Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 3: Desaparecer para existir 

La casa de Marcos estaba en Coyoacán, a cuarenta minutos del departamento de Roy, en una calle angosta con árboles que se juntaban arriba como un techo natural.

Marcos era fotógrafo de naturaleza y llevaba fuera del país desde hacía dos semanas, recorriendo la Patagonia con una mochila y tres cámaras.

Antes de irse le había enviado un mensaje a Roy: «Cuídame la casa, hermano. El único requisito es que riegues el helecho del baño porque si se muere me rompe el corazón.»

Roy había aceptado sin pensarlo mucho.

En ese momento no sabía que esa casa sería, semanas después, el único lugar donde podría esconderse.

Se movieron de noche, con lo que Roy pudo meter en dos maletas en menos de una hora: ropa, su computadora de respaldo, documentos en papel que nadie más sabía que existían, y el USB.

Siempre el USB.

Lo envolvió en una tela y lo guardó en el fondo de la mochila con el cuidado de quien transporta algo frágil e irremplazable, porque era lo que era.

Cerro toda la casa, puertas traseras y ventanas y activo la alarma la cual cuena con sensor de movimiento externo, dejo una luz encendida.

Liora bajó las escaleras del departamento con la misma concentración con que había aprendido a caminar: midiendo cada paso, memorizando la distancia entre su centro de gravedad y el suelo. Llevaba puesta una chamarra de Roy que le quedaba dos tallas grande y que ella no parecía notar, o si notaba, no le importaba.

En la calle, Roy se detuvo junto al auto. Sacó su chip del teléfono, lo sostuvo un momento entre los dedos como si fuera un último símbolo de la vida anterior, y lo dejó caer por la rejilla del drenaje.

El sonido metálico que hizo al caer fue pequeño y definitivo.

Liora lo observó desde el asiento del copiloto.

—¿Por qué lo tiraste? —preguntó.

—Porque cada chip tiene una señal. Y NeoCorp tiene suficientes recursos para rastrearla.

—Entiendo —dijo ella. Una pausa—. ¿Y el dinero?

—Antes de salir saqué lo que pude en efectivo. Sin tarjeta, sin rastro digital.

Liora procesó eso en silencio durante un momento.

—Estás borrando tu existencia para proteger la mía —dijo, no como una pregunta.

Roy arrancó el auto sin responder. Pero en el semáforo siguiente la miró de reojo, y algo en su expresión le confirmó a Liora que había dado en el centro exacto de la cosa.

La casa de Marcos olía a trementina y café viejo, ese olor característico de los espacios donde alguien trabaja y vive al mismo tiempo sin distinguir mucho entre ambas cosas.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías impresas en grande: glaciares, selvas, desiertos, animales vistos de cerca con una intimidad que solo consigue quien sabe esperar.

En el estudio del fondo había tres bicicletas, dos telescopios y una caja de carretes fotográficos que nadie había usado en veinte años pero que Marcos guardaba por razones sentimentales.

Liora entró y se detuvo en el centro de la sala.

Sus ojos recorrieron las fotografías con una lentitud que Roy no le había visto antes. No era la exploración curiosa y táctil del departamento, donde tocaba todo para confirmar que era real. Esto era diferente.

Era contemplación. Se quedó frente a una fotografía en particular —un glaciar azul fotografiado al amanecer, con una luz que convertía el hielo en algo casi vivo— y no se movió durante un tiempo que Roy no supo medir.

—¿Qué es eso? —preguntó finalmente.

—Un glaciar. Hielo acumulado durante miles de años.

—Sé lo que es un glaciar —dijo ella, con una paciencia suave—. Pregunto qué es eso que siento al verlo.

Roy se quedó sin respuesta inmediata. Miró la fotografía, luego a Liora, luego de nuevo la fotografía.

—Los humanos lo llaman belleza —dijo finalmente—. No hay una definición exacta. Es algo que reconoces cuando lo encuentras.

Liora asintió despacio, como quien toma nota de algo que confirma una hipótesis que llevaba tiempo formándose.

—Creo que ya lo había sentido antes —dijo—. Con la luna, la primera noche. Pero no tenía el nombre.

Roy fue a la cocina a calentar agua. Necesitaba hacer algo con las manos mientras procesaba que acababa de tener una conversación sobre estética con un androide que llevaba menos de una semana existiendo corporalmente.

Al tercer día cuando Liora encontró la música.

Roy estaba en el estudio trabajando en su computadora cuando escuchó algo desde la sala.

Un sonido que tardó un par de segundos en identificar: alguien había abierto la biblioteca de audio de Marcos, que era extensa y completamente desordenada, con una mezcla de jazz de los años cuarenta, electrónica contemporánea, música clásica y algunas grabaciones de campo que Marcos había hecho él mismo en sus viajes.

Roy se asomó a la puerta.

Liora estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, con los audífonos puestos y las manos apoyadas sobre las rodillas con la palma hacia arriba. La canción que sonaba —Roy lo vio en la pantalla— era un nocturno de Chopin. La grabación tenía noventa años.




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