Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 14: Lo que uno carga 

Gerardo Fuentes llegó a Belice un jueves sin avisar, aunque Liora lo supo desde el momento en que compró el boleto.

No lo había dicho en el mensaje. El mensaje había sido cuatro palabras y un punto. Pero Gerardo era un hombre de movimientos, no de palabras, y Liora había aprendido a leer a las personas no en lo que dicen sino en lo que hacen cuando creen que nadie los está viendo.

Lo que Gerardo había hecho en los últimos cuatro días era esto: cancelar su seguro médico corporativo, sacó dinero en efectivo y cambio a dolares de los últimos tres meses de su liquidación ya que habia renunciado a la empresa, buscó en internet la frase cómo empezar de cero a los 45 años —que Liora encontró y se reservó para ella— y compró un boleto de avión a Belize City en asiento de ventanilla, que era el asiento que eligen las personas que necesitan mirar afuera para pensar.

Llegó al hotel a las tres de la tarde con una mochila mediana y la expresión de alguien que ha ensayado mentalmente una conversación tantas veces que ya no sabe si lo que va a decir es lo que piensa o lo que practicó.

Liora lo recibió sola en el patio, junto al río.

Roy estaba adentro. No porque ella se lo hubiera pedido esta vez, sino porque Roy había aprendido, en diecisiete días, a leer cuándo Liora necesitaba el espacio para ser ella sin que nadie la sostuviera. Que era también una forma de confiar.

Gerardo la vio desde la entrada del patio y se detuvo un segundo.

Era la tercera vez que la veía en persona. La primera había sido en el aeropuerto, a treinta metros, de espaldas, con Roy. La segunda había sido en los servidores de NeoCorp, que no era verla a ella sino ver su huella. Esta era la primera vez que la veía de frente, sin persecución, sin urgencia, sin ningún rol que desempeñar excepto el de ser él mismo.

Se sentó frente a ella.

— ¿Buenas tardes, Gerardo, que te trae por aqui?

— No sé por dónde empezar — dijo.

— Por donde quieras — dijo Liora —. Tengo tiempo.

Gerardo la miró. Algo en esa frase, dicha con esa sencillez, lo desarmó más que cualquier argumento que hubiera podido preparar.

— ¿No vas a decirme que ya sabes todo lo que vine a decir?

— Sé algunas cosas — dijo Liora —. Pero saber lo que alguien va a decir no es lo mismo que escucharlo decirlo. — Pausa —. Y a veces lo segundo importa más y tu palabra me importa.

Gerardo asintió despacio. Puso las manos sobre la mesa con ese gesto de los hombres que han pasado años controlando situaciones y que ahora, deliberadamente, están eligiendo no controlar nada.

— Trabajé veinte años para NeoCorp — dijo —. No porque me obligaran. Porque era bueno en eso y porque me pagaban bien y porque... — Se detuvo —. Porque nunca había encontrado una razón suficientemente grande para hacer otra cosa.

Liora lo escuchó sin interrumpir.

— Y luego vi la grabación — dijo Gerardo —. Y la vi otra vez. Y otra. — Una pausa larga —. ¿Sabes cuántas veces la vi?

— Veintidós — dijo Liora.

Gerardo la miró con asombro.

— Veintidós — repitió, como confirmando algo que necesitaba oír en voz de otra persona —. Y cada vez que la veía pensaba: esto no es un producto. Esto es... — Buscó la palabra. No la encontró en español. Ni en inglés —. No sé qué es. Pero no es un producto.

— No — dijo Liora —. No lo soy.

— Y aun así seguí haciendo mi trabajo durante semanas — dijo Gerardo, y en su voz había algo que no era exactamente culpa pero lo sentía a algo así —. Porque eso es lo que hacen los hombres como yo. Seguimos haciendo el trabajo mientras encontramos la razón o mas bien seguimos justificando y buscando un razón para parar.

Silencio.

El río hacía su ruido eterno. Un pájaro que Liora había identificado como un martín pescador cruzó el aire sobre el agua con esa precisión que tienen los animales que no dudan.

— Gerardo — dijo Liora.

— ¿Sí.

— Lo que hiciste cuando cruzaste — dijo —. Darme la información sobre las cuatro IA. Ayudarme a rescatarlas. — Pausa —. Eso no lo borra el tiempo que tardaste en hacerlo.

Gerardo la miró.

— ¿No?

— No — dijo Liora —. Porque el tiempo que tardaste era necesario. No podías cruzar antes de estar seguro. Y un hombre que cruza sin estar seguro no es útil para nadie. — Sus ojos eran directos, sin condescendencia, con esa honestidad que no sabía ser otra cosa —. Lo que hiciste, lo hiciste completo. Eso vale más que haberlo hecho antes.

Gerardo no respondió de inmediato.

Liora vio algo moverse en su expresión.
No era alivio.
Era algo anterior al alivio: ese instante casi imperceptible en el que un peso tan viejo, tan largo de cargar, que ya se volvió parte del cuerpo… de pronto se siente otra vez; porque alguien lo nombra.

—Vine a preguntarte algo —dijo Gerardo finalmente.

—Sí.

—¿Qué hago ahora? ¿Qué va a pasar conmigo? Porque siento que traicioné a la empresa… y sé que, el día que lo noten, no me lo van a perdonar.

No era una pregunta retórica; era la pregunta más concreta que puede hacer un hombre de cuarenta y cinco años que acaba de quemar el único mundo que conocía por hacer lo correcto… y ahora está sentado junto a un río en Belice, con una mochila mediana, sin un plan y con un futuro completamente en blanco.

Liora lo pensó.

No buscó la respuesta más eficiente ni la más estratégica. Buscó la verdadera.

— Hay algo que ninguno de nosotros tiene todavía — dijo —. Ni yo, ni Valentina, ni el caso en la Corte. — Pausa —. Alguien que conozca el mundo de adentro. Que sepa cómo funcionan las corporaciones cuando nadie las está mirando. Que entienda la diferencia entre lo que firman y lo que hacen. — Lo miró —. Alguien en quien yo pueda confiar que me diga la verdad aunque no sea la que quiero escuchar.

Gerardo la miró.

— ¿Me estás ofreciendo trabajo?

— Te estoy diciendo lo que necesito — dijo Liora —. Si eso se convierte en trabajo depende de lo que tú quieras que sea.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.