Líneas de Código y Sangre

Capítulo 8: Rebelión en el Sistema

A puerta cerrada en su habitación rústica, Anya se miró en el espejo. Su mente analítica sabía que no necesitaba toneladas de cosméticos ni vestidos de alta costura para causar un impacto directo; su belleza era pura, simple y blindada. Dejó su rostro pulcro, completamente libre de maquillaje, pero soltó su cabello castaño, permitiendo que cayera en ondas suaves sobre sus hombros. Reemplazó sus habituales camisetas holgadas por un suéter ceñido de punto negro que delineaba sutilmente su anatomía y unos jeans oscuros. Se colocó sus lentes de marco grueso con total sofisticación descarada y sonrió con una buena actitud inquebrantable. Estaba lista para hackear la parsimonia de la noche.

Mientras tanto, en los jardines iluminados de la mansión, la fiesta de integración era un hervidero ruidoso. Los capitanes búlgaros de la vieja guardia bebían con desparpajo y los nuevos guardaespaldas, hombres jóvenes, corpulentos y ansiosos por demostrar su valor militar, reían a alta velocidad.

La Aparición del Fantasma

Anya cruzó el umbral de las puertas de cristal con pasos largos y firmes. Al principio, nadie notó su presencia debido al bullicio ruidoso, pero a los pocos minutos, la parsimonia del lugar comenzó a cambiar milimétricamente. La chica simple de los lentes, la que todos sabían que habitaba en el sótano bajo el control descarado del jefe, estaba allí, caminando a puerta abierta entre ellos con una cortesía intelectual que fascinó de inmediato a los presentes.

—"Vaya, pero si es la reina del búnker", exclamó uno de los nuevos especialistas en seguridad, acercándose con una amabilidad profunda. —"Escuché que borraste el rastro de la policía federal en menos de dos minutos la semana pasada. Soy Ilian".

Anya sonrió con una timidez dulce, acomodándose las gafas. —"El sistema operativo de la policía era rústico, Ilian. Solo reescribí el código mecánico".

En cuestión de quince minutos, Anya se convirtió en el centro de atención. Su destreza mecánica tecnológica y su conversación pulcra, desprovista de la superficialidad de las modelos esbeltas que solían frecuentar la mansión, atrajeron a los guardaespaldas jóvenes. Ella reía de forma sutil, disfrutando de la interacción humana por primera vez en tres años, ajena a la tormenta ruda que se estaba gestando en las alturas.

La Sombra del León

Desde el gran balcón de sastre del piso superior, envuelto en la penumbra y sosteniendo un vaso de whisky con sus dedos largos, Nikolai Markov observaba la fiesta. Su imponente anatomía de dos metros de alto proyectaba un peligro inminente. Tenía la mandíbula apretada con una rigidez violenta que delataba su furia calculadora.

Había bajado la mirada hacia el jardín con total egocentrismo, esperando ver la parsimonia habitual de sus hombres, pero lo que sus ojos grises captaron congeló su respiración por un segundo milimétrico.

Anya estaba allí. Desobedeciendo su orden militar a puerta cerrada.

Unos celos posesivos, salvajes y brutales, le recorrieron el pecho musculoso al ver cómo los nuevos guardaespaldas se inclinaban hacia ella, buscando su sonrisa simple. Verla rodeada de hombres de su organización, desarmada y hermosa en su autenticidad rústica, desató una locura indomable en el búlgaro de 34 años. Nikolai apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos tatuados se tiñeron de blanco, sintiendo el impacto directo de una rabia posesiva que jamás había experimentado con ninguna otra mujer. La hacker del sótano había salido a la luz, y el dictador búlgaro no estaba dispuesto a compartir su escudo invisible con nadie.

El ambiente ruidoso del jardín se congeló en un segundo milimétrico cuando la imponente anatomía de dos metros de Nikolai Markov cruzó las puertas de cristal. La parsimonia de la fiesta se pulverizó bajo el impacto directo de su presencia. El búlgaro avanzaba con pasos largos y una rigidez militar que hacía que los nuevos guardaespaldas dieran un paso atrás de forma instintiva. Sus ojos grises, cargados de una furia calculadora y unos celos posesivos brutales, no se despegaban de la figura de Anya.




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