El rostro simple y libre de maquillaje de Anya palideció sutilmente al leer las líneas de código de rastreo que inundaban su pantalla. No era la policía local, ni una agencia federal rústica. El cifrado que estaba rompiendo el escudo digital de la mansión tenía una firma milimétrica que ella conocía de memoria: la inteligencia del ejército nacional.
—"Es él, Nikolai", articuló Anya con una firmeza sutil, aunque su pulso latía a alta velocidad. —"Mi padre. El Comandante Rostov. Logró triangular mi IP a través de un satélite militar de alta frecuencia que interceptó mi contraataque digital de esta tarde".
Nikolai Markov no se inmutó. Su imponente anatomía de dos metros se enderezó con una rigidez militar sobregogedora. Con total egocentrismo, se ajustó los puños de su camisa de sastre, dejando ver los intrincados tatuajes de sus manos, y clavó su mirada gris y calculadora en el mapa de calor perimetral.
—"¿Qué tan cerca están, niña?", dictó su voz barítono, ruda, grave y cargada de una parsimonia letal.
—"Tres convoyes blindados acaban de cruzar el anillo de seguridad del sector norte. Vienen con equipos de interferencia tecnológica rústica. En menos de cinco minutos estarán a puerta abierta en los jardines", respondió Anya, analizando los datos mecánicos del avance.
El Imperio de Acero vs. El Ejército
Nikolai dejó escapar una sonrisa sutil y descarada, destilando esa arrogancia protectora indomable que lo caracterizaba a sus 34 años. Tomó su radiocomunicador privado de sastre y activó la frecuencia general de la organización, rompiendo el bullicio ruidoso que aún quedaba de la fiesta de los guardaespaldas.
—"A todas las unidades. Cancelen la integración", ordenó Nikolai con una parsimonia ruda que congeló a sus hombres a través del auricular. —"Tenemos visitas oficiales en el perímetro. Desplieguen el armamento pesado en los puntos ciegos del jardín y mantengan la disciplina militar. Nadie dispara a menos que yo lo dicte. Dmitri, sube a la habitación de Elena y blindala a puerta cerrada. Ahora".
Anya miró al mafioso búlgaro, sintiendo un impacto directo de adoración pura ante su control absoluto. —"Nikolai, mi padre es un hombre implacable. No dudará en usar la fuerza rústica del ejército si cree que me tienes retenida en contra de mi voluntad".
El gigante tatuado caminó hacia ella, acortando la distancia física con sus zancadas largas. Colocó sus manos pesadas sobre los hombros de Anya, envolviéndola en su territorio con una amabilidad profunda.
—"Te lo dije hace un momento, Anya", murmuró Nikolai con una rigidez severa en su mandíbula. —"No me importa una maldita mierda el rango de tu padre. Escapaste buscando libertad para tu mecánica tecnológica y aquí la tienes. Eres mi hacker, mi mujer y el cerebro de este imperio búlgaro. Si el comandante quiere recuperarte, va a descubrir por qué la mafia gobierna donde la ley no se atreve a entrar".
Con el software perimetral parpadeando en rojo a alta velocidad y el ruidoso rugido de los motores militares resonando ya en la entrada principal de la mansión, el mafioso búlgaro y la hacker del sótano se prepararon para el choque milimétrico entre el poder de la sangre y la fuerza del Estado.
Los imponentes focos de los convoyes blindados del ejército partieron la oscuridad de los jardines, bañando la fachada rústica de la mansión con una luz blanca y cegadora. El ruidoso rugido de los motores diésel se apagó al unísono, dejando el perímetro sumergido en una parsimonia densa y cargada de peligro inminente.