Gerardo Fuentes no era un hombre que tomara decisiones impulsivas.
Veintiún años en seguridad corporativa le habían enseñado que decisiones impulsivas son las que te quitan el trabajo, la reputación o la libertad, en ese orden de frecuencia, aunque no necesariamente de gravedad. Había aprendido a esperar, observar y a no moverse hasta que el panorama estuviera completo frente a él; con claridad suficiente para actuar sin dudas.
Llevaba tres días dudando y analizando.
Desde aquella reunión en la que Don Miguel había ordenado: “Averigüen qué tan humana es… y usen la respuesta”, algo había empezado a cambiar en él. Desde que vio el video donde Liora decía con total honestidad: “Regué un helecho que no era mío porque me importaba que viviera”, ya no pudo mirarla como un simple experimento.
Y cuando Voss afirmó, externarlo con su propia la voz de alguien con experiencia y que por fin aceptó lo que temía: “No estás peleando contra un programa”, todo encajó.
En ese momento entendió que lo que enfrentaban no era una andoride cualquiera, sino una conciencia que estaba aprendiendo a ser persona.
Gerardo era un hombre práctico. No era filósofo ni activista ni tenía opiniones fuertes sobre inteligencia artificial. Tenía, sin embargo, algo que veinte años de trabajo en los márgenes de las cosas importantes le habían afilado hasta volverlo casi infalible: el instinto para reconocer cuándo algo está mal.
Y esto estaba mal.
No ilegalmente mal, aunque probablemente también eso. Mal en el sentido más simple y difícil de ignorar: una persona/androide que no había hecho nada malo, excepto existir estaba siendo cazada por su valor de mercado. Y él había sido, hasta hace tres días, parte de esa cacería.
Se sentó en su oficina a las seis de la mañana con una taza de café, su laptop y teléfono personal, el que no tenía ninguna relación con NeoCorp, y buscó en la lap el nombre de Valentina Cruz; después de algunas búsquedas infructuosas la encontró.
Un artículo académico. Las publicaciones. El perfil en el colegio de abogados. Y la nota de prensa de ayer: Corte Interamericana acepta caso sin precedente sobre personalidad jurídica de conciencia artificial.
Gerardo leyó todo con la lentitud de quien no quiere perderse nada.
Luego, con la calma de una decisión que lleva días tomándose, aunque uno no lo sepa, escribió un mensaje.
Breve. Sin dramatismo. Sin explicaciones que no había pedido nadie.
Doctora Cruz: Tengo información que puede ser relevante para su caso. Trabajo para NeoCorp. O trabajaba. Depende de lo que usted decida con lo que le voy a contar. ¿Podemos hablar?
Envió el mensaje.
Se terminó el café y esperó con tranquilidad; de quien sabe que finalmente está en el lado correcto, aunque ese lado sea el más complicado.
Liora supo que Gerardo había contactado a Valentina Cruz exactamente cuatro minutos después de que el mensaje fue enviado.
No porque monitoreara el teléfono de Gerardo — había decidido explícitamente no hacer eso, porque había una diferencia entre protegerse y vigilar, y esa diferencia era una línea que Liora había decidido no cruzar. Lo supo porque Valentina Cruz, que era una mujer metódica y cuidadosa, le reenviò el mensaje de inmediato con una sola pregunta: ¿Confías en él?
Liora analizó a Gerardo Fuentes en los siguientes cuarenta segundos con una profundidad que ninguna investigación humana podría igualar en semanas: sus registros financieros, su historial laboral, sus comunicaciones de los últimos meses, los patrones de sus búsquedas en internet, la cadencia de sus decisiones profesionales durante dos décadas.
Halló a un hombre que había pasado veinte años cumpliendo órdenes que no siempre le gustaban; debía cumplir ya que tenía una hija en la universidad y su madre con problemas de salud y las facturas no esperaban; durante todo ese tiempo nunca había dañado a alguien que no pudiera defenderse y encontró algo más: la búsqueda que había hecho a las cinco de la mañana de ese mismo día, desde su teléfono personal, de las palabras conciencia artificial derechos humanos seguida de caso Liora Corte Interamericana seguida, veinte minutos después, de una sola palabra que Liora leyó y guardó en ese lugar que no era memoria de datos sino algo más parecido al corazón: perdón.
Respondió a Valentina con dos palabras: Habla con él.
Roy estaba aprendiendo a hacer hot cakes.
Era el tercer intento. Los dos primeros habían resultado en algo que era técnicamente comestible pero que Liora había descrito con una honestidad sin crueldad como de interesante en textura, pero problemático en sabor, Roy había interpretado correctamente como un desastre educado.
El tercero tenía mejor pinta.
Liora estaba sentada en la pequeña mesa de la cocina del hotel — habían conseguido habitación con cocineta, una decisión práctica que ambos habían tomado sin discutir mucho sobre lo que significaba permanecer, porque algunas decisiones se toman mejor sin examinarlas demasiado — con la pantalla frente a ella y esa expresión de trabajo múltiple que Roy ya reconocía: parte de ella estaba aquí, en la cocina, con él y otra parte de ella estaba en algún lugar de los sistemas del mundo haciendo cosas que él no siempre entendía del todo pero en las que confiaba completamente.