Sentada frente a las pantallas del búnker, Anya revisaba la base de datos perimetral cuando la voz barítono, grave y profunda de Nikolai resonó a través del intercomunicador privado de la mansión.
—"Anya, sube a mi despacho".
La joven hacker dejó escapar un suspiro sutil. Se acomodó sus lentes de marco grueso, alisó su camiseta holgada y subió las escaleras con pasos largos. Al entrar al despacho rústico, se topó con la imponente anatomía de dos metros del mafioso, quien terminaba de abrocharse los puños de una camisa de sastre gris que remarcaba su pecho musculoso. Los intrincados tatuajes de sus manos se movían con total sofisticación descarada.
—"Necesito que limpies la agenda de este fin de semana, niña", dictó Nikolai con su habitual frialdad calculadora, sin mirarla directamente. —"Saldré con Valeria, la modelo de la línea de modas de los muelles. Reserva la suite presidencial del hotel del centro, asegúrate de que el chef prepare un menú exclusivo y borra cualquier registro de las cámaras de seguridad del estacionamiento privado. No quiero prensa ruidosa husmeando en mis asuntos".
El Dolor Detrás del Cristal
Anya sintió un impacto directo en el pecho, un rústico dolor que se había vuelto crónico en los últimos tres años. Sin embargo, su mente analítica y su buena actitud inquebrantable se impusieron. Tomó su tableta digital y comenzó a teclear a alta velocidad, creando el blindaje necesario para la cita de su jefe.
—"La suite ya está bloqueada bajo una identidad corporativa falsa, Nikolai", respondió ella con una firmeza sutil, manteniendo su rostro simple y pulcro libre de maquillaje. —"La policía local no tendrá acceso a las bitácoras de esa noche. Tu nombre está limpio".
Nikolai se giró, clavando su mirada gris y analítica en la joven. Con total egocentrismo, se acercó a ella, proyectando su masiva sombra de dos metros sobre la figura menuda de Anya. La observó por un segundo milimétrico: sus ojos claros detrás de las gafas, su cabello castaño sujeto sin esmero y su vestimenta rústica. Para él, Anya era una criatura pura, su mano derecha inquebrantable, una mente tecnológica brillante que estaba completamente por encima de las mujeres superficiales con las que él pasaba las noches.
—"Eres perfecta, Anya", pronunció Nikolai con una parsimonia ruda pero cargada de una extraña amabilidad profunda. —"No sé qué haría en este imperio sin tu cerebro. Esas mujeres van y vienen, pero tú eres la única constante que mantiene este palacio en orden".
La Sombra del Deseo
Él lo decía como un elogio profesional, una muestra de confianza absoluta hacia su pieza más valiosa. No se imaginaba que esas palabras eran un arma de doble filo para Anya. Ella le organizaba los encuentros con las mujeres más esbeltas y hermosas de la alta sociedad, tolerando sus conquistas descaradas con una dignidad blindada, mientras se consumía por dentro deseando ser ella quien estuviera bajo la arrogancia protectora de ese gigante tatuado.
Cuando Nikolai abandonó el despacho con pasos firmes, dejando un rastro de locura y poder en el aire rústico, Anya se quedó sola. Se miró en el reflejo de la pantalla apagada de su tableta: simple, sin cosméticos, con unos lentes grandes. Sabía que ante los ojos del mafioso búlgaro ella era invisible como mujer, un fantasma digital atrapado en el sótano, obligada a cuidar de su imperio y de sus secretos mientras su corazón seguía rompiéndose en silencio a puerta cerrada.
Mientras el piso superior de la mansión se vaciaba de la ruidosa presencia de Nikolai y sus citas de alta costura, el corazón del hogar se trasladaba al rincón más cálido y rústico de la casa. Para la pequeña Elena, de tan solo 7 años, el palacio de cristal y cemento de su padre era un territorio frío; por eso, su verdadero refugio siempre estaba donde estuvieran los lentes de marco grueso de Anya.