La vida de Anya Rostova se dividía a puerta cerrada en dos mundos completamente opuestos, pero ambos giraban en torno al mismo gigante búlgaro de dos metros.
Durante las noches y las madrugadas, su lugar estaba en el búnker tecnológico del sótano. Con sus lentes de marco grueso reflejando miles de líneas de datos, Anya era el fantasma digital que borraba los rastros de la mafia búlgara. Modificaba manifiestos de aduana a alta velocidad, encriptaba las comunicaciones de Nikolai y vigilaba los servidores federales para que la policía no encontrara jamás un cabo suelto. Era una vida de alta tensión que requería una mente analítica implacable.
Sin embargo, cuando el sol salía, Anya abandonaba las pantallas para asumir un rol completamente diferente y mucho más dulce: ser la niñera y protectora de Elena, la hija de 7 años de Nikolai.
El Vínculo de la Pequeña Elena
Elena era una niña solitaria, huérfana de madre, que crecía rodeada de la frialdad calculadora y el egocentrismo de un padre que, aunque la amaba, no sabía cómo demostrar afecto más allá de la disciplina militar y los lujos materiales. Para la pequeña, Anya era su refugio.
—"¡Anya! Mira el dibujo que hice para papá", exclamó Elena, entrando corriendo a la cocina rústica con un papel en las manos.
Anya dejó de lado los planos mecánicos de un nuevo sistema de seguridad que estaba revisando y sonrió con esa amabilidad profunda que solo reservaba para la niña. Se agachó, quedando a su altura, mostrando su rostro simple y pulcro.
—"Te quedó hermoso, Elena. Tu papá lo va a poner en su despacho, ya lo verás", respondió con voz dulce, acomodándole el cabello a la pequeña.
Elena la abrazó por el cuello. —"Eres la mejor, Anya. Ojalá vivieras siempre con nosotros y no solo en el sótano".
Esas palabras impactaban directo en el corazón de Anya. Amar en secreto a Nikolai Markov era una condena silenciosa de tres años. Ella se encargaba de mantener su nombre limpio ante la ley, cuidaba de su tesoro más grande y, para colmo de su propio dolor intelectual, toleraba una faceta de Nikolai que le desgarraba el alma: su estilo de vida mujeriego.
El Dolor de las Conquistas
Cada semana era la misma historia. Nikolai, un hombre de 34 años acostumbrado a tener todo bajo su control descarado, solo salía con modelos esbeltas, mujeres superficiales que usaban toneladas de maquillaje y alta costura. Y la encargada de hackear las agendas privadas de los restaurantes más sofisticados, de reservar los suites presidenciales y de asegurarse de que esas mujeres entraran y salieran de la vida de Nikolai sin dejar rastros de prensa ruidosa era, irónicamente, Anya.
Nikolai la veía como su mano derecha inquebrantable, una pieza mecánica perfecta que nunca fallaba y que jamás cuestionaba sus órdenes. No se imaginaba que detrás de esa vestimenta simple, de sus camisetas holgadas y su falta de maquillaje, Anya contenía un incendio indomable de celos posesivos y adoración silenciosa, obligada a ver cómo el búlgaro consumía su vida con conquistas pasajeras mientras ella seguía siendo la sombra protectora que le cuidaba las espaldas.
La frialdad calculadora de Nikolai Markov era el pilar sobre el cual se sostenía el imperio búlgaro en la costa. A sus 34 años, su mente analítica no dejaba espacio para el error humano; cada ruta de contrabando, cada transacción en el mercado negro y cada movimiento de su organización se ejecutaba bajo una rigidez severa que infundía terror y respeto absoluto en sus subordinados