Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 6: El último día en tierra conocida 

Salieron del velatorio cuando el sol apenas comenzaba a calentar las copas de los árboles.

Roy se despidió de Ricardo en el estacionamiento de tierra, con ese abrazo de los hermanos que han enterrado a su última madre: largo, sin palabras, con las manos apretadas en la espalda del otro como si soltarse fuera perder algo más.

— Cuídate —dijo Ricardo, con la voz todavía rota.

— Tú también.

Ricardo miró a Liora un momento. Ella sostuvo su mirada sin apartar los ojos, con esa serenidad que no era frialdad sino respeto. Ricardo asintió levemente, casi imperceptiblemente, como quien acepta algo que no comprende del todo pero que reconoce como verdadero.

— Cuídalo —le dijo, en voz baja.

— Se lo prometí a tu mamá —respondió Liora.

Ricardo no dijo nada más. Subió a su auto y arrancó despacio, como si también él necesitara alejarse poco a poco del lugar donde su madre había sido por última vez.

Roy los vio irse hasta que las luces traseras desaparecieron en la curva. Luego se volvió hacia Liora.

— Tenemos que movernos —dijo.

La casa de Marcos los recibió con el silencio de los lugares que saben que alguien se va.

Roy fue directo al estudio. Mochila, documentos, el USB envuelto en tela en el fondo. La computadora de respaldo. El efectivo que quedaba, contado dos veces. Liora recorrió las habitaciones una última vez con esa atención minuciosa que ponía en todo, como si necesitara despedirse de cada cosa en particular: la fotografía del glaciar, los audífonos de Marcos sobre la mesa, el helecho del baño que ahora tenía las hojas un poco más erguidas que la primera noche.

Lo regó una vez más, con precisión milimétrica.

Roy apareció en el umbral del baño con la mochila al hombro y la miró.

— ¿Listo? —preguntó.

— El helecho va a necesitar agua en cuatro días —dijo Liora, sin apartar la vista de la planta—. Le dejé suficiente por ahora.

Roy no dijo nada. Solo esperó.

Liora se volvió hacia él. Tenía en la mano la pequeña mochila que había armado en silencio durante los últimos días: ropa, los documentos, y algo más que Roy no había visto antes — una memoria externa, pequeña y negra, que guardó en el bolsillo interior sin explicar qué contenía.

Roy no preguntó.

— Vamos —dijo ella.

Cerraron la puerta. Roy dejó la llave bajo la maceta de la entrada, donde Marcos la guardaba siempre. El gato gris estaba sentado en el borde del muro y los observó irse con esa indiferencia soberana de los gatos que en realidad no es indiferencia sino una forma de despedida que ellos han decidido que es suficiente.

Liora le sostuvo la mirada un momento.

— Cuida la casa —le dijo.

El gato parpadeó una vez.

El aeropuerto internacional quedaba a cuarenta minutos en taxi. Roy pagó en efectivo, con los últimos billetes grandes que le quedaban, y pasó el trayecto mirando por la ventanilla con la mandíbula levemente apretada.

Liora iba a su lado con la mochila sobre las rodillas y los ojos ligeramente entrecerrados, ese gesto que Roy ya reconocía como señal de que estaba procesando algo que no era el mundo físico sino los sistemas invisibles que la rodeaban.

A mitad del camino, sin abrir los ojos del todo, dijo:

— Gerardo no está en el aeropuerto aún; su último movimiento registrado fue a doce kilómetros de la casa de Marcos, hace dos horas. Está buscando la zona equivocada. —Una pausa—. Por ahora.

Roy calculó en silencio.

— ¿Cuánto tiempo tenemos?

— Si sale en este momento hacia el aeropuerto, llegaría cuando ya estemos en la sala de abordaje. —Sus ojos se abrieron del todo y lo miraron—. Hay que moverse rápido en los trámites.

Roy asintió. Luego, porque necesitaba saber:

— Liora. ¿Qué hay en esa memoria externa que guardaste?

Ella lo miró durante un segundo.

— Un plan —dijo.

— ¿Qué tipo de plan?

— Del tipo que te explico en el avión.

Roy abrió la boca. La cerró. Miró al taxista, que tenía la radio puesta y no prestaba ninguna atención a sus pasajeros.

— Está bien —dijo finalmente.

Liora volvió los ojos hacia la ventanilla. Las luces de la ciudad pasaban como destellos.

— Roy —dijo, en voz baja.

— ¿Qué?

— Gracias por no preguntarme más.

— De nada —dijo Roy—. Aunque en algún momento vas a tener que decirme todo.

— Lo sé —dijo ella—. Pero primero necesito que lleguemos.

El aeropuerto a las diez de la mañana era un organismo vivo y ruidoso: familias con maletas enormes, ejecutivos con audífonos, niños corriendo entre piernas de adultos que no corrían pero querían. La terminal internacional olía a café y a ese barniz particular de los lugares donde mucha gente llega y mucha gente se va y el edificio ya no distingue entre unas y otras.




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