Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 5: Lo que se queda 

La llamada duró cuatro minutos.

Roy había usado el teléfono con un ship desechable — había marcado el número de su casa con la precaución de quien sabe que cada decisión tiene un costo. Necesitaba avisar. Unos días más, decir que estaba bien, que saldria de viaje por unos dias.

Contestó Ricardo su hermano al segundo timbre.

Roy no llegó a decir nada de lo que había preparado.

El hospital general quedaba en el norte de la ciudad, a cuarenta minutos en metro porque Roy había dejado el auto estacionado a diez cuadras de la casa de Marcos y no quería moverlo más de lo necesario. Viajaron de pie, apretados entre la gente de la tarde, Liora con la mochila pequeña sobre el pecho y los ojos recorriendo cada cara del vagón con esa atención sin filtro que todavía no había aprendido a disimular.

Roy no habló en todo el trayecto. Miraba el suelo con la mandíbula apretada y los nudillos blancos alrededor del tubo de metal.

Liora no le preguntó nada. Solo estuvo ahí, a su lado, rozando levemente su brazo con el suyo en cada curva del metro, ese contacto mínimo y constante que era su forma de decir: aquí estoy.

Las puertas del hospital los recibieron con ese olor que tienen todos los hospitales del mundo: desinfectante, plástico tibio, algo que no tiene nombre pero que el cuerpo reconoce como el olor de los lugares donde las cosas se deciden.

Liora se detuvo un segundo en el umbral.

Los pasillos estaban llenos. Camillas en movimiento, familias sentadas en filas de sillas de plástico con la mirada perdida, niños que no entendían por qué había que esperar, ancianos con la mirada perdida y esperando noticias de su familiar. Un hombre lloraba en silencio junto a una máquina expendedora.

Una mujer joven dormía con la cabeza apoyada en el hombro de alguien que miraba el techo.

Liora lo procesó todo en un instante; procesarlo no fue suficiente para ella. Porque había una diferencia entre entender que el sufrimiento existe y estar parada en medio de él, rodeada por todos lados, sintiéndolo irradiar de cada persona como calor de una estufa.

Algo en su sistema respondió de una manera que no había anticipado.

No era análisis; no sabía como catalogar lo que estaba experimentando.

Roy pregunto a donde estaba la habitación 318 de terapia intensiva, la secretaria le dio las instrucciones.

Salieron de ahi tomados de la mano y la guió hacia el elevador sin detenerse. Ella lo siguió, mirando los pasillos mientras se alejaban, como si necesitara llevarse algo de todo eso, queria almacenar lo que veia y darle sentido.

El cuarto 318 olía a flores marchitas y a medicamento.

Ricardo estaba de pie junto a la ventana cuando entraron — un hombre más alto que Roy, con el mismo gesto en la frente cuando algo lo preocupaba — los dos hermanos se abrazaron sin decir nada durante un momento que Liora observó desde la puerta con una quietud absoluta.

Luego miró hacia la cama.

La señora Elena tenía setenta y dos años y la cara de alguien que ha vivido suficiente para saber exactamente dónde está parada. El accidente la había dejado tres costillas rotas, fractura enla cadera y una hematoma en el craneo que los médicos explicaban con palabras largas que en el fondo significaban lo mismo: el cuerpo había decidido que ya era suficiente.

Tenía los ojos abiertos cuando Roy se acercó.

—Mijo —dijo, con una voz que era un hilo pero era firme.

—Aquí estoy, ma.

—¿Dónde estabas? —No era reproche. Era curiosidad genuina, la curiosidad de una madre que conoce a su hijo lo suficiente para saber que si desapareció tenía una razón.

—Estaba resolviendo algo.

La señora Elena lo miró durante un segundo. Luego, despacio, volvió los ojos hacia la puerta donde Liora seguía de pie, quieta, con las manos juntas frente a ella como alguien que no sabe si tiene permiso de entrar.

—Pasa, hija, no te quedes ahi —dijo la señora Elena.

Liora cruzó el cuarto despacio. Se detuvo al lado de Roy, a un paso de la cama.

La señora Elena la estudió con esos ojos que tenía la gente que ya no necesita disimular nada. Sin prisa. Sin juicio visible. Solo mirando, de la manera en que miran las personas que han aprendido que el tiempo es lo más valioso que existe y que por eso no hay que desperdiciarlo en medias verdades.

—¿Cómo te llamas?

—Liora.

—Liora —repitió la señora, como si estuviera probando el peso de la palabra—. ¿Me harias el favor de cuidar bien a mi hijo?

Liora no dudó.

—Sí.

La señora Elena cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, los tenía fijos en Liora con una expresión que no era exactamente de duda, tampoco era del todo certeza. Era algo intermedio, algo que pertenecía a las personas que han visto suficiente mundo para reconocer cuando algo no encaja del todo, y que han vivido suficiente para saber que eso no siempre importa.

—Hay algo en ti —dijo, despacio— que no sé nombrar. Pero me da tranquilidad. —Hizo una pausa—. Cuídamelo por favor, a veces se le olvida que él también necesita que lo cuiden.




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