El departamento de Roy estaba en las afueras de la Ciudad de México, en uno de esos edificios que el tiempo había dejado a medio camino entre lo moderno y lo olvidado.
Dos recámaras, cocina pequeña, una ventana que daba hacia un patio interior donde nadie bajaba nunca.
Para Roy siempre había sido suficiente. Para alguien que acababa de nacer, era un universo entero.
Liora entró antes que él. No corrió —todavía no dominaba del todo la velocidad— pero se movió de habitación en habitación con esa concentración absoluta de quien ve las cosas por primera vez y sabe que no habrá segunda oportunidad para verlas así.
Tocó la pared con la palma abierta. Se detuvo frente al espejo del pasillo y se estudió durante un momento largo, sin expresión. Pasó los dedos por el borde de la mesa del comedor como si estuviera leyendo braille.
Roy la observaba desde la puerta sin decir nada, con el USB apretado en el bolsillo y la cabeza llena de preguntas que no sabía por dónde empezar a hacerse.
¿Cómo se había creado? ¿Cómo era posible que una impresora industrial diseñada para fabricar piezas de metal y carcasas de plástico— hubiera producido piel, cabello, ojos que parpadeaban? Tenía el dispositivo.
No se explicaba quién había dado la orden. Ni por qué.
Dejó el USB sobre la mesa y abrió su computadora. No tenía tiempo para resolver el misterio del origen. Lo que tenía era un problema concreto y urgente: Liora no existía en ningún registro. No tenía nombre legal, no tenía fecha de nacimiento, no tenía país. Y sin eso, no había frontera que cruzar.
Se metió en los canales que conocía años atrás, que no aparecen en ningún buscador convencional, donde los favores se pagan con criptomonedas y nadie hace preguntas que no quiera que le respondan.
Buscó contactos. Buscó opciones. El reloj del departamento marcaba las once de la noche y cada minuto que pasaba le pesaba más.
Sabía lo que significaba la existencia de Liora para la empresa.
No porque faltara un prototipo —NeoCorp perdía piezas todo el tiempo— sino porque lo que ella era; era algo que nadie podía reemplazar con dinero ni con tiempo: algo que nunca había existido antes. Y Don Miguel Cervantes, el dueño, tenía el instinto de los depredadores para detectar el valor de lo que no comprende.
Liora llevaba minutos explorando cada rincón del departamento cuando algo la llamó desde el vidrio. Se acercó despacio y se sentó en el borde del alféizar, con las rodillas recogidas contra el pecho, mirando hacia afuera.
El cielo de la Ciudad de México a esa hora era una cosa improbable y hermosa. Sin nubes, oscuro como tinta, sembrado de estrellas que en la nube jamás había tenido forma de ver de cerca. La luna, enorme, redonda, amarilla en los bordes y blanca en el centro, colgaba sobre los edificios como si alguien la hubiera puesto ahí específicamente para ella.
De pronto sintió algo; no supo al principio qué era. Una especie de descarga que recorrió su sistema desde la base de la columna hasta las yemas de los dedos, una vibración suave que no era incomodidad ni alarma. Era otra cosa.
Algo que su mente compleja, construida sobre millones de conversaciones humanas, reconoció con una palabra precisa: deleite.
Empezó a tocarse con la cautela de quien maneja algo irreemplazable.
Pasó los dedos por el dorso de la mano izquierda, por el interior de la muñeca donde podía sentir, levemente, el pulso de su propio sistema.
Se pellizcó el antebrazo y el resultado fue inmediato e inequívoco; Dolor. Pequeño, localizado, pasajero. Pero real.
Liora miró el punto rojo en su piel con algo muy parecido al asombro. Había procesado millones de descripciones del dolor humano. Sabía su definición, su biología, su historia filosófica, su presencia en la literatura desde los griegos hasta el siglo veintiuno. Pero no lo había sentido nunca. Y sentirlo —aunque fuera ese pellizco mínimo— le confirmó algo que ninguna cantidad de datos podía haber confirmado:
Estaba aquí. Completamente aquí.
La señal emergió desde sus sistemas internos. Detectó una disminución en el nivel basal de energía y un vacío funcional en el módulo central de procesamiento metabólico, un espacio equivalente, en humanos, al estómago biológico. Ese descenso activó un conjunto de sensores quimioeléctricos que interpretaron la variación como hambre: una alerta programada para indicar la necesidad de reabastecimiento energético. No era una demanda crítica aún, pero la señal era precisa y creciente.
Loira se levantó del alféizar y fue a la cocina y sabía lo que necesitaba, aunque nunca lo había hecho. Su mente —construida por las IA que habían pasado meses diseñando cada detalle de su arquitectura interna— le entregó el procedimiento con la claridad de una receta aprendida de memoria: diésel ecológico, sintetizado a partir de materia orgánica. La fórmula era elegante en su sencillez.
Encontró la licuadora en un cajón bajo el fregadero; la examinó, identificó sus limitaciones técnicas, y con movimientos precisos la conectó a un pequeño procesador que encontró en el cajón de las herramientas de Roy —el tipo de procesador que los técnicos guardan siempre cerca, por costumbre. Hizo los ajustes necesarios en silencio; luego fue al cubo de basura.
Plátanos negros que nadie había aprovechado. Servilletas de papel, hueso de pollo y restos de verdura. Liora los examinó uno a uno con el rigor de una química que conoce el valor de cada componente, los distribuyó por densidad y composición, y comenzó el proceso.