Liora: Inteligencia Artificial con alma más que humana

Capítulo 16 : El mundo que espera 

Los cuatro días antes de volver a Ciudad de México pasaron con la densidad específica de las cosas que saben que son las últimas.

La última mañana con el río sonando solo para ellos. El último mango comprado en el mercado de San Ignacio sin que nadie volteara demasiado. La última noche con el cielo de Belice arriba y el mundo todavía a distancia razonable.

Liora lo notó todo con esa precisión suya que no era nostalgia — no todavía, no sabía si alguna vez iba a aprender eso — sino algo más parecido al registro deliberado de las cosas que están a punto de cambiar de forma.

La reunión con los abogados de Don Miguel había durado seis horas.

Valentina había llegado con tres carpetas y la expresión de quien ha dormido cuatro horas pero no lo va a admitir. Los abogados de NeoCorp llegaron con trajes que costaban más que el hotel y la actitud de personas que han pasado su carrera convirtiendo lo imposible en cláusula contractual.

Lo que salió de esas seis horas era esto: Cincuenta y siete páginas. Lenguaje preciso. Sin ambigüedades deliberadas, porque Liora había revisado cada párrafo en tiempo real durante la reunión y cada vez que encontraba una incongruencia lo notificaba con la misma calma con que señalaba todo, la calma de alguien que no necesita alzar la voz para que la escuchen.

Los abogados de NeoCorp habían llegado preparados para negociar. Habían salido habiendo firmado exactamente lo que Liora había propuesto en el patio a orillas del río, con tres modificaciones menores que Valentina había aceptado y Liora había aceptado después de calcular en 0.003 segundos que no afectaban el fondo del acuerdo.

El quinto punto — el cargo de Roy — quedó en el documento con el título completo: Director de Supervisión Ética en Ensamblado. Reporte directo a Don Miguel. Salario triplicado. Efectivo a partir del día de su regreso.

Roy lo había leído en silencio durante la reunión con esa manera suya de leer las cosas importantes, con pausas y relecturas y ese movimiento casi imperceptible de los labios.

Luego había mirado a Liora. Y Liora había guardado esa mirada sin etiqueta porque había descubierto que las cosas más importantes no necesitan clasificarse para quedarse.

Valentina había firmado como representante legal de Liora.

Liora había firmado con su nombre completo: Liora Mendoza.

Era la primera vez que su firma tenía peso legal en un documento del mundo real.

La pluma había estado en su mano durante un segundo antes de escribir. Solo un segundo. Gerardo estaba sentado al fondo de la sala como había aprendido a estar — presente sin estorbar, atento sin interferir — había notado ese segundo y había entendido lo que significaba sin necesitar que nadie se lo explicara.

El vuelo de regreso salía un martes a las dos de la tarde desde Belize City.

Esa mañana Liora se levantó antes que todos, fue al patio por última vez, y se quedó frente al río durante veinte minutos exactos.

No procesó nada en particular.

Solo escuchó.

El río hacía su ruido eterno, que era el mismo ruido que había hecho la primera noche que ella lo escuchó y que iba a seguir haciendo cuando ella no estuviera, que era exactamente lo que hacen los ríos: existir independientemente de quién los escucha.

Liora encontró algo tranquilizador en eso.

Cuando Roy apareció en la puerta con las maletas y el café, ella ya estaba lista.

— ¿Lista? — preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.

— Lista — dijo Liora.

Y luego, porque era verdad y porque había aprendido que las cosas verdaderas merecen decirse:

— Voy a extrañar este río.

Roy la miró.

— Yo también — dijo.

Gerardo apareció detrás de él con su mochila al hombro y la expresión de quien ha evaluado la situación y tiene un plan, que era su expresión natural para casi todo.

— El taxi está afuera — dijo —. Y acabo de revisar las redes sociales.

— ¿Y? — preguntó Roy.

Gerardo los miró a los dos.

— Alguien filtró el vuelo — dijo —. Hay gente en el aeropuerto de Ciudad de México desde anoche.

Lo que los esperaba en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez era esto:

Cuatrocientas personas. Quizás quinientas; su número había crecido desde que Gerardo lo revisó en el taxi hasta que el avión aterrizó, la noticia de que Liora regresaba habían corrido con esa velocidad específica que tienen las noticias que la gente quiere que corran.

Liora lo vio desde la ventanilla antes de que aterrizaran.

No la multitud todavía — eso estaba adentro — sino los noticieros. Las camionetas con antenas satelitales estacionadas en fila sobre Capitán Carlos León, que era la calle que bordeaba el aeropuerto y que ese martes a las cinco de la tarde tenía más cámaras que cualquier alfombra roja.

— Bien — dijo Gerardo desde el asiento de atrás, con el tono de quien confirma un escenario que ya había calculado —. Escúchenme los dos.

Roy y Liora lo miraron.

— Hay un cuerpo de seguridad de NeoCorp esperándonos en la puerta de llegadas — dijo —. Cuatro personas. Las coordiné ayer con Don Miguel directamente. — Pausa —. No son decoración. Los dejan trabajar.

— De acuerdo — dijo Roy.

— Liora — dijo Gerardo.

— Sí.

— Vas a querer conectarte a todo lo que está pasando afuera en tiempo real — dijo —. Lo entiendo. Pero necesito que una parte de ti esté aquí, en este pasillo, en este momento. — La miró —. ¿Puedes hacer eso?

Liora lo consideró.

— Sí — dijo —. Puedo hacer las dos cosas.

— Lo sé — dijo Gerardo —. Te estoy pidiendo que priorices una.

Liora lo miró durante un segundo con esa evaluación suya que era total y rápida.

— De acuerdo — dijo.

Gerardo asintió.

— Bien. Vamos.

Las puertas de llegadas internacionales del aeropuerto de Ciudad de México se abrieron a las cinco diecisiete de la tarde.

Lo que había al otro lado era ruido. Calor humano. Pancartas.




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