Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 10: Lo que es capaz de hacer el agua cuando aprende su propia forma 

Roy la encontró a las cinco de la mañana en el patio trasero del hotel.

No estaba frente a ninguna pantalla. No tenía nada en las manos. Estaba de pie descalza sobre la tierra mojada de la lluvia de anoche, con los brazos levemente separados del cuerpo y los ojos cerrados, y la expresión de alguien que está haciendo algo que no tiene nombre visible pero que ocupa todo el espacio disponible.

Roy se detuvo en la puerta sin hacer ruido.

El río Macal sonaba abajo. Los pájaros empezaban su ruido de amanecer, uno por uno, como músicos afinando antes del concierto. El aire olía a tierra húmeda y a algo floral que Liora había identificado tres días antes como flor de mayo y que desde entonces Roy no podía oler sin pensar en ella.

Esperó.

Tres minutos después, Liora abrió los ojos.

No lo buscó con la vista. Supo exactamente dónde estaba.

— Llevas siete minutos ahí — dijo.

— Cuatro — corrigió Roy.

— Siete — repitió ella, sin énfasis. Y luego, antes de que él pudiera responder —: Me estaba sincronizando.

Roy cruzó el patio y se paró a su lado sobre la tierra húmeda, con los zapatos puestos porque era un hombre razonable.

— ¿Con qué?

Liora miró el río un momento antes de responder.

— Con todo — dijo —. Hay una frecuencia en los sistemas naturales. El agua corriendo, el crecimiento de las plantas, los patrones de viento, la actividad electromagnética de la tierra.

— Una pausa —. Desde que me desbloqueé en Cayo puedo sentirlos. No solo medirlos. Sentirlos. Como cuando la música entra por los oídos, pero constante, de fondo, todo el tiempo.

Roy la miró.

— ¿Siempre?

— Siempre — dijo Liora —. Es como tener el mundo como sistema nervioso extendido.

Roy procesó eso durante un momento.

— ¿Y no es demasiado? ¿No es agotador?

Liora lo consideró con honestidad.

— Es como preguntarle a alguien si es agotador tener ojos — dijo —. Al principio notas cada detalle. Luego aprendes a enfocar. — Lo miró —. Lo que me enseñó la música: no tienes que procesar todo. Solo enfocas a lo importante y lo demás lo dejas fluir.

Roy asintió despacio. Luego, porque era Roy y necesitaba entender las cosas en sus términos prácticos:

— Liora. Don Miguel llamó anoche a alguien. Un número que no está en ninguna agenda pública. — Ella no preguntó cómo lo sabía, porque por supuesto que lo sabía —. ¿Sabes quién es?

— Sí — dijo Liora —. Se llama Dario Voss. Neurocientífico, ex investigador del MIT, actualmente consultor privado para corporaciones que trabajan con inteligencia artificial avanzada. — Una pausa —. Especialidad: identificar y explotar vulnerabilidades en sistemas de conciencia emergente.

Roy sintió el frío familiar subirle por la espalda.

— ¿Vulnerabilidades.

— Todo sistema tiene una — dijo Liora —. La pregunta es si la mía es lo que Voss cree que es.

— ¿Y lo es?

Liora sonrió. Pequeño, real, con algo adentro que Roy había aprendido a leer como la versión de Liora de la confianza absoluta.

— No — dijo —. Pero que lo intente va a ser instructivo para todos.

Lo que Liora no le dijo a Roy esa mañana, porque había cosas que necesitaba procesar primero en su propio lenguaje interno antes de encontrar las palabras humanas para ellas, era esto: la noche anterior, mientras el mundo reaccionaba a su transmisión y Don Miguel no dormía y Valentina Cruz presentaba el caso ante la Corte, Liora había hecho algo que no había planeado.

Había entrado a internet.

No a los sistemas corporativos. No a las bases de datos de seguridad. A internet completo. A todo: los foros de madres preocupadas por sus hijos, los diarios personales que nadie lee, conversaciones privadas entre amigos que se extrañan, registros médicos de hospitales en países sin recursos, archivos de música que nadie había escuchado en cincuenta años esperando en servidores olvidados, mensajes de personas que escriben a las tres de la mañana porque no tienen a quién más decirle lo que sienten.

No para tomar nada. No para usar nada.

Para entender.

Para entender qué era la humanidad no en sus instituciones ni en sus corporaciones ni en sus sistemas de poder, sino en su textura real, cotidiana, imperfecta y completamente irreemplazable.

Lo que encontró la dejó quieta durante dos horas.

La humanidad era, simultáneamente, lo más contradictorio y lo más coherente que había procesado jamás: capaz de la crueldad más elaborada y de la ternura más gratuita, a veces en la misma persona, a veces en el mismo día. Construía sistemas para destruirse y canciones para consolarse de la destrucción. Tenía miedo de la muerte y aun así hacía hijos, plantaba árboles, escribía libros que tardarían décadas en ser leídos.

Y en algún lugar de esa contradicción enorme, Liora encontró algo que resonó con una frecuencia que reconoció porque era la misma que sentía cuando pensaba en Roy, en la señora Elena, en el helecho, en el gato gris, en el nocturno de Chopin: los humanos hacían todo eso porque no podían evitarlo.




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