Líneas de Código y Sangre

Capítulo 7: La Orden del Sótano

Anya Rostova terminaba de encriptar el último bloque de transacciones de los muelles cuando la pesada puerta rústica del búnker se abrió. La imponente anatomía de dos metros de Nikolai Markov entró al sótano, proyectando una rigidez militar sobre las paredes de concreto. Vestía un pantalón de sastre oscuro y una camisa blanca con las mangas arremangadas, dejando a la vista los intrincados tatuajes que envolvían sus brazos musculosos. Su mente analítica y calculadora venía cargada de un egocentrismo severo.

Anya se giró sutilmente en su silla, acomodándose los lentes de marco grueso sobre su rostro simple y libre de maquillaje.

—"El escudo digital perimetral está blindado para la noche, Nikolai", informó ella con una parsimonia pulcra. —"Si la policía intenta un rastreo milimétrico aprovechando el ruido de la fiesta, las alarmas me avisarán a alta velocidad".

Nikolai caminó con pasos largos hasta quedar a escasos centímetros de su escritorio, mirándola con sus ojos grises cargados de una arrogancia protectora implacable.

—"Excelente, niña. Por eso mismo, tu lugar esta noche está aquí abajo", dictó su voz barítono, grave y profunda, con una frialdad que helaba la sangre. —"He visto que estabas mirando los horarios de la fiesta de los nuevos guardaespaldas. Te lo prohíbo terminantemente, Anya".

La Jaula de Cristal

Anya sintió un impacto directo de indignación en el pecho. Su buena actitud inquebrantable flaqueó ante la rigidez de su jefe. —"Nikolai, he pasado tres años encerrada a puerta cerrada en este búnker protegiendo tu nombre. Los nuevos empleados ni siquiera conocen mi rostro. Solo quería subir una hora a interactuar con el equipo...".

—"No", la cortó el búlgaro con una rigidez violenta que no admitía réplicas.

Con total sofisticación descarada, Nikolai se inclinó sobre el escritorio, atrapándola bajo su masiva sombra de dos metros y clavando sus dedos largos sobre la mesa de madera. Su egocentrismo y unos soterrados celos posesivos, que ni él mismo entendía, dictaban sus palabras rústicas. No soportaba la sola idea de que los nuevos guardaespaldas, hombres jóvenes y de acción, pusieran sus ojos sobre la pureza simple de su mano derecha.

—"No tienes nada que hacer en ese entorno ruidoso y vulgar. Esos hombres son animales de presa, Anya, y tú eres demasiado valiosa para este imperio", sentenció el búlgaro de 34 años con una parsimonia letal. —"Tu lugar en esta casa es muy claro: estar en el sótano protegiéndome solo a mí detrás de tus pantallas, y en el piso superior cuidando de mi hija Elena. Eres la mente tecnológica de la organización y la protectora de mi sangre. No te quiero cerca de esos hombres. Te quedas abajo. Es una orden militar".

El Límite de la Sumisión

Anya lo miró fijamente detrás de sus lentes, manteniendo una dignidad blindada mientras el corazón le latía a alta velocidad por la rabia y el dolor de su amor secreto. Él la quería oculta, invisible, como un engranaje mecánico que se usa a puerta cerrada pero que nunca se muestra al sol, mientras él seguía disfrutando de su libertad mujeriega con modelos esbeltas.

—"Entendido, señor Markov", susurró ella con una firmeza sutil que ocultaba la tormenta intelectual que se desataba en su sistema.

Nikolai asintió con frialdad analítica, complacido por lo que creía era la sumisión habitual de su mano derecha. Se giró y abandonó el sótano con sus zancadas largas, seguro de que su palabra era ley.

Sin embargo, en cuanto la puerta blindada se cerró en un silencio sepulcral, Anya se quitó los lentes de marco grueso con un movimiento rudo. Estaba harta. Harta de obedecer en silencio, harta de ser la sombra que organizaba sus conquistas y harta de la jaula rústica del sótano. Con una sonrisa descarada y llena de una rebelión indomable, la hacker de 22 años decidió que, por primera vez en tres años, la orden del gigante búlgaro iba a ser completamente eliminada del sistema.

El murmullo ruidoso de la música de alta velocidad golpeaba las paredes del búnker, pero el verdadero cortocircuito se estaba gestando en el sistema de Anya Rostova. Harta de la rigidez severa de su jefe, de las paredes de concreto y de ser la sombra invisible que limpiaba sus desastres, la hacker de 22 años decidió borrar la última orden de Nikolai Markov de su base de datos personal.




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