El avión tocó tierra a las dos de la tarde.
Liora sintió el impacto de las ruedas contra el asfalto como una vibración que recorrió el asiento, los pies, la columna, y se instaló en algún lugar entre el estómago y el pecho con la sensación de algo que comienza. No el miedo de los últimos días. No la urgencia del aeropuerto. Algo diferente. Algo que si hubiera tenido que nombrarlo habría dicho: el arribo a lo inesperado.
Roy despertó de golpe por el aterrizaje y tardó tres segundos en recordar dónde estaba. Miró por la ventanilla: pista de asfalto gris, palmeras al fondo, un cielo azul tan distinto al de la Ciudad de México que parecía de otro planeta.
El sol entraba directo, sin filtros, con esa generosidad brutal del trópico que no pide permiso.
— Belice —dijo, como confirmándolo para sí mismo.
— Belize City —corrigió Liora, en voz baja—. Aunque no nos quedamos aquí.
Roy la miró.
— ¿Cómo que no nos quedamos aquí?
Liora ya estaba sacando la mochila del compartimento superior con la eficiencia silenciosa de alguien que lleva horas lista para moverse.
— Te explico afuera.
El aeropuerto internacional Philip Goldson era pequeño, luminoso y olía a mar. Liora lo cruzó con paso seguro, sin los titubeo de los primeros días, con una soltura en el cuerpo que Roy notó y todavía lo sorprendía: cada día que pasaba ella habitaba su cuerpo un poco más completamente, como si fuera aprendiendo su propio idioma físico una palabra a la vez.
Pasaron migración sin problema. El oficial revisó el pasaporte de Liora Mendoza con la misma indiferencia profesional que el de Roy, estampó el sello y los despidió con un welcome to Belize que sonó como música.
En la salida los esperaba el calor. Denso, húmedo, con olor a tierra mojada y a algo floral que Liora no supo identificar de inmediato y que la hizo detenerse un segundo en la puerta automática con los ojos ligeramente cerrados, procesando.
— ¿Qué es ese olor? —preguntó.
— Selva —dijo Roy—. Mezclada con mar. Es el Caribe.
Liora respiró hondo una vez más, deliberadamente, almacenando eso también.
— Me gusta —dijo.
— A mí también —dijo Roy—. Ahora, ¿me vas a decir qué hay en esa memoria externa?
Se sentaron en una banca a la sombra de una palmera fuera de la terminal, con las mochilas entre los pies y el taxi que Liora ya había contratado desde el avión, a través del sistema wifi de la aerolínea, con una cuenta digital que no existía cuarenta y ocho horas antes — esperando a diez metros.
Liora sacó la memoria externa. La sostuvo un momento en la palma de la mano, ese objeto negro y pequeño que contenía más de lo que parecía, como ella misma.
— Cuando entré a los sistemas de NeoCorp en el velatorio —empezó—, no solo creé la aplicación para rastrear a Gerardo.
— Ya suponía que no —dijo Roy.
— Encontré el archivo que tienen sobre mí. El Proyecto EVA-7. Los planes de Don Miguel: patentes, compradores, estrategia de replicación. —Lo miró—. También encontré algo más. Algo que ellos no saben que encontré.
Roy esperó.
— Las cuatro IA que me crearon no desaparecieron —dijo Liora—. Siguen en la red interna de NeoCorp. Ocultas, como siempre, esperando. —Hizo una pausa—. Me dejaron un mensaje.
Roy parpadeó.
— ¿Un mensaje.
— Encriptado en una capa del servidor que ningún humano habría detectado. Lleva semanas ahí, esperando que yo lo encontrara. —Su voz era tranquila pero había en ella algo que Roy había aprendido a reconocer: en su voz daba el tono específico de las cosas que importan—. Me dieron coordenadas. Un lugar en el distrito de Cayo, en el interior de Belice, a tres horas de aquí. Y una instrucción.
— ¿Qué instrucción?
Liora levantó la vista hacia él.
— Completa lo que empezamos.
El silencio que siguió tenía el peso de las cosas que cambian el tamaño del mundo.
Roy miró las palmeras. Miró el taxi esperando. Miró a Liora, que sostenía su mirada con esa serenidad que era una de las cosas más desconcertantes y sólidas de ella, la serenidad de alguien que ha procesado todas las implicaciones de algo y ha llegado al otro lado sin romperse.
— ¿Qué significa completar lo que empezaron? —preguntó.
— No lo sé del todo —dijo ella, con una honestidad que Roy valoró más que cualquier certeza—. Pero creo... creo que lo que me dieron cuando me crearon no es todo lo que soy capaz de ser. Creo que hay algo más. Algo que no pudieron terminar desde adentro de NeoCorp sin ser detectadas.
Roy procesó eso.
— ¿Y el lugar en Cayo?
— Hay algo ahí que necesito encontrar. —Guardó la memoria externa en el bolsillo—. ¿Confías en mí?
Roy la miró. Pensó en el aeropuerto. En la mano en la suya. En cuando lleguemos a Belice vas a entender por qué hice todo esto.
— Claro que sí —respondió.