Anya se recompuso de inmediato. Su buena actitud inquebrantable se impuso y, con total sofisticación descarada, se acomodó los lentes de marco grueso sobre su rostro simple y pulcro. No iba a permitir que la rigidez severa de su jefe la intimidara, ni siquiera cuando él respiraba a escasos centímetros de su boca, destilando una furia indomable.
—"¿Te volviste loco, Markov?", siseó Anya con una firmeza sutil, manteniendo su dignidad blindada. —"¿Qué fue ese espectáculo rústico allá abajo? No tienes ningún derecho a tratarme como si fuera un objeto de tu propiedad frente a tus guardaespaldas. Y mucho menos a amenazar a Dmitri".
—"¡Tengo todo el maldito derecho!", rugió Nikolai. Su voz barítona, grave y profunda, vibró con una fuerza ruda que hizo eco en las paredes a puerta cerrada.
El búlgaro plantó sus manos tatuadas a ambos lados del escritorio, atrapando la anatomía menuda de la joven bajo su masiva sombra. Su egocentrismo herido y el miedo real a perder su escudo invisible lo hacían lucir peligrosamente imponente.
—"¿Pensabas que iba a quedarme de brazos cruzados en el balcón mientras te exponías en ese entorno ruidoso? ¿Mientras dejabas que esos idiotas te miraran y mi hermano intentara pretenderte? Eres mía, Anya. Mía desde el maldito segundo en que entraste en mi vida".
El Origen de la Obsesión
Anya parpadeó a alta velocidad, con el corazón latiendo desbocado detrás de su suéter de punto negro. —"Yo trabajo para ti, Nikolai. Limpio tu nombre ante la policía y cuido de Elena. Eso no me hace tuya".
—"Te quiero desde el día en que me salvaste en ese cibercafé del centro comercial", confesó Nikolai con una parsimonia ruda, rompiendo por fin el secreto que su orgullo mujeriego había guardado durante tres largos años. Sus ojos grises destilaron una amabilidad profunda y una adoración absoluta que desarmó a la hacker. —"Vi tu potencial en menos de dos minutos, pero lo que realmente me doblegó fue tu valentía. Ninguna de las mujeres esbeltas y superficiales con las que salgo tiene una milésima de tu brillo intelectual. Te metiste bajo mi piel con tu rostro simple y tus camisetas holgadas, y me encargué de encerrarte en el sótano solo para que el mundo no descubriera el tesoro que tengo en esta casa".
El Secreto del comandante
Anya sintió un vuelco mecánico en el pecho, pero su mente analítica saltó las alarmas. —"Si de verdad sientes eso... ¿por qué me tratas como a una prisionera? ¿Por qué me prohíbes existir fuera de tus pantallas? Tarde o temprano la policía o el ejército me encontrarán, Nikolai. Mi pasado no es algo que puedas borrar con un software".
Nikolai dejó escapar una risa sutil, cargada de una arrogancia protectora implacable. Se inclinó aún más, hasta que los intrincados tatuajes de su cuello rozaron la tela de sus lentes.
—"¿Tu pasado? ¿Te refieres a que eres la hija fugitiva del comandante Rostov, el líder más estricto del ejército nacional?", dictó el búlgaro con total sofisticación calculadora.
Anya se quedó fría en un silencio sepulcral. Sus dedos largos se tensaron sobre la madera. —"Tú... ¿lo sabías?".
—"Sé perfectamente de quién eres hija, Anya. Lo supe desde los primeros meses que trabajaste para mí", reveló Nikolai con una rigidez militar en su postura. —"Investigué tus desvíos de ruta satelital. Sé que escapaste porque querías libertad para tu mecánica tecnológica y que odias las armas. Y déjame decirte algo: me importa una maldita mierda tu padre, su rango o su ejército. Si ese comandante viene a reclamarte, tendrá que pasar por encima de mi cadáver de dos metros y de todo el imperio búlgaro. No te voy a soltar. No ahora que sé que te mueres por mí tanto como yo por ti".
A puerta cerrada, bajo la luz tenue del despacho, la fachada de la hacker sumisa y el mafioso indiferente se desmoronó por completo. Nikolai estiró sus dedos largos para acunar el rostro simple de Anya, eliminando de forma milimétrica la distancia física para sellar sus celos posesivos en un pacto de sangre y código.
El sonido ruidoso de las alarmas del búnker perforó la parsimonia del despacho a través del intercomunicador. Un destello carmesí comenzó a parpadear a alta velocidad en las pantallas secundarias de la oficina de Nikolai, rompiendo la tensión romántica que acababa de sellarse a puerta cerrada.
Anya se separó de los brazos musculosos del gigante de dos metros en un milisegundo milimétrico. Su mente analítica volvió a encenderse y, con pasos largos y firmes, se acercó al monitor auxiliar del despacho, acomodándose sus lentes de marco grueso. Sus dedos largos volaron sobre el teclado auxiliar con total sofisticación.