Había una vez un pequeño niño llamado Lion que caminaba todas las mañanas hacia la casa de su abuela. Pero un día inesperado hizo un sol terrible que él no podía soportar, así que su madre decidió equiparlo bien: un sombrero para tapar su frágil cabello, unas sandalias frescas para que no se le quemaran los pies y una botella de agua bien fría para no deshidratarse. Y así Lion emprendió su viaje.
Pero de lo que no se dio cuenta es que se había olvidado algo muy importante: el protector solar.
A medida que iba caminando por el sendero de siempre, vio que pequeñas gotas de sudor bajaban por su frente. Se extrañó por ese hecho, pero siguió caminando. Empezó a sentir más y más calor, entonces se sacó su sombrero para abanicarse y, aunque lo alivió un poco, todavía no era suficiente. Entonces, empezó a tomarse el agua, que casi llegando a la mitad del camino a la casa de su abuela se acabó.
Desganado y casi completamente derretido como una vela, siguió caminando, pero al parecer a este niño le pasaba de todo y sus frescas sandalias se fueron derritiendo en el suelo, dejando huellas rojas de plástico fundido. Al llegar a su destino ya no tenía agua fresca, ya no tenía sandalias y sus piecitos estaban rojos y llenos de ampollas. Su sombrero veraniego estaba casi deshecho, pero por fin llegó.
Cuando tocó el timbre de la casa, su abuela abrió la puerta y él procedió a desmayarse.
Pasaron unos minutos y se despertó.
Su abuela lo había cambiado y le había puesto el aire acondicionado, y con esta frase terminó:
"No esperes cruzar un camino difícil si no tienes tu armadura completa" Y le dio un helado.