Lineage Chronicles : Salem Cult

capitulo 21: aprendizaje

Sabrina no había dormido bien.

Las palabras del expediente de Edith seguían girando en su cabeza como un eco persistente cuando bajó al Gran Comedor. Eve ya estaba allí, con los auriculares colgados del cuello y una taza humeante de chocolate entre las manos.

—Se te nota en la cara —dijo Eve en cuanto la vio sentarse—. ¿Sigues dando vueltas a lo del archivo?

Sabrina asintió y bajó la voz, mirando a su alrededor.

—No sé qué hacer... Pensar que la mejor amiga de mi abuela puede ser la responsable de todo esto...

—¿No deberías tomarlo con un poco de calma? Puede ser solo una coincidencia.

—¿Una coincidencia que haya sido diánica y que desee el grimorio de una bruja tan poderosa?

—Tampoco lo plantees tan así. Recuerda que es algo de su juventud —dijo Eve—. Yo a los diez años quería un pony y ahora que tengo dieciséis quiero un unicornio.

—Sí, una equivalencia impecable, Eve —dijo Sabrina.

La campana de la academia resonó en el salón antes de que pudieran continuar. Ambas se levantaron de inmediato.

—Hoy tenemos Práctica de Canalización —dijo Eve mientras caminaban hacia el ala este—. Escuché que la profesora Langford es estricta, pero no aburre.

El aula era más reducida que los salones teóricos. En lugar de pupitres en fila, los cojines formaban un círculo alrededor de un espacio vacío en el centro. La profesora Langford ya las esperaba: una mujer de unos cuarenta años, de cabello corto y expresión serena. Prescindía de túnicas elaboradas y vestía ropa oscura y funcional.

—Siéntense —indicó cuando entraron las últimas alumnas—. Hoy no vamos a memorizar nombres ni fechas. Vamos a trabajar con lo básico.

Esperó a que el silencio se asentara en el salón antes de continuar.

—La magia no empieza en las palabras ni en los gestos. Empieza acá —se tocó la sien— y acá —se tocó el pecho—. Piensan lo que quieren hacer. Lo sienten con claridad. Y después, lo proyectan.

Hizo un gesto simple y fluido con la mano. Una llama pequeña brotó sobre su palma y se mantuvo firme, estable.

—Esto no es fuerza. Es intención limpia. Prueben.

Las alumnas comenzaron el ejercicio. Algunas lograron chispas erráticas; otras, apenas un parpadeo de luz. Sabrina cerró los ojos y buscó concentrarse, pero la imagen mental se le deshacía al imaginar cómo le diría todo esto a los chicos. Cada intento de proyectar convertía su mente en un torbellino de emociones e imágenes dispersas.

—No fuerces —dijo la profesora al detenerse junto a ella—. Si la mente está ocupada con otra cosa, la magia lo nota.

Sabrina abrió los ojos, frustrada. Eve le dedicó una mirada de apoyo en silencio. Al finalizar la clase, cuando las alumnas comenzaban a retirarse, Langford se dirigió a ella:

—Tú, la del mechón violeta, ¿puedes venir un momento?

—¿Qué necesita de mí, profesora? —preguntó Sabrina, acercándose al centro del aula.

—Desde que entraste he sentido esa angustia flotando en la clase. ¿Tienes miedo de usar la magia, acaso?

—No, no es eso... Es solo que usar magia me pone nerviosa —dijo Sabrina, bajando la vista.

—Bueno, no te preocupes, para eso estoy yo. —Langford tomó un volumen grueso de su escritorio y se lo entregó—. Toma.

—¿Qué es esto?

—Es un libro de hechizos estándar. Practica lo que vimos hoy; con constancia te saldrá.

—Gracias por la ayuda, profesora.

Más tarde, en la habitación 103, Sabrina se acomodó en su cama con las piernas cruzadas. Aprovechando que Eve había salido a hablar con un familiar, comenzó a hojear el libro. Recorrió diferentes páginas, desde el encantamiento básico de la vela hasta detenerse en un hechizo de segundo grado destinado a contactar a alguien a la distancia.

«¿Esto no será similar al hechizo que usó Salem conmigo?», pensó.

De inmediato, la voz del felino resonó directamente en su mente:

«No es lo mismo. Yo te llamé a través de un sueño; este hechizo funciona como si fuera un teléfono humano.»

—O sea que con esto podría decirles a los chicos lo que descubrí.

«En esencia, sí. Pero requiere concentración y ahora mismo no puedes ni encender una vela.»

—Mierda... Tienes razón —dijo Sabrina.

«Por suerte me tienes a mí como guía.»

—¿Guía?

«Sí. Yo, el gran Salem, seré tu ancla para el hechizo de comunicación.»

El sylvian se materializó a su lado, subió por su hombro y terminó acomodándose sobre su cabeza.

—¿Es estrictamente necesario que hagas eso?

—Mantente callada. Necesito unir mi magia con la tuya —dijo Salem esta vez en voz alta—. Listo. Ahora solo lee las instrucciones del libro y no lo arruines.

Sabrina cerró los ojos. Pensó en Chase. En el tono de su voz. En la forma en que se ajustaba los anteojos cuando estaba concentrado. Sintió la urgencia real de avisarle. Y proyectó.

Al principio solo hubo un zumbido sordo en sus oídos. Después llegó la sensación de que algo se estiraba desde su pecho hacia el exterior. Salem presionó un poco más su pata sobre su cabeza, sirviendo de soporte firme.

La conexión se abrió de golpe.

Primero llegó el ruido: pasos apresurados y una voz alterada que no logró reconocer del todo. Luego, el audio se aclaró:

—... el corazón casi no late... —Era la voz de Marvin.

Otra voz, mucho más cercana y frenética, gritó:

—¡Tenemos que llevarlo ya! —Era Casey.

Y debajo de todo el caos, un silencio denso que Sabrina identificó de inmediato. Chase no estaba hablando.

La conexión osciló. Sabrina intentó aferrarse y proyectar con más fuerza, pero la transmisión se distorsionó. Se escuchó el rodar apresurado de una camilla, el golpe seco de una puerta y, finalmente, estática pura.

La señal se cortó.

Sabrina abrió los ojos jadeando, con las manos temblorosas y un dolor punzante detrás de los ojos. Salem retiró la pata despacio.

—Lo mantuviste un momento —dijo el gato—. Pero estás agotada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.