.
Sabrina guardó la hoja y consultó su horario.
—Historia de la Brujería.
Eve agarró una de las tazas y se puso de pie.
—Vamos. Seguimos hablando después.
El aula tenía largas mesas de madera distribuidas frente a un pizarrón. Sabrina y Eve se sentaron juntas mientras las demás alumnas terminaban de ocupar sus lugares.
Sobre el escritorio descansaba un libro grueso, cerrado con dos broches de metal.
La profesora entró poco después. Era una mujer alta, de cabello oscuro recogido detrás de la cabeza. Dejó varios papeles sobre el escritorio y recorrió el aula con la mirada.
—Buenos días. Me presento, soy Elisa Raventhorn. Estaré a cargo de la clase de historia.
Se apoyó contra el borde del escritorio.
—Para empezar a entender cómo nació la brujería, primero deben olvidar algo que seguramente escucharon durante toda su vida: que la magia comenzó con las brujas.
El libro se elevó unos centímetros.
—La magia existía mucho antes que nosotras.
El ejemplar giró lentamente en el aire y se detuvo frente a la profesora.
—Cuando los seres humanos adquirieron conciencia de sí mismos, también empezaron a intentar comprender aquello que no podían ver. La muerte, los sueños, las tormentas, la enfermedad.
Uno de los broches del libro se abrió solo.
—Pero ese conocimiento no pertenecía a todos. En muchas de las primeras tribus quedaba reservado a los chamanes.
El segundo broche se soltó.
—Obviamente, hombres.
Las tapas se abrieron. Las páginas comenzaron a moverse despacio, aunque no había viento dentro del aula.
—Las mujeres observaban los rituales, aprendían las palabras y esperaban. Después, lejos de las miradas de sus tribus, intentaban reproducirlos.
Varias hojas se desprendieron del libro y quedaron suspendidas alrededor de la profesora.
—Lo que consiguieron al principio fue escaso. Una llama que resistía la lluvia. Una herida que dejaba de sangrar. Un objeto que se movía sin ser tocado.
El libro avanzó por el aire hasta quedar sobre la primera fila. Sabrina siguió su movimiento con atención.
—Muestras pequeñas, pero suficientes para demostrar que los chamanes no habían sido los únicos capaces de conectarse con la magia.
Las hojas regresaron al libro una por una.
—Durante mucho tiempo, esos conocimientos se transmitieron en secreto. De madre a hija, de hermana a hermana. Algunas de esas prácticas quedaron registradas en tablillas que sobrevivieron al paso de los siglos.
El libro se cerró y cayó de golpe. Antes de tocar el escritorio, volvió a detenerse en el aire.
—Hasta que aparecieron las ishtarianas.
La profesora caminó alrededor del libro inmóvil.
—Según las leyendas, un grupo de mujeres de distintas comunidades de la antigua Mesopotamia abandonaron sus tribus para reunirse bajo la adoración de la diosa babilónica Ishtar.
El libro comenzó a elevarse nuevamente.
—Por separado, apenas podían producir aquellas pequeñas muestras de magia. Juntas descubrieron que podían compartirla, fortalecerla y realizar cosas que ninguna habría conseguido por sí sola.
La profesora extendió la mano. El libro cruzó el aula y se posó sobre su palma.
—Ellas fueron las primeras brujas y formaron el primer aquelarre. Con las ishtarianas, la magia dejó de ser un secreto aprendido a escondidas.
Miró a las alumnas.
—Y así nació formalmente la brujería.
Una alumna levantó la mano.
—Si ya podían hacer todo eso, ¿por qué continuaron ocultándose? ¿Por qué no practicaban magia abiertamente?
La profesora apoyó el libro sobre el escritorio.
—Porque capacidad no equivale a cantidad.
Se volvió hacia el pizarrón.
—Quienes no poseen magia siempre fueron muchos más, y en nuestra historia ya está documentado qué es lo que pasaría al desafiar esa idea
Las alumnas empezaron a cerrar sus cuadernos y abandonaron el aula. Eve guardó sus cosas y se levantó, pero Sabrina permaneció sentada.
—Te espero afuera —dijo Eve.
Sabrina asintió. Esperó hasta que las últimas alumnas salieran. La profesora seguía junto al escritorio, acomodando sus papeles dentro del libro.
—Profesora.
La mujer levantó la vista.
—¿Sí?
—Quería preguntarle algo sobre Salem.
—Adelante.
Sabrina se acercó al escritorio.
—Después de los juicios, ¿las brujas nunca intentaron volver? No sé, hacer algo otra vez en el pueblo.
La profesora cerró uno de los broches del libro.
—No, al menos según los registros públicos.
Sabrina tardó un instante en responder.
—¿Los registros públicos?
La profesora la observó con mayor atención.
—¿Cuál era tu nombre?
—Sabrina.
—Tu apellido.
—Croft.
La mujer pareció reconocerlo de inmediato.